Salud en el trabajo: el desafío del burnout

Por Xue Pachón (psicólogo)
Publicado 26 de abril de 2018

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Fue a mediados de los años 70 cuando el psiquiatra Herbert Freudenberger dio por primera vez una definición de burnout similar a la que tenemos hoy en día. Hizo referencia a una patología presente en un grupo de trabajadores que tenían síntomas parecidos: crisis de ansiedad, estados depresivos, desmotivación laboral, enfrentamientos laborales y pérdida de energía.

Originalmente el término se utilizaba para referirse a profesiones sanitarias, como médicos y enfermeras que, en su labor de cuidar a los demás, acababan desgastados. Sin embargo, hoy este desgaste ha viajado a otros ámbitos y este concepto se ha popularizado con la expresión “estar quemado/a”.

Parece que cuando hablamos de burnout nos referimos a algo similar al estrés, pero no es exactamente lo mismo: es algo más. Atendiendo a la definición más básica, el estrés puede definirse como una «tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves». Este sería entonces uno de los principales ingredientes, aunque no el único, de un proceso como el burnout, que se va cocinando a fuego lento.

De hecho, una situación puede ser estresante y no generar necesariamente burnout, porque no se mantiene en el tiempo, o bien porque la persona ha sabido encauzar esa situación. Vivir el estrés como una oportunidad de crecimiento no parece siempre sencillo; el agobio y las exigencias del mundo laboral ponen contra las cuerdas nuestra capacidad para sobreponernos a las situaciones, pero si este estrés es vivido como un reto alcanzable, no generará burnout.

¿Cómo crecer en una situación tan desagradable?

Las personas que dicen estar quemadas por su trabajo, es decir, que manifiestan estar atravesando un proceso de burnout, se quejan frecuentemente de que la situación se les escapa de las manos, de que no tienen ningún control, no sobre sus sensaciones sino sobre lo que ellos pueden hacer para cambiar esa situación. Dicho de otra manera, tienen un fuerte sentimiento de impotencia («No tengo capacidad o poder para cambiar esta situación laboral», «Haga lo que haga siempre termino agobiándome por todo lo que tengo que hacer», etc.).

Esta sensación de impotencia es agotadora y explica, en parte, que a estas personas les cueste cada día más y más ir a trabajar: nuestra energía es limitada y si está empleada en hacer frente a multitud de batallas, terminar agotado es la norma y no la excepción.

Cada mañana te decides, sales de la cama y vas rumbo al trabajo, pero una vez allí la sensación de agotamiento es mayor, es como si una sanguijuela te absorbiera la energía y no te dejara hacer nada más.

La situación de burnout no es algo que afecte exclusivamente al ámbito laboral; precisamente esta es una de las pequeñas trampas de este mal, porque las ascuas de esta hoguera van salpicando otras áreas de tu vida, restando energía a las cosas que habitualmente hacías y que ahora no tienes fuerzas para realizar, ya que toda tu energía se va en el trabajo.

De repente te llenas de nervios en casa sin que haya pasado nada, pero lo que ocurre es que traes la mochila totalmente cargada de soportar todo el día situaciones que te sobrepasan. Si la situación no te sobrepasa, si puedes ver que es solo una época de mucho agobio laboral o tienes la certeza de que podrás superar las adversidades venideras, entonces no hablaremos de burnout. En esas situaciones podríamos referirnos a estrés o un momento puntual de crisis, mientras que el burnout es una enredadera que estrangula lentamente y que no empieza y acaba de manera clara, sino que se va construyendo sin darnos cuenta.

El burnout es un proceso

Según los psiquiatras Herbert Freudenberger y Gail North, este proceso pasa por diferentes fases que van sumando plantas al edificio del desgaste. Estas fases pueden aparecer en una o varias ocasiones, solapadas o más separadas en el tiempo, pero siempre como satélites del entorno laboral:

Voy a demostrar que yo valgo. En esta primera fase sientes que nadie reconoce tu trabajo, como si no hicieras lo suficiente para merecer una valoración positiva.  Entonces comienzas a sobrecargarte de trabajo intentando que el resto vea lo bien que trabajas

Más y más. Poco a poco tus jornadas laborales de ocho horas pasan a ser de ocho horas y media, y pronto se convierten como si nada en más de nueve horas. En este punto, el teléfono del trabajo, antes olvidado completamente los fines de semana, empieza a estar presente y contestas sin darte cuenta correos en tu tiempo libre. Ahora te queda menos tiempo para disfrutar de tu ocio porque trabajas más, has tenido que dedicar menos tiempo a actividades que te resultan agradables por quedarte en la oficina.  

Adiós a las necesidades básicas. Las horas de sueño también se han reducido e, incluso, has dejado de lado tu hora para comer por quedarte a terminar ese último PowerPoint. Cuando comes, si es que lo haces, es siempre mirando al ordenador para ir adelantando trabajo.

Problemas personales debajo de la alfombra. En tu balanza de prioridades tus problemas personales han pasado a un segundo plano por detrás del trabajo, todo lo tiñe tu vida laboral y el resto acaba a un lado. Optar por apartar tus preocupaciones personales en favor de lo laboral no ayuda a solucionarlos; todos tenemos problemas que, si no atendemos, no se solucionan mágicamente, solo se quedan postergados y van aumentando su tamaño.

Mejor no me hables. En el trabajo te notas muy crispado y susceptible, todo lo que dicen tus compañeros te sienta mal, pareces estar siempre irascible y malhumorado.

Vivir para trabajar. Ahora tus hobbies parecen un recuerdo lejano, ya apenas pasas tiempo con tus seres queridos y el trabajo es lo único que está presente en tu vida.

Cambios. Los que te rodean te notan raro y así te lo expresan, pero tú piensas que exageran y no entiendes por qué se muestran tan preocupados, parece como si estuvieran hablando de otra persona y no de ti.

Aislamiento. Durante todo este proceso has ido perdiendo vida social, antes quedabas mucho más con tus amigos y pareja. Los pocos planes sociales que tenías desaparecen y llevas a cabo conductas poco saludables para compensar esta ausencia; es aquí donde aparecen en muchas ocasiones las drogas o medicaciones como manera de anestesiar una fuerte sensación de apatía.

Poco importa. Pocas cosas tienen importancia para ti, ya parece que nada te importa ni te mueve, no sabes exactamente lo que necesitas y no das valor a nada.

Vacío. Tu sentimiento de nada ha aumentado y te vives constantemente incompleto, como si te faltara algo, aunque no sepas qué es. En el caso de que haya consumo de alguna sustancia es muy probable que se incremente.  

Depresión. La desesperanza inunda tu vida y ahora no ves cómo las cosas puedan mejorar, no hay «luz al final del túnel».

Síndrome del Burnout: te colapsas, estás en una auténtica crisis de la que no sabes salir y a la que no entiendes cómo has llegado. En este punto la ayuda de un profesional resulta imprescindible para poder tomar algo de perspectiva de la situación: no tienes por qué pasarlo en soledad. De hecho, mejor que no lo hagas.

¿Cómo salir de aquí?

Es posible que leyendo estas líneas te hayas identificado con muchas cosas, quizá entonces estés dando el primer paso para salir de esta situación: darte cuenta. La vorágine del día a día nos impide ver que estamos cayendo en un hoyo del que luego cuesta mucho salir, así que, si ya tienes la sospecha de que puedes estar atravesando esta situación no bajes la guardia, ha llegado el momento de poner algunas cosas en orden.

La exigencia

Este es el primer eslabón de esta férrea cadena: exigirnos por encima de lo que en ese momento, por las circunstancias personales o por las limitaciones del propio trabajo, podemos afrontar. Por ejemplo, si te ha llegado una ansiosa petición de un informe que has de tener preparado para el día siguiente, cuando normalmente requiere una semana, parece que una misión abocada al fracaso ya antes de comenzar. En situaciones como esta, la exigencia solo suma una molesta sensación de impotencia y de no llegar que resulta inevitable puesto que es materialmente imposible alcanzar tan altos objetivos en estas circunstancias.

A veces ocurre algo diferente y la exigencia no viene de fuera sino de dentro; es entonces cuando tenemos que procurar bajar el volumen a la voz de ese juez interno que nos señala con su dedo acusador.

El trabajo es…trabajo

Parece una obviedad pero es aquí cuando no podemos perder de vista la ya conocida frase sobre si trabajamos para vivir o vivimos para trabajar. Entender el trabajo como un medio y no como un fin te ayudará a tomar perspectiva sobre lo que realmente necesitas.

Organización y disfrute

Una de las formas más sencillas para que tu trabajo se convierta en fuente de todos tus males es convertirlo en la única fuente de sensaciones de tu vida: ya sean positivas o negativas. Alimentar otras áreas de tu vida te ayudará a relativizar la importancia que tiene el trabajo. Este es imprescindible para vivir y asumir gastos, pero no es lo único que nos nutre a las personas y una buena organización encauzará el río del equilibrio entre lo laboral y lo personal.

Los básicos son básicos

Existen ciertas necesidades que son esenciales para el correcto desarrollo de nuestro organismo: dejar de comer, dormir, acudir a citas médicas etc., no contribuye a que el trabajo salga adelante, más bien supone un empobrecimiento de tu rendimiento en cualquier área.

Los problemas, de uno en uno

Ha llegado el momento de prestar más atención a tu vida personal y un aluvión de problemas salen de la recamara, parece que estaban haciendo cola para volver a situarse bajo los focos de tus preocupaciones. Si has tenido esos problemas en pausa un tiempo, es probable que no pase nada si los vas afrontando poco a poco: poner los problemas por escrito y buscar algunas soluciones puede clarificarte qué rumbo tomar con ellos. No servirá de nada que salgas de las ascuas laborales y te metas en las brasas personales. Ve uno a uno, no hay prisa.

Pide ayuda

Es habitual que las personas que se encuentran en alguna de las fases que las llevan al burnout sientan que están llevando al extremo su preocupación, como si no fuera para tanto y estuvieran exagerando. Hablar y compartir con tus compañeros de trabajo puede contribuir a que veas que no eres el único en esa situación e, incluso, a que os podáis echar una mano en un momento delicado. Además, hablar sobre cómo estás con personas de tu círculo social puede ayudarles a entender tu actual aislamiento y tu mal humor; así podrían echarte una mano si lo necesitas.

Adiós a los malos hábitos

Uno de los principales problemas a la hora de abandonar costumbres nocivas como el alcohol u otras drogas, es que dejan un gran vacío y surgen desagradables sensaciones que no se tenían desde hace mucho tiempo.

Para ayudarte a abandonar algunos de estos hábitos has de reemplazarlos por otros que te permitan disfrutar de manera saludable, es muy difícil dejar de hacer algo si no tienes lo que los psicólogos llamamos una conducta alternativa, que sea fuente de satisfacción.

Por último, resulta inevitable que muchas veces, pese a las decisiones y movimientos que realicemos, la exigencia del ambiente es tan alta que parece que no hay manera de llegar a todo. Es entonces cuando podríamos plantearnos si necesitamos alejarnos de esa situación por nuestra salud. No obstante, dada la importancia que tienen este tipo de decisiones en la vida de una persona, has de reflexionarlo y no precipitarte: dedícate el tiempo que necesites para decidir aquello que te dé mayor tranquilidad no solo a corto plazo sino también a largo plazo.

Posiblemente ya hayas dado el primer paso y te hayas dado cuenta de la espiral en la que te encuentras. Si es así, no dudes en pedir ayuda a los profesionales de la psicología, porque podremos ayudarte a salir de este círculo vicioso.

 


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