Guilty pleasures: cuando lo “inapropiado” se vuelve divertido

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Seguro que tienes alguna película o canción favorita de la que, en realidad, te avergüenzas un poco. Sí, te pasa a ti, a mí y a todos los que estén leyendo este post. Así que sí, tú también tienes guilty pleasures.

¿Qué pasa? ¿No tenemos el gusto tan refinado como pensábamos? No. La cuestión es que hay ciertos criterios estéticos que nos hacen establecer un estándar que decide si una obra de arte, un cantante o un director de cine son de calidad o no.

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Si te gusta algo pero a la vez sientes un poco de vergüenza al comentarlo con la gente de tu alrededor, quizá ese sea uno de los guilty pleasures de los que hablábamos al principio.

Es el término que se utiliza para hablar de aquellos programas de televisión, películas o música que nos gustan aunque sepamos que no son bien valorados en la sociedad (o por nuestros amigos o familiares).

La vergüenza es una emoción y, aunque no sea la más agradable de todas, también tiene su función. Nos previene de hacer cosas que se consideran socialmente inadecuadas. Por ejemplo, la vergüenza nos impide que vayamos desnudos por la calle, lo cual puede salvarnos de alguna que otra multa. También nos echa una mano para que no nos hagan daño, por decirlo así, la vergüenza actúa de caparazón: no deja visibles partes de nosotros mismos que son vulnerables y que si dejamos al descubierto, pueden ser atacadas.

Lo que ocurre con la vergüenza es que, como la mayoría de las cosas, tenerla en exceso genera problemas. Es por eso que, si hablar de ciertas cosas te hace sentirte demasiado expuesto y vulnerable, quizá tengas que trabajar un poco sobre cómo sentirte algo más fuerte a nivel emocional.

Hablando de los guilty pleasures, vamos a incluir también esas pequeñas costumbres que nos gustan aunque no sean apreciadas.

¿Cómo nos afecta tener algunos gustos secretos?

Imagina que eres una persona que disfruta de la música rock, de la clásica o de la mejor música electrónica habida y por haber pero, a la vez, hay una canción de reggaeton que te hace cantar a grito pelado, bailar y dar saltos… ¿Cómo de mal está que esto te guste?

Seguramente a tus amigos y conocidos, esos que comparten tus gustos musicales, les parezca una absoluta aberración y puede que te suelten algún comentario ingenioso y sarcástico a partes iguales.

Sin embargo, lo importante es cómo te has sentido tú mientras cantabas esa canción de la que -en el fondo- te avergüenzas. Si la respuesta a esa pregunta es “Bien”, no dudes en continuar disfrutando de ello.

Las normas sociales a veces nos empujan a mantener en secreto ciertos aspectos o formas de pensar sobre lo que nos rodea o, incluso, sobre nosotros mismos.

Está bien respetarlas, está bien querer sentirse miembro de un grupo, querer caer bien y generar lazos de unión fuertes, pero no debemos olvidarnos de nosotros mismos.

Si hablar sobre uno de tus gustos te avergüenza demasiado para decirlo en voz alta o para compartirlo con tus más allegados, es conveniente que pienses por qué.

Quizá no te sientas del todo cómoda o cómodo con este grupo de amigos, o quizá no te sientas lo suficientemente seguro del valor que tienes como para poder afrontar ciertas bromas.

Sea como sea, todos en algún momento nos hemos sentido así, no es nada raro, solo que no hay por qué acostumbrarse a esa sensación. A veces intentamos ser perfectos a los ojos de los demás, nos exigimos disfrutar de ciertos hobbies o canciones que quizá no terminan de ser lo nuestro, solo por sentir que a los demás les parecemos terriblemente interesantes. Bueno, ¿y qué si nuestro gusto es diferente? No tenemos menos valor por ese motivo.

Entonces… ¿grito mi placer secreto a los cuatro vientos?

Esto es una decisión tuya, es totalmente personal. Hablar de esas pequeñas cosas que también te hacen ser tú puede ser muy liberador, pero si no quieres decirlo en voz alta, estás en tu derecho de disfrutarlo a solas.

No olvides que los guilty pleasures están ahí para animarnos en los días tontos, para sacarnos la sonrisa que nos hacía falta ese domingo de bajón o para, simplemente, hacernos disfrutar de nuestras rarezas.

¿Demasiadas cosas que me gustan que son un secreto?

Si se te han acumulado montones de películas, libros, cantantes o aficiones de los que no te gusta hablar con las personas de tu entorno… plantéate el por qué.

Como decíamos, quizá estás intentando encajar en un ambiente que no es el tuyo, o quizá no tienes que encajar en ese ambiente a la perfección para poder disfrutar de él.

Quizá eres una persona que ama las comedias románticas americanas y has dado con un grupo de amigos cinéfilos amantes del cine independiente, ¿y qué?

Si disfrutas de esa compañía, si te respetan, si sientes que este tipo de situaciones, conversaciones y amistades te enriquecen, no dudes en mantenerlas, porque estas cosas también nutren y hacen mejor tu día a día.

Y si decides proclamar abiertamente tus gustos y te llevas alguna decepción por parte de esas personas de tu alrededor, si sientes que te dan de lado o que la relación ha cambiado, pon en práctica la asertividad. Expresa tus gustos desde el respeto a ti mismo y respetando, a su vez, el gusto de los demás. Intenta pensar que cada persona es un conjunto único de características y preferencias y que, mientras no ofendan ni ataquen a nadie, deben ser respetadas.

Así que háblalo sin tapujos y, si la situación no cambia, despídete, porque quizá esas relaciones eran tan superficiales que únicamente se estaban basando en gustos culturales y no en tus características personales, que seguro que tienen mucho más valor.

 

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Algunos ejemplos de guilty pleasures (y personas que los tienen)

 

El crítico televisivo

Seguro que tienes algún amigo o alguna amiga que afirma odiar con toda su alma las telenovelas, pero que, puntualmente, se enganchó a una. “Solo he visto esa telenovela en toda mi vida, ¡lo juro!”. “Es que esa la veía mi madre (o abuela) y claro, al final, de dejar la tele puesta toda la tarde, pues te enteras de la trama”.

Quizá no tienes un amigo o amiga que haya dicho esas frases… ¡quizá eres tú!

A lo mejor es cierto que algún familiar adoraba esa serie o telenovela que tú al principio odiabas y a la cual te acabaste enganchando porque, oye, después de todo no estaba tan mal.

Si esos momentos compartidos con tu familiar, esos debates sobre quién había tirado por las escaleras a la hijastra del jardinero que resultó ser el multimillonario desaparecido, te han hecho pasarlo bien, reír o incluso llorar, piensa que ese placer no puede ser algo tan malo.

 

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El crítico cinematográfico

¿Y qué me decís de los de “pfff esa película tiene un guion malísimo y la trama es súper predecible”?

Tranquilos, quizá su habitación esté empapelada con pósters de Tarantino, Woody Allen, Scorsese o Winterbottom, pero seguro que hay una película (mala y que no te hace pensar mucho) que en su momento disfrutó, le hizo reír o le ha traído buenas conversaciones con algún amigo.

Los gustos son personales, claro, pero pueden ser enormemente variados, no os dejéis poner límites tan fácilmente, si disfrutáis con 100 películas en vez de solo con 20 como vuestros amigos cinéfilos, mejor para vosotros, será mucho más sencillo pasarlo bien.

 

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El rarito al que le da igual todo

Un caso algo más peculiar es el de ese señor al que le encanta, por encima de todas las cosas, darse baños de barro. Sí, sabe los tipos de barro que hay, de dónde vienen y qué propiedades tienen. De hecho, es miembro de un club carísimo en Nueva York especializado en este tipo de tratamiento.

Si veis o habéis visto la serie, quizá reconozcáis a ese señor: efectivamente, es uno de los personajes de la serie Suits, que trata sobre una de las firmas de abogados más importantes de la Gran Manzana. En ella, los protagonistas, vestidos siempre con impecables (y carísimos) trajes son amantes del buen cine, la gastronomía y la buena música, como el jazz, por poner un ejemplo.

Mientras tanto, lo que más adora este señor es el barro. Tener gatos a los que le escribe cartas y poner fotos suyas por su despacho. Qué rarito, ¿no?

Bueno, cuando este personaje habla de sus gustos personales lo hace sin avergonzarse, reconociendo que son tan válidos como el resto de hobbies de sus compañeros de oficina.

Quizá podamos aprender todos un poco de este tipo de personas que hablan sobre sus gustos sin tapujos. Aprender a potenciar la confianza en nosotros mismos, nuestra autoestima. Desarrollar el amor propio, el autocuidado, el darnos cuenta de lo que nos sienta bien y lo que no nos sienta bien, nos dará la seguridad de que, aunque tengamos nuestros pequeños -y no tan exquisitos- placeres, también tenemos valor y somos interesantes.

A veces este tipo de cuestiones, que suenan tontas de primeras, nos dan pistas de qué aspectos de nuestra vida podemos cambiar para conseguir sentirnos bien con nosotros mismos, con todos nuestros defectos y todas nuestras virtudes y así poder compartirlas con la gente que tenemos cerca.

 

Se trata de soltar carga y aceptar miedos, ese es el verdadero truco para sentirse bien.

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