Víctimas de tortura: ¿cuáles son sus secuelas?

Por Laura Alonso González
Publicado 22 de junio de 2018

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El 26 de junio, se celebra el Día Internacional en Apoyo a las Víctimas de la Tortura. A pesar de ser una de los crímenes más crueles y detestables, lamentablemente siguen cometiéndose en numerosos países diferentes formas de tortura.

La Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, del año 1984, define el término tortura como “todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas, a instigación suya, o con su consentimiento o aquiescencia”.

La tortura sigue siendo una herramienta de coacción en muchos países a pesar de ser una práctica prohibida a nivel mundial. El problema es que numerosos países siguen empleándola como medio para aterrorizar y someter a las personas. Al ser instigada por los propios gobiernos, no es denunciada por las víctimas y por eso no es castigada, por lo que se perpetúa y se hace casi imposible su desaparición.

Las consecuencias que se producen en la víctima de torturas son numerosas y afectan tanto a la salud física como a la psicológica, siendo esta última, normalmente, más difícil de reparar. El torturador tiene el objetivo de destruir la identidad de la víctima, dejando al individuo completamente “vacío”, sin voluntad y sometido. Para ello, el torturador utiliza técnicas para tomar control sobre la intimidad, la identidad, el cuerpo y la voluntad de la víctima.

Las consecuencias psicológicas que se producen en la víctima varían dependiendo de la persona, de la misma forma que la recuperación va a ser diferente en cada caso. Aunque no existe un síndrome “post-tortura” como tal, sí que existen algunas características comunes que suelen darse en las personas que han sido víctimas de tortura.

Estas secuelas psicológicas se producen debido a que, durante el período de tortura, la víctima no tiene ningún control, vive en continua imprevisibilidad, no sabe cuándo comerá, cuándo volverá a ver a alguien o cuánto durará la tortura. Esta incertidumbre provoca que la víctima lo pierda todo, empezando por su propia identidad.

A menudo se observan, además, síntomas de depresión, dificultad en la concentración y continuos “flashbacks” o recuerdos de la tortura que aparecen de forma intrusiva. Pueden ir acompañados de dificultad para establecer interacciones sociales, además de problemas emocionales de diverso tipo: miedos, ansiedad e incluso sentimientos de culpa.

Es muy recomendable que las víctimas que hayan sufrido experiencias similares comiencen una terapia mediante la que puedan ir recuperándose de estas secuelas psicológicas. En primer lugar, la terapia debe sentirse como un espacio seguro para ellas, debe ser “su espacio”. Esto, aunque parezca fácil, puede llevarles un tiempo ya que durante el período de tortura la víctima pierde todo control, y deben aprender que ahora todo eso ha terminado y pueden retomar el control sobre todos los aspectos de la vida, incluyendo la terapia.

La intervención psicológica comienza con el objetivo de que la víctima normalice lo que siente. Para ello, debe entender que todos los síntomas que sufre son una consecuencia natural de los acontecimientos traumáticos que ha sufrido. Se debe acompañar a la víctima durante su proceso de duelo, crisis, ansiedad o culpa para que, poco a poco, pueda recuperar sus recursos de afrontamiento y empezar a recuperar el control. Es importante tener en cuenta que ser sometido a torturas es una experiencia con un alto contenido traumático, dada el alto grado indefensión e impotencia que caracterizaron la situación. Eso hará que el trabajo terapéutico sea lento y progresivo, para poder alcanzar ese nivel de profundidad.

Mediante este proceso la víctima puede conseguir sobreponerse a la experiencia de miedo, frustración y apatía e identificar sus recursos emocionales para poder así superar este periodo tan traumático.

La recuperación psicológica de la víctima de tortura no es un proceso fácil. En algunas ocasiones los hechos traumáticos no llegan a superarse del todo sino que, más bien, se aprende a convivir con ellos de una manera más integrada. Por eso, es muy importante que la víctima reciba asistencia psicológica cuando antes. Esto va a ayudarle a trabajar su resiliencia o capacidad para superar los hechos traumáticos, cicatrizar de este modo sus heridas emocionales y recuperar su rutina de forma progresiva.

Si la víctima no recibe apoyo psicológico corre el riesgo de desarrollar lo que se conoce como “indefensión aprendida”. Esto ocurre cuando el torturado, tras un período continuo de violencia y abuso, cree que no puede defenderse o hacer frente a los acontecimientos amenazantes.

Por eso, si has sido víctima de tortura, es fundamental que acudas a un profesional que pueda ayudarte en tu proceso de recuperación para que esta pesadilla deje de ser la protagonista de tu vida.

 

 

 

 

 


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