Inteligencia emocional: ¿cómo nos ayuda?

Por Elena Morcuende Camino (psicóloga)
Publicado 05 de junio de 2018

Compártenos en tus redes:

La inteligencia emocional es un concepto del que se ha empezado a hablar en las últimas décadas. Daniel Goleman, psicólogo, fue quien popularizó el tema con su libro del mismo nombre Inteligencia Emocional.

En un principio se pensaba que la inteligencia no tenía nada que ver con las emociones y ambos se entendían como dos términos contrapuestos, cuando en realidad no lo son. La inteligencia emocional es la capacidad o habilidad para gestionar las emociones de manera que nos sintamos mejor con nosotros mismos, con mayor seguridad y con una alta capacidad de logro o éxito.

Como habilidad que es, se puede aprender, por lo que saber que se puede adquirir una capacidad para gestionar las emociones resulta muy motivador. Esa capacidad le permite al ser humano afrontar los problemas que van surgiendo o las anécdotas de cada día.

Antes de la aparición del concepto de inteligencia emocional, cuando se hablaba de inteligencia esta siempre se asociaba al cociente intelectual (CI). Sin embargo, como estamos diciendo, con el paso del tiempo se han descubierto distintos tipos de inteligencia, entre ellos la inteligencia emocional y esta no tiene nada que ver con el CI. Se puede tener un CI alto pero ese dato no garantiza tener unas buenas habilidades emocionales.

Las emociones son una parte muy importante de la vida pero estaban muy olvidadas. Según Goleman, “todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución”. Por tanto, en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción. Las emociones no se pueden obviar. Implican sensaciones físicas que nos empujan a actuar y podemos considerarlas como un vehículo a través del cual se comunican el cuerpo y la mente.

En cierto sentido, es posible distinguir dos mentes, la racional y la emocional, las cuales son independientes aunque se relacionan entre sí. Son dos circuitos cerebrales distintos. La mente racional es constante, reflexiva y analítica. En cambio, la mente emocional valora la situación de forma global sin pararse a reflexionar, es más rápida. No lleva un análisis completo como sí lo hace la mente racional. Una característica muy llamativa es que nos salva del peligro, funciona como un radar que nos alerta de un peligro.

Paul Ekman, psicólogo famoso por estudiar la expresión facial de las emociones, comprobó que la mente emocional es adaptativa. Nos moviliza a atender o responder a temas urgentes sin pensar cómo hacerlo. Ante cualquier hecho o situación primero responde la emoción, después hay una segunda reacción emocional, más lenta, que tiene su origen en el pensamiento.

En el cerebro, la amígdala es una estructura ligada a la memoria y al aprendizaje. Es la parte del cerebro emocional que actúa antes de que el cerebro racional actúe. Además, constituye un servicio de vigilancia, actúa como una alarma: por ejemplo, en caso de miedo envía señales o mensajes urgentes a cada centro fundamental del cerebro.  

Está demostrado que las personas con un gobierno adecuado de sus emociones y que saben empatizar e interpretar las emociones de los demás suelen tener éxito en la vida, en el trabajo, en las relaciones con los demás. Se sienten más satisfechas y más capaces de cara al trabajo, a su productividad. En cambio, quienes tienen problemas para controlar sus emociones, tienen luchas internas que perjudican su capacidad de trabajo. No piensan con suficiente claridad.

Las emociones pueden ser inconscientes o conscientes. En el momento en que las emociones se vuelven conscientes nos damos cuenta de que podemos cambiar, sobre todo en caso de que las emociones sean negativas. Darnos cuenta de esa autoconciencia es uno de los objetivos de la inteligencia emocional.

La inteligencia emocional se puede entrenar y desarrollar a lo largo de nuestra vida. Cuanto mayor uso adecuado tengamos de nuestras emociones más éxito tendremos en el trabajo, en la pareja, en las relaciones, etc. ya que se amplía a los diferentes contextos.

Entre sus componentes están la autoconciencia, que es la capacidad de conocerse a uno mismo y reconocer las propias emociones; la autorregulación, que es tener el control sobre sí mismo, sus emociones y sus pensamientos; la motivación, el impulso que nos empuja a actuar hasta llegar a la meta que nos hemos propuesto; las habilidades sociales, que son las que nos permiten relacionarnos con los demás como comunicación verbal y no verbal y resolución de conflictos. Por último, la empatía, consistente en ponerse en el lugar del otro para intentar comprender qué le ocurre y actuar en consecuencia.

Otros ejemplos más concretos son perseverar en el empeño a pesar de la frustración que sintamos, tener capacidad para controlar los impulsos o diferir las gratificaciones.

En el trabajo y en la vida personal los resultados que obtenemos dependen de los pensamientos, es decir, nuestros pensamientos determinan nuestros actos. A veces o de manera habitual debemos plantearnos lo que pensamos, si lo que pensamos nos va a ayudar o, por el contrario, nos va a dañar.

Inteligencia emocional y pareja

Respecto a los entornos concretos donde se aplica la inteligencia emocional, tenemos por un lado el ámbito de la pareja.

En la pareja hombres y mujeres gestionan las emociones de manera distinta debido al aprendizaje desde la infancia y a lo largo de su vida. Hablando en términos muy generales, las mujeres son más abiertas emocionalmente, expresan más sus emociones. En cambio, a los hombres les cuesta más hablar de cómo se sienten, de sus sentimientos o emociones. Esto tiene que ver con los roles de género, que indcian al hombre que “debe ser” más racional. A la mujer, por el contrario, se la enseña a exteriorizar las emociones mientras que los hombres tienden más a ocultarlas porque se supone que no está bien que el hombre sea “emocional”. La consecuencia de esto es que hay una gran diferencia en este sentido entre hombres y mujeres.

Conseguir un equilibrio de las emociones en la relación de pareja no es fácil, pero se puede entrenar mediante ejercicios o actividades. En una conversación se puede hablar de diferentes temas que sustentan la relación de pareja y que son muy significativos. Lo que se pretende es poner puntos en común, escuchar al otro y expresar de forma clara todas las opiniones. Entre otras cuestiones se puede hablar de las expectativas que cada uno tiene del otro, los valores, el respeto, apoyo, hablar sobre métodos para resolver los conflictos, etc.

Retomando el tema de las expectativas, en muchas ocasiones las que depositamos sobre la pareja son muy elevadas, se tiende a sobrevalorarla de modo que, cuando no se cumple lo que se ha imaginado, se siente frustración y no se sabe manejar la situación. Esto puede provocar un desequilibrio emocional, por eso es mejor crear unas expectativas más realistas en la medida de lo posible.

En el tema de la pareja, la inteligencia emocional es una buena herramienta para prevenir o evitar conductas abusivas o violentas. Si tenemos una buena gestión de las emociones viviremos en una relación de pareja sana y basada en el respeto, pero si no sabemos manejar las emociones es fácil que la otra persona nos manipule, nos domine o, incluso, nos humille.

Para prevenir la violencia es importante desarrollar competencias como la regulación de la ira, la empatía, el control de los impulsos o las habilidades sociales. También la asertividad es un aspecto importante de la inteligencia emocional, ya que implica decir lo que pensamos y cómo nos sentimos teniendo presentes los derechos y sentimientos de los demás.

 

Trabajo e inteligencia emocional

Otro ámbito muy importante donde se pone a prueba la inteligencia emocional es el trabajo. Allí es donde pasamos la mayor parte de nuestra vida, de modo que tenemos que encontrar un equilibrio emocional. Lo primero es saber identificar las emociones para después trabajar  sobre ellas. Ser selectivo, diferenciar lo realmente importante de lo que no lo es, lo que está fallando y lo que se puede mejorar.

La inteligencia emocional nos ayuda a trabajar en equipo escuchando a los demás, proponiendo iniciativas, sabiendo lidiar con los conflictos… Entre las emociones que más se dan en el trabajo destacan las relacionadas con la ansiedad, generada por una serie de preocupaciones y toma de decisiones.

Existen algunos aspectos que mejoran la inteligencia emocional en el trabajo y que puedes tener en cuenta en tu día a día: tener confianza en tus capacidades, trabajar con pasión e ilusión, no buscar la perfección, permitirte errar, pensar que no existe un único camino para llegar a las metas sino que existen curvas, pendientes, subidas y bajadas; pararte a reflexionar en lo que estás haciendo y ver si necesitas un cambio o no; mirar más allá, hacia adelante; descubrir el mundo por tú misma/o, no solo por los condicionamientos de los demás, no empeñarte en las mismas ideas: si no sirven hay que cambiar a otras; busca tu vocación.

Inteligencia emocional y salud

Además de la pareja y del trabajo, la inteligencia emocional también influye en la salud. De hecho, se ha comprobado que muchas enfermedades tienen un componente emocional importante.

El miedo, la ira y la tristeza se hallan en el origen y mantenimiento de muchas enfermedades, sobre todo las de tipo somático (cardiovasculares, digestivas…) y las psíquicas (ansiedad, depresión). Por el contrario, las emociones positivas promueven un mejor estado de salud aumentando las defensas del sistema inmunitario, lo opuesto a las emociones negativas. Por tanto, conviene potenciar las emociones positivas para mejorar nuestra salud.

Respecto al origen del manejo de las emociones, estas se aprenden en el entorno familiar y social. De hecho, la familia constituye el escenario básico en el que se gesta el sistema emocional de una persona. No nos damos cuenta de ello hasta que vamos creciendo y formamos una familia, porque es en ese momento cuando transmitimos a nuestros hijos e hijas la misma manera de gestionar las emociones que aprendimos cuando durante nuestra infancia en nuestra familia de origen.

Los padres deben enseñar a los hijos a expresar y controlar sus emociones, lo cual es vital de cara a su futuro. Además deben establecerse relaciones positivas, en las que se transmitan afecto y valores adecuadaos. Para aprender a ser inteligente emocionalmente es necesario que haya un clima de confianza para hablar abiertamente de lo que ha ocurrido en el día, de las cosas importantes y de las nimiedades, compartir experiencias y hablar de las emociones. Potenciar la positividad y el optimismo de manera que ayude a sobrellevar los problemas diarios, como un entrenamiento de cara al futuro.

Con esto ya has visto muchos ejemplos de lo que se puede lograr si manejamos las emociones de forma adecuada según el momento y el lugar. Expresa tus emociones y déjalas fluir, pero al mismo tiempo sé capaz de tener control si notas que se desbordan. Ten un equilibrio entre el corazón y la razón estas dos partes deben complementarse bien. Sabemos que no es fácil pero se puede entrenar.


Compártenos en tus redes: