¿Es normal mi tristeza?

Por Cristina García Van Nood (psicóloga)
Publicado 30 de agosto de 2018

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A diario sentimos una gran variedad de emociones y una de ellas es la tristeza. De hecho, aunque el espectro de las emociones es realmente amplio existen seis “emociones básicas” que aparecen en el desarrollo natural de cualquier persona en cualquier país, cultura y tiempo. Estas seis emociones son, además de la tristeza, la alegría, el miedo, el enfado, el asco y la sorpresa. Todas ellas son necesarias para nuestro funcionamiento tanto personal como social.

 

Sin embargo, aun cuando estas emociones cumplen ciertas características que las hacen ser útiles para nuestra vida, puede que en determinados momentos o circunstancias comiencen a ser disfuncionales e, incluso, patológicas. Es importante saber establecer la diferencia entre una emoción normal y otra patológica para diferenciar cuándo es necesario buscar ciertos recursos para hacerles frente, como por ejemplo acudir a un especialista, ya sea un médico o un psicólogo.

 

En este punto es importante que recuerdes que todas las emociones tienen una función, tanto las más agradables -como la alegría- como las más desagradables, como la tristeza, el miedo y el enfado. Sea cual sea la emoción, esta nos invita a hacer aquello que es más adaptativo para nosotros en cada circunstancia.

 

En este artículo hablaremos de una emoción en concreto: la tristeza. La tristeza es una emoción desagradable de experimentar, incómoda. Está relacionada con un estado anímico negativo, desmotivación y falta de energía.

Si nos cuesta sostener nuestra propia tristeza es probable que también nos sea difícil estar ante la tristeza del otro. Es por ello que es tan frecuente escuchar frases del estilo  “anímate”, “no llores”, “llorar no sirve para nada”, “no vale la pena que te pongas así”, “ahora lo que tienes que hacer es salir y disfrutar”.

 

Sin embargo, no es así: la tristeza es una emoción con una función clave para nuestro bienestar, ya que nos invita a reflexionar y analizar una situación adversa. Veámoslo con un ejemplo. Digamos que ha habido una ruptura sentimental. Es muy normal experimentar tristeza tras una situación así. Esa tristeza provoca una atención del entorno que se traduce en atención y cuidado en un momento de vulnerabilidad.

 

Tras haber visto la importancia de la tristeza para un correcto funcionamiento, es importante establecer las diferencias que tiene con la depresión. La depresión es un trastorno del estado del ánimo formado por un conjunto de síntomas como la apatía, la anhedonia, la desesperanza, el decaimiento, la irritabilidad y la sensación subjetiva de malestar e impotencia frente a las exigencias de la vida.

 

Leyendo los características de la depresión alguien podría llevar a confundirla con la tristeza. La clave para diferenciar las emociones patológicas de las ordinarias viene dada por la causa del estado anímico, su intensidad y el grado de deterioro funcional y social.

 

Vamos a explicar estas causas pormenorizadamente:

 

  • Causa-efecto: Normalmente las emociones que experimentamos son respuesta a un  acontecimiento. Por ejemplo, si escucho un ruido sospechoso por la noche en casa sentiré miedo. Sin embargo, cuando estamos ante una emoción disfuncional sentimos la emoción sin que haya un claro detonante. Como cuando una persona sufre depresión y no encuentra un motivo claro a su tristeza.
  • Frecuencia e intensidad: A lo largo del día sentimos distintas emociones con intensidad y duración limitada. Si la intensidad es alta y prolongada es posible que estemos ante algo más disfuncional. Por tanto, el grado de sufrimiento es mucho mayor.
  • Deterioro: Los trastornos del estado del ánimo tienen un gran impacto en la vida de quien los sufre. Al contrario de lo que sucede con las emociones normales, que nos permiten continuar con nuestro día, las emociones patológicas implican un grave deterioro de la calidad de vida, incluyendo no solo el bienestar emocional y cognitivo sino también la salud física.

Además de cómo vivimos la emoción, es crucial tener en cuenta las estrategias que empleamos para resolver situaciones complicadas. A grandes rasgos podemos diferenciar entre el estilo rumiativo y el evitativo o distractor.

El estilo de respuesta rumiativo es aquel que se centra repetitivamente en las causas del estado de ánimo sin realizar ninguna acción. El estilo de distracción, al contrario, supone realizar actividades placenteras que desvíen la atención de la emoción. Resulta imprescindible aclarar que ninguno es mejor que el otro. Cada una es más o menos adaptativa en función del acontecimiento al que nos estemos enfrentando.

 

En el caso de la depresión diferentes estudios demuestran que una respuesta rumiativa es más perjudicial para el paciente mientras que el estilo distractor que nos acerca a la acción ha demostrado ser el más efectivo.

 

Aprender a identificar, asimilar, comprender y regular nuestras emociones y las de los demás determina en gran medida la calidad de vida. Los padres de la inteligencia emocional, John Mayer y Peter Salovey, defienden que esta capacidad supone un importante protector ante las situaciones adversas de la vida, incluida la depresión.

 

No podemos controlar todos los acontecimientos de nuestra vida. Habrá acontecimientos más placenteros y otros más adversos. Sin embargo sí podemos trabajar nuestra estrategia de afrontamiento tanto a unas como a otras. Esta en tu mano conocerte mejor a ti mismo y encontrar  tu propio camino para relacionarte de manera sana con tus emociones.

 


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