Redes sociales: ¿somos adictos a mostrarnos perfectos?

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Seguro que la mayoría de quienes estamos leyendo este post tenemos perfil en alguna red social. Hoy en día lo más habitual es poder contactar con tus amigos y familiares por este tipo de webs o aplicaciones. Las redes sociales se han ido colando en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.

Sí, no se utilizan solo a nivel social. Podemos echar un vistazo a la pantalla de nuestro teléfono móvil y ver cómo se han colado en el ámbito amoroso, laboral, sanitario…

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La verdad es que estas aplicaciones pueden echarnos una mano en muchos aspectos. Mantener el contacto con familiares o amigos que están lejos, ver qué hacen o qué te recomiendan (música, eventos, comidas…). También podemos utilizar estos medios virtuales para conocer gente nueva e, incluso, a menudo sirven para iniciar una relación. Otras redes nos ayudan a encontrar trabajo o a darnos a conocer. Por último, también están las que te animan a hacer deporte: puedes incluso animar a tu amigo a que salga a correr si ves que no ha hecho actividad durante el día.

Evidentemente, es algo que puede hacerte sentir acompañado o aportarte ciertos beneficios. Sin embargo, no será la primera vez que escuchéis que estas redes sociales pueden tener consecuencias negativas en nuestra vida.

 

¿Cómo?

Muchas de estas redes sociales pueden crear cierta adicción, aunque no en el sentido estricto de la palabra.

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¿Por qué?

Bueno, como nos enseña la psicología del aprendizaje humano, la forma en la que aprendemos si algo nos hace sentir bien o mal se basa en castigos o refuerzos.

¿Qué es eso?

Hablamos de castigo cuando después de un comportamiento nuestro ocurre algo que no nos gusta o cuando nos quitan algo que sí nos gusta.

En cambio, refuerzo es cuando hacemos algo y recibimos algo que nos gusta o desaparece algo que no nos resulta agradable.

La relación que tiene esto con la adicción es la siguiente: cuando hacemos algo y aparece una sensación agradable, ese comportamiento se está viendo reforzado y por eso queremos continuar haciéndolo. Por ejemplo, en las adicciones a sustancias, cuando se consume alcohol o drogas, se activa una sensación placentera (se liberan sustancias químicas en el cerebro que facilitan que se genere la adicción) que hace que queramos volver a hacerlo en algún momento. Así es como nos volvemos adictos a algo.

 

¿Y esto qué tiene que ver con las redes sociales?

Cuando subimos una foto a nuestro perfil o compartimos una canción o comentamos una foto a alguien, de pronto vemos como consecuencia una oleada de “Me gusta” por parte de nuestros seguidores. Eso nos resulta agradable, de hecho es lo que buscábamos cuando lo estábamos compartiendo. Esta sensación placentera cuando vemos que la gente de nuestra red social nos presta atención e interactúa con nosotros de manera positiva puede llevarnos a estar compartiendo contenido con una frecuencia cada vez mayor.

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Compartir contenidos, incluso frecuentemente, no es algo malo, puede ser incluso divertido y permite generar un intercambio que nos acabe aportando muchas cosas.

 

¿Cuándo pasa factura?

Cuando pasamos horas en una red social, cuando dejamos de cumplir con nuestras responsabilidades por estar “enganchados” a Instagram, Facebook o Tinder.

Esto también puede afectar de diversas formas a nuestra salud. En psicología se está detectando cada vez más la existencia de una posible relación entre una baja autoestima y la tendencia a realizarse numerosas fotos, por ejemplo. La baja autoestima lleva a que ciertas personas puedan llegar a pasar horas haciéndose fotos o “selfies” y colgarlas en los perfiles de sus redes sociales para conseguir salir perfectas o que no se vea ningún defecto.

Esto no significa que haya una relación de causa-efecto entre la baja autoestima y hacerse fotos, pero es cierto que una cosa puede reforzar a la otra. Plantéatelo así: si paso horas haciéndome fotos y no me veo bien en ninguna, probablemente mi mente empiece a lanzarme pensamientos del tipoqué fea/feo estoy hoy”, “vaya grano me ha salido en la frente”, “¿por qué ella/él sale siempre bien y yo no?” o “estoy esforzándome en el gimnasio y ni se nota”. Estos pensamientos solo pueden generar más malestar.

 

Entonces, ¿por qué nos hacemos adictos?

Imagina que tras una hora haciéndote fotos, haciéndole fotos al maravilloso desayuno que te has preparado o a tu pareja, subes una. No estás muy convencido o convencida de que sea una gran foto, pero la subes. De pronto, una avalancha de comentarios de amigos, familiares e incluso desconocidos te dicen lo genial que sales, la buena pinta que tiene el desayuno o la gran pareja que formáis. En ese momento, el subir una foto se ha visto reforzado por los comentarios agradables, la sensación de pertenencia a un grupo e, incluso, el sentirse especial. Las leyes del aprendizaje humanos nos dicen que lo más probable es que dentro de unos días te apetezca subir otra.

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No hagamos un drama, que te guste subir imágenes no tiene por qué ser algo patológico, pero si sientes la necesidad de hacerlo, si inviertes demasiado tiempo en ello o si, cuando lo haces y no obtienes los resultados que esperabas, te sientes mal… entonces tenlo en cuenta. Quizá tienes que tomar un poco de perspectiva, piensa que disfrutar del momento que estás viviendo sin tener la necesidad de compartirlo no está tan mal. Vamos que tiene su encanto).

Estamos acostumbrados a intentar dar una gran imagen de nuestra vida en las redes sociales, queremos mostrar nuestro lado más interesante porque todos tenemos cosas especiales que nos gusta compartir con nuestros más allegados. El problema aparece cuando estamos concentrados en ofrecer una imagen de perfección y nos olvidamos de intentar ser felices de verdad, con las cosas buenas y las no tan buenas que hay en nuestro día a día.

Conseguir el equilibrio

Este tema ya está apareciendo en noticias y periódicos haciéndonos sentir como si fuéramos personajes de un capítulo de la famosa serie Black Mirror.

Hay muchas situaciones en las que vemos las incongruencias entre “la vida perfecta” de alguien que aparece en las redes sociales y la vida real de esta persona. Podemos traer al recuerdo incluso noticias trágicas, como la de una blogger que se suicidó recientemente.

Cuando esta noticia se dio a conocer pudimos ver comentarios de sus seguidores que afirmaban que la chica parecía tener una vida perfecta, mientras que la realidad era distinta. Hay otros casos llamativos, como los de algunas personas que se han suicidado mientras retransmitían en directo o incluso se han grabado accidentes de tráfico mientras estaban más pendientes de subir contenido divertido que de prestar atención a la carretera.

Intentemos que estas redes no sean fuente de malestar, de una autoexigencia mal manejada. Intentemos tener una vida de la que nos sintamos orgullosos sin tener la necesidad de que sea perfecta o apta -en todo momento- de ser publicada. Si estamos pasándolo mal o nos sentimos solos, utilicemos estas redes para conocer gente o pedir ayuda, generemos una verdadera red social. Quedemos con las personas que nos apetece ver cara a cara, tomémonos un café de verdad en vez de enviar un emoticono.

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Permitámonos vernos feos un día, tener un grano o desayunar unos simples cereales, en esas pequeñas cosas también podemos encontrar satisfacción. Nadie tiene una vida perfecta, pero podemos disfrutarla igualmente.

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