Así nos afecta el bullying cuando somos adultos

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¿Recuerdas lo que hacían los abusones de tu colegio? Eso es el acoso escolar

Conocido también por el término inglés bullying, el acoso escolar es un patrón sistemático de agresiones verbales y/o físicas que tiene lugar normalmente entre compañeros de colegio. Para entenderlo, es importante señalar sus características: 

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-Es prolongado en el tiempo, no es un hecho puntual

-Lo ejercen uno o varios abusadores principales: sujetos violentos, autoritarios y poco empáticos que imponen su ley para compensar de manera disfuncional su baja autoestima. 

-A veces incluye un grupo más o menos reducido de abusadores secundarios. Forman una especie de “camarilla” que hace la pelota al abusador principal desde una posición de sometimiento. 

-A veces sucede de manera oculta o sutil, pero muchas veces sucede delante del gran grupo (la clase). La mayor parte de sus integrantes mira hacia otro lado, ya que discutir a los abusadores implica el riesgo de convertirse en víctima. Casi nadie quiere pagar ese precio. 

-Los niños no están solos, sino al cargo de una serie de adultos (principalmente profesores y padres). Es habitual que estos adultos desconozcan lo que ocurre o que también miren hacia otro lado a no ser que las señales de abuso sean muy evidentes. 

-El abuso recae sobre una persona (o varias): la víctima. Es alguien con una característica que lo visibiliza por encima de la masa y es escogido por los abusadores como chivo expiatorio para sus frustraciones, carencias y temores. 

La realidad siniestra del acoso escolar

Al contrario de lo que suelen decir aquellos que nunca han sufrido bullying, el acoso escolar no es un desencuentro aislado que puede atribuirse a “cosas de niños”. Como acabamos de analizar, es un maltrato continuado llevado a cabo entre iguales y normalmente ante la mirada pasiva del resto de compañeros y de los adultos responsables. 

Es cierto que muchas veces encuentra maneras muy sutiles de manifestarse, de modo que no siempre el “grupo clase”, los padres o los profesores de las personas agredidas son conscientes de lo que está ocurriendo. En este sentido las redes sociales juegan un papel bastante perverso: permiten que haya multitud de testigos o que nadie puede darse cuenta de lo que ocurre. 

Otras muchas veces sucede a la vista y el silencio de (casi) todos. El aula, el pasillo, el comedor, el gimnasio se convierten en un lugar cómodo para la mayoría e inseguro para unos pocos: aquellos que tienen la mala suerte de salirse de la norma por algo y ser detectados por unos individuos maltratadores y con preocupante escasez de empatía, sus propios compañeros de colegio. 

En ese espacio la dinámica grupal adquiere una estructura mafiosa: el abuso, el autoritarismo, el chantaje y el silencio son los códigos a los que toca atenerse. 

Quizá te parezca que estos términos son exagerados. Es comprensible: probablemente a ti no te tocó recibir y recuerdas tu paso por el colegio como algo normal, una vida en la que la gente tenía sus más y su menos pero en la que no había incidencias a destacar. Tuviste suerte: vivirlo así es lo que le correspondería a cualquiera. 

Si, por el contrario, lo que hemos descrito te suena de algo en primera persona, probablemente guardas recuerdos muy desagradables de aquella época, episodios que podrías haberte evitado y consecuencias psicológicas que siguen siendo rastreables ahora que te has hecho mayor. 

Algunas consecuencias del bullying en la vida adulta

El acoso escolar puede tomar muchas formas. Sus efectos a largo plazo dependen de la edad a la que tuviera lugar, la duración, las modalidades de abuso, el apoyo recibido en aquel momento y, por supuesto, las características psicológicas de la persona que lo sufriera. 

1. Falta de autoestima

Pensemos en una persona de diez, trece, dieciséis años que es agredida cada día por cómo es su cuerpo, por cómo se mueve, por cómo habla, o por cualquier otra circunstancia que escapa a su control. Esa persona es, por tanto, desplazada y puesta en evidencia delante de todos. Una vez tras otra. Cuando esto ocurre, no es fácil que esa persona aprenda a confiar en sus propias capacidades, que tenga una imagen positiva de sí misma y que perciba a las personas como fuentes de apoyo e inspiración. 

Por fortuna esto puede modificarse a lo largo de los años: las víctimas de acoso escolar no tienen por qué ser esclavas crónicas de sus maltratadores. Sin embargo, también es cierto que hay muchos adultos solventes, satisfechos, alegres (o no tanto) que podrían sentirse mucho mejor consigo mismos si sus compañeros de clase les hubieran enseñado lo mucho que valen (o les hubieran dejado en paz, simplemente) en lugar de machacarles con el mensaje de que son una vergüenza.  

2. Falta de asertividad

Si el autoconcepto falla y la autoestima falla, lo siguiente en lo que hay que fijarse es en la asertividad. Se trata de la manera en que la idea que tenemos de nosotros mismos y nuestra confianza en nosotros y en los demás se manifiesta al comportarnos y relacionarnos. 

Además de matemáticas, historia y lengua, muchas personas aprendieron en el colegio que los otros son una amenaza incomprensible para su bienestar y que en la vida hay muy poca gente dispuesta a echar una mano con eso. Cuando esto ocurre, tiene sentido que de mayores tengan algunas dificultades para manejarse con soltura en las relaciones interpersonales

En este sentido, conviene preguntarse si detrás de algunos patrones de sumisión y miedo permanente ante los demás, o incluso de agresividad y autoritarismo, no habrá algún mecanismo de compensación de aquel aprendizaje nocivo que la persona hizo de pequeña. 

3. Restos de estrés postraumático

El acoso escolar somete a sus víctimas a una situación de estrés sostenido. ¿Qué me encontraré hoy al llegar a clase? ¿Me pongo esta ropa o me dirán algo? ¿Si pregunto una duda empezarán a reírse? ¿Me habrán dejado un regalito dentro de la taquilla? ¿Cuánta gente habrá visto la pintada en la puerta del baño? 

Se trata de una situación que da lugar a un estado de hipervigilancia continuada, es decir, de miedo, ante dos cosas: la certeza de que algún tipo de agresión va a llegar y la incertidumbre sobre cuándo lo hará y en qué consistirá. Esto resulta muy desgastante cuando se prolonga en el tiempo. 

Lo normal es que eso se vaya diluyendo cuando dejamos atrás el colegio y a aquellas personas y nos vamos desenvolviendo en escenarios más favorables. No obstante, a menudo queda latente en el psiquismo de las antiguas víctimas un resto de aquel estrés. El miedo a ser tratadas ahora como fueron tratadas entonces reaparece cuando se producen situaciones similares, despertando su ansiedad. 

¿Qué nos protege de las consecuencias del bullying?

El acoso escolar puede llegar a tener consecuencias muy negativas en la salud de quienes lo sufren. En los peores casos, esas consecuencias llegan a ser trágicas. 

No obstante, la mayoría de las personas cuentan antes o después con algunos factores protectores que, si bien no anulan las secuelas psicológicas del bullying, sí que sirven como un potente contrapunto para que la persona pueda salir adelante y llegar a brillar en su vida como lo merece

A continuación te indicamos tres factores que pueden ayudarte a tomar perspectiva desde el momento presente sobre lo que ocurrió en el pasado. 

1. Haz un sano ejercicio de diferenciación

Diferenciar el pasado del presente, aquella gente de esta gente, aquel nosotros de este nosotros. Es obvio que los hechos del pasado que alguien ha vivido son los que son, no cambian. Lo que sí puede cambiar es nuestra manera de interpretarlos y el significado que podemos ir dándoles desde la persona adulta en la que nos hemos convertido. 

Hacer un sano ejercicio de diferenciación ayuda a dejar atrás lo sucedido y centrarnos en nuestra vida tal y como es ahora. 

2. Enfócate en las fortalezas que te han permitido llegar hasta aquí

Siguiendo con la idea del punto anterior, es importante que las personas que han sufrido acoso escolar en su infancia o adolescencia no confundan lo que aquella gente les decía sobre ellas con la realidad. 

Todos somos mucho más que nuestras heridas y que los mensajes que un puñado de agresores intentaron hacernos creer sobre nosotros. De lo contrario, no habríamos llegado hasta donde estamos ahora. 

3. Pide ayuda especializada y profesional siempre que lo necesites

Muchas veces las consecuencias del bullying quedan en la noche de los tiempos de nuestra biografía, disolviéndose como un mal recuerdo que ya nos nos afecta. 

Otras veces dejan secuelas en nuestra salud psicológica que no acaban de remontar aunque hayan pasado los años. Afectan a nuestra autoestima, nuestro estado de ánimo, nuestras relaciones, nuestro trabajo… Toma conciencia de ello, no te resignes a vivir de esa manera y solicita ayuda especializada con un psicólogo. En ifeel contamos con profesionales de la salud que pueden ayudarte a reconducir la situación y afrontar la vida de una manera más sólida. 

De una manera más acorde a la persona en la que de verdad te puedes convertir. 

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