Madurar: un viaje de regreso desde Nunca Jamás

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En nuestro anterior post visitamos Nunca Jamás, la isla de nuestra infancia, y hablamos sobre el proceso de madurar al hilo de dos llamados síndromes que, sin duda, se complementan entre sí: el síndrome de Peter Pan y el síndrome de Wendy. El primero está asociado básicamente a un patrón de inmadurez: alguien que, por diferentes razones, se niega a crecer por dentro de manera acorde a como crece por fuera, desvinculándose de sus responsabilidades y manteniéndose dependiente de manera indefinida. Es un niño que se resiste con uñas y dientes a adecuar su manera de funcionar al inexorable paso del tiempo. El segundo está asociado a una estrategia para obtener validación (cariño, reconocimiento, atención, un lugar) basada únicamente en resolver las necesidades de otros: “Necesito que me necesites, porque cuando siento que me necesitas y te soy útil es cuando percibo que mi vida tiene sentido y recibo el amor que merezco”.

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Naturalmente, como sucede siempre en psicología, todo esto es muy relativo y solo debemos emplear estas etiquetas diagnósticas (que no están oficialmente reconocidas) cuando los casos son claros, inequívocos y extremos. Al fin y al cabo, todos tenemos dentro una parte inmadura, que se resiste a asumir responsabilidades, es decir, que prefiere que otros respondan por ella. Esta parte de nosotros quiere solo comodidades y derechos pero nunca obligaciones, nunca sufrimientos, nunca valerse por sí misma. Todas las personas tenemos dentro esa semilla de Peter Pan y es perfectamente sano que así sea. Sin embargo, hay que encender una alarma cuando, de una manera significativa, esta parte se come a nuestra parte adulta y eso nos genera problemas: no siempre podemos ser niños delante de nuestros hijos, delante de nuestros compañeros de trabajo, cuando hacemos la compra o cuando vamos en metro. Estar en el mundo, convivir con los demás, exige de nosotros un grado razonable de autonomía y de tolerancia al malestar de acuerdo a nuestra edad. En esto consiste madurar y no debemos confundirlo con vivir nuestra vida a nuestra manera.

Lo mismo ocurre con lo que llamaremos “nuestra parte Wendy”: hacer cosas por los demás, cuidarlos, ocuparnos de ellos, solucionarles problemas o necesitar su cariño no es malo. ¿Qué clase de lugar sería el mundo si no hiciéramos todo esto, qué clase de humanos seríamos si no necesitáramos ser cuidados y validados por otros para desarrollar una adecuada salud mental? El problema aparece cuando cuidar a los demás o solucionarles la vida se convierte en una necesidad para nosotros y en una fuente de dependencia para ellos. Todos necesitamos de todos, solo así podemos salir adelante sin destruirnos, pero eso no significa que alimentemos nuestra legítima necesidad de amor impidiendo a los demás crecer u obligándolos indirectamente a necesitarnos, reprochándoles sus inevitables impulsos de autonomía. Y es que, aunque lo disimule mejor, la Wendy que llevamos dentro también tiene que madurar.

“Nunca he conocido a nadie cuya mayor necesidad no sea el amor”, afirmó la reputada psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross. Pura psicología. Pero cuidado, los medios para satisfacer esa necesidad pueden convertirse en caminos por los que se tuerza nuestra salud mental.

Madurar no es fácil. Manejar de manera equilibrada los afectos y necesidades tampoco. Si te has reconocido en alguno los patrones que hemos descrito o crees que necesitas ayuda para pulir tu parte Peter Pan o tu parte Wendy puede serte muy útil consultar con un profesional. Los psicólogos podemos acompañarte en ese proceso.

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