No es país para solteros

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 21 de junio de 2018

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No es país para solteros. Seguro que has pensado esto más de una vez en más de una situación a lo largo de tu vida adulta y existen complejas razones para ello. Recuerda que el sistema capitalista en el que estamos felizmente instalados se basa en la vieja pauta de «Cuantos más consumamos mejor nos lo pasaremos». A su vez, este sistema es un fiel aliado de la filosofía del amor romántico, cuyo axioma clave es un poco primario pero de venta infalible: dos siempre es mejor que uno.

Semejante alianza sitúa a las personas solteras, sobre todo a aquellas que viven solas, ante múltiples retos, cuando no directamente desplantes, que hacen que se sientan poco incluidas en situaciones en las que se las acogería fácilmente de estar acompañadas por una pareja (sea sentimental o de otro tipo: amistades, compañeros de piso/viaje u otros).

Y no, no hablamos -únicamente- de esas bodas a las que vas sin nadie (sugerencia: si te van a colocar en la mesa de los niños negocia tu asistencia). Hablamos también de otro tipo de circunstancias.


Calcular para ti sola

Aunque ha costado, muchos supermercados ya tienen en cuenta que hay muchas personas -cada vez más, de hecho- que viven solas y que no pueden plantearse la compra de la semana igual que lo haría una pareja, una familia o un grupo de amiguetes que viven juntos. Vivir sin nadie más puede resultar escandalosamente caro para algunas cosas, así que toda ayuda para comprar adecuadamente el sustento diario es bienvenida. Si además eso puede hacerse sin quintuplicar los envases para las monodosis de los solteros y solteras el planeta también lo agradece.

¿Y los viajes? Los solteros y solteras de oro, esos que disponen de un presupuesto generoso, pueden encontrar cualquier plan que se ajuste a sus necesidades, por mucho que sean personas que se salen de la norma (norma=asegúrate de que cuentas con compañía).

Sin embargo, quienes se enfrentan al desafío de viajar solos sin ser millonarios corren el riesgo -de hecho, están directamente abocados a ello- de encontrarse ocupando y pagando una sucesión de habitaciones dobles y triples para ellos solos o bien asumir roles más aventureros de lo deseado y entregarse a regañadientes al espíritu mochilero (esto es, habitaciones con literas de cuatro, ocho personas…); también les espera disfrutar del placer de los baños compartidos y ocupar esa mesita coja y diminuta de aquel rincón del restaurante junto a la salida de humos.

Es cierto que la industria del turismo ha captado la naturaleza creciente del fenómeno y está desde hace tiempo retorciéndose para acoger en su seno a los llaneros solitarios: viajes especialmente pensados para personas solas, viajes en grupo para personas solas pero que buscan cierta compañía u otras combinaciones. Normalmente, a no ser que seas una persona muy abierta de mente, muy sociable o, una vez más, con mucho dinero la solución suele pasar de nuevo por ciertas alternativas insatisfactorias: parece que sigue imperando el “agrupemos a los solteros y que confraternicen entre sí a la fuerza en la habitación de ocho» en lugar de “generemos facilidades a los solteros que viajan solos y no quieren que nadie ronque a su lado”. No obstante, se agradecen los progresos y la creatividad incipiente.

Vivir solo, sobre todo si no se tiene pareja, parece estar convirtiéndose en uno de los desafíos posmodernos del primer mundo. De vez en cuando aparecen estudios e informes escalofriantes que advierten a aquellas personas que viven solas y además son solteras -que ya es el colmo de la soledad- de los graves riesgos para la salud que implica esto en comparación con lo enormemente protector que resulta vivir con alguien. El riesgo de padecer un ataque al corazón o cualquier otro accidente vascular se dispara en comparación con el que sufren las personas casadas, la depresión debida a la falta de compañía campa a sus anchas, la mala alimentación hace estragos en nuestro cuerpo y la facilidad con que se desestructuran los horarios de quienes viven por su cuenta acaba empeorando significativamente su salud. Si esta es tu situación más te vale ponerte a salvo: vivir solo y no tener pareja son el nuevo tabaco.

 

Los placeres de la soledad

No te hagas mala sangre por vivir con la única compañía de tus plantas y mucho menos por no tener pareja. Lo único que podemos asegurar de la gente que comparte piso y/o tiene pareja es que en su casa hay más ruido, la casa se ensucia antes y la luz se paga a medias. Todo lo demás es contingente (vaya, que no es seguro, depende de algo). Por eso, no des por hecho que porque su situación es esa su situación es mejor que la tuya. Pagan la luz a medias, pero la alegría de estar juntos va aparte y depende enteramente de que se lo trabajen día a día. Igual que tu alegría.

Detecta lo positivo. Puede que últimamente estés un poco enfadada o regañado con el hecho de no tener pareja o las incomodidades de vivir solo. Existen, efectivamente, ¡ninguna situación es perfecta! Sin embargo, es importante también que, si decides que esa situación de momento no va a cambiar, identifiques las enormes ventajas y satisfacciones que podemos encontrar cuando no compartimos nuestro piso ni nuestra vida (a nivel de pareja) con nadie.

Organiza la limpieza y la compra. Que no tengas que negociar turnos con nadie no es excusa para que te abandones. De hecho, si buscas «soltero/a» en el diccionario de sinónimos no vas a encontrar al lado “desastre de persona”. Hay webs que pueden inspirarte para comer medio bien sin invertir en ello cientos de horas si te las apañas; mientras tanto, disfruta del placer de no negociar. Limpia a tu ritmo, pero limpia (todos sabemos que la casa ordenada es más agradable). Cómprate lo que te guste a ti cuando vayas al súper, eres tú quien se lo va a comer. Recuerda que todo el edredón es para ti, ¡pero también toda la nevera! Expándete a tus anchas por fuera… pero, sobre todo, por dentro.

Propón las vacaciones con suficiente antelación a tus amigos. Convénceles de los maravillosos planes que se te han ocurrido antes de que otros se te adelanten. Pregúntales por los maravillosos planes que tienen ellos y apúntate (mente abierta, no siempre podemos salirnos con la nuestra). No mendigues compañía: no eres ningún cachorrito desvalido que se ha quedado sin plan y al que hay que adoptar, simplemente informa a los demás de que puedes ser un compañero/a de viaje genial. No te resignes antes de tiempo a la maldición del palo selfie (todas mis fotos con monumentos de fondo son de selfies: sí amigas, viajo sola). De hecho, ¿qué maldición? Ocupa tu puesto entre las riadas de turistas, sonríe, extiende el brazo y dispara: el selfie es la foto de culto de hoy en día.

Investiga. Estamos en 2018, hay soluciones para casi todo, aunque estés solo. Teje alianzas, por ejemplo con otras personas solas de tu entorno y confianza. Busca formas de consumo colaborativo, no te cierres a un único supermercado, tienda o agencia de viajes. Trabaja tu creatividad y déjate sorprender por lo que encuentres cuando amplíes tus miras. No te confundas: el ahorro del soltero no es una utopía, es tu criptonita contra el sistema super-soltero-fóbico.

Cuídate. Probablemente lo que viene a continuación sea lo más cursi que vas a leer en meses, pero esto es lo que hay: no vives solo, vives contigo… y el divorcio aquí no es una opción. Disfruta de tu espacio, de tus horarios, de tu estilo de vida, de tu libertad. Crea un hogar allá donde vives y habítalo de manera honesta y sin refunfuñar. Si cuidarte te hace muy cuesta arriba entonces quizá el problema ya no es que el sistema no está pensado para vivir en soledad sino que hay algo más profundo que conviene que examines sobre tu vida. En ese caso, será muy interesante que consultes con un psicólogo, estamos aquí para escucharte y enseñarte algunas cosas buenas sobre la soledad.


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