Adicción: 3 ejemplos de cómo nos domina

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Como sucede con otros temas relacionados con la psicología, la adicción es algo que está muy presente en nuestra vida: lo vemos en campañas publicitarias sobre salud pública, lo sacamos como tema en nuestras conversaciones, quizá se manifiesta en alguno de nuestros hábitos o en los de personas que nos rodean. También, al igual que en otros temas, a veces impera cierta confusión o desinformación sobre lo que es verdaderamente una adicción.

En efecto, todos conocemos las campañas públicas contra el tabaquismo u otros consumos. Incluso los más cinéfilos recordarán a Marilyn Monroe afirmando rotundamente “Puedo dejarlo cuando quiera, lo que pasa es que no quiero” petaca en mano en Con faldas y a lo loco, donde interpretaba a Sugar, una soñadora cantante de medio pelo. Argumentos aparte, se trataba de una imagen bastante cómica de alguien que… bueno, alguien que utilizaba el alcohol simplemente para conseguir ese “empujoncito” que le faltaba, ya fuera para trabajar o para divertirse. Desgraciadamente la realidad de la adicción es más compleja y seria de lo que vimos en la entrañable Sugar.

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Volviendo al tema que nos ocupa, hablamos de adicción básicamente cuando necesitamos consumir algo y no podemos evitar hacerlo y cuando, además, ese consumo tiene consecuencias negativas a diferentes niveles, sobre todo en nuestras relaciones (familia, pareja  y amigos), nuestra salud (grave deterioro físico y/o mental) y nuestra funcionalidad (la capacidad para cumplir con las responsabilidades del día a día). Transcurrido un tiempo después de aliviar esa tensión irrefrenable mediante el consumo, la necesidad se reactiva y todo vuelve a empezar. Esto, a grandes rasgos, es lo que llamamos una adicción.

Como acostumbramos a decir en este blog, es importante diferenciar las cosas. Evidentemente todos necesitamos, por ejemplo, consumir comida diariamente y además, en condiciones normales de salud mental, cuando llega un cierto momento en el que el hambre acucia de manera extrema no podemos evitar comer: somos totalmente incapaces de resistir el impulso de comer lo que haya a mano y orientamos todas nuestras energías a conseguirlo. Eso no es una adicción a la comida, sino supervivencia.

Sin embargo, el problema aparece cuando utilizamos algo (por ejemplo la comida, el trabajo o las compras) para aplacar lo que en psicología llamamos un estado disfórico (de malestar) y a cambio obtenemos… otro estado disfórico. Entonces, cuando prevalecen las emociones negativas, el abatimiento, la desgana o la desesperanza, a veces caemos en hábitos de consumo para aliviarnos pero, paradójicamente, a cambio obtenemos efectos adversos. Vamos, que al final acaba siendo peor el remedio que la enfermedad pero, por alguna razón, repetimos una y otra vez esa conducta sin poder evitarlo. Por ejemplo, tras un alivio inicial de la tensión acumulada, regresamos al estado disfórico o incluso lo aumentamos, en forma de culpa, miedo o más ansiedad, que a continuación tenemos que volver a aplacar para recuperar un cierto equilibrio. En estos casos ya tenemos servido el círculo vicioso.

Como habrás visto, en la adicción no se trata solo de qué consumes, cuánto lo consumes o para qué lo consumes, sino más bien de qué capacidad de control tienes sobre ese consumo y de las consecuencias que este tiene para ti. Por eso, una persona puede consumir alcohol a diario (en ciertas cantidades) y no tener absolutamente ningún problema de alcoholismo y otra persona puede consumirlo una vez a la semana y tener un problema serio de adicción al alcohol.

Algo parecido sucede con el sexo: adicto al sexo no es quien tiene muchas o muchísimas relaciones sexuales (para empezar porque, por mucho que la gente utilice irreflexivamente el término “promiscuidad”, en realidad es imposible determinar a partir de qué punto se considera que alguien tiene mucho sexo). Adicto es quien no puede refrenar bajo ninguna circunstancia su impulso de tener una conducta sexual, convirtiéndose dicha conducta en algo poco placentero y sistemáticamente compulsivo.

 

 

¿Adicción al sexo?

Hay personas que manifiestan una adicción al sexo en el sentido estricto del término (es decir, personas con una seria incapacidad para controlar su impulso sexual). Dossie Easton y Janet W. Hardy ofrecen una definición muy clara sobre este problema en su famoso ensayo Ética promiscua: “Adicción al sexo se refiere a la conducta sexual compulsiva que se apodera de la vida de una persona hasta el punto de interferir en el funcionamiento saludable de sus relaciones, trabajo u otros aspectos de su vida”.

Por otra parte, si bien es común observar ciertos patrones de hipersexualidad que a menudo son considerados como una “adicción al sexo”, en realidad describirlos con este término no es del todo ajustado.

Muchas veces, ante una situación vital de crisis, duelo o elevada ansiedad, se produce una sexualización significativa de las estrategias de afrontamiento, es decir, la persona utiliza el sexo como una de sus principales herramientas para manejar su malestar. De este modo, se busca un descenso de las emociones negativas (ira, tristeza, culpa) y del malestar fisiológico (ansiedad, inquietud) a través de una actividad sexual superior a lo habitual en esa persona o cuando, en teoría, no sería “adecuado” tener dicha actividad (por ejemplo, hay quien podría decir que no es adecuado que una persona en pleno duelo por la muerte de un ser querido tenga alguna o mucha actividad sexual).

No hay que olvidar que el sexo no es solo una fuente de placer, sino también una manera muy potente para obtener afecto y cariño, comunicación e intimidad. Algunas personas, sobre todo en situaciones de grave crisis personal, necesitan desfogar su ansiedad rápidamente y el sexo se lo facilita; otras, simplemente, no encuentran la manera de satisfacer su necesidad de afecto, comunicación e intimidad de otras maneras y lo buscan -aunque sea inconscientemente– a través del sexo. En estos casos, pueden experimentar un aumento de su deseo y buscan activamente satisfacerlo, lo que puede resultar incómodo o incluso problemático para las personas de su entorno, por ejemplo su pareja (si existe y si, además, esa pareja también está atravesando una crisis).

Por otro lado, aunque la persona no esté en un momento puntual muy problemático, si tiene unos niveles habituales de ansiedad bastante altos -acompañados de una sensación general de aburrimiento, desmotivación, baja autoestima o poca riqueza de su red social- entonces puede tender a una actividad sexual mayor en cantidad de la que tendría si esas áreas mencionadas estuvieran en un punto mejor. Piensa que el sexo tiene un enorme potencial relajante a corto plazo: no solo es agradable por lo que todos sabemos, también es agradable por su enorme poder liberador de tensión.

Por otra parte, el sexo, además de placer, afecto y comunicación también es una fuente de algo muy importante para todo ser humano: validación. Sí, validación muy centrada en los aspectos físicos, pero validación al fin y al cabo. Muchas personas “se enganchan” al sexo porque es la manera más clara que tienen de sentirse atractivas, lo que en su mente significa sentir que son personas válidas y que merecen ser tenidas en cuenta. Éxito sexual igual a éxito social. Lo has adivinado: ¡droga dura!

En definitiva, las virtudes indiscutibles del sexo hacen que, en ciertas condiciones, pueda ser utilizado de manera no del todo adaptativa como una estrategia de afrontamiento de estados vitales desagradables, incluso hasta convertirse en una adicción.

 

Consumo de sustancias

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha consumido diferentes sustancias, más o menos adictivas, sin ningún objetivo curativo o alimenticio, sino con propósitos muy diferentes y bastante diversos a la vez.

Las llamadas drogas, estupefacientes o, directamente, sustancias no inocuas a nivel cerebral, se han empleado y se emplean actualmente de manera muy extendida. Aunque algunas sustancias muy adictivas se emplean de manera controlada como medicamentos, en general las drogas están asociadas a un contexto lúdico con diferentes objetivos, relacionados entre sí y a los que no es posible acceder sin ese consumo. Se trata sobre todo de sensaciones placenteras y un estado general de desinhibición (en el que se ejecutan conductas que no se llevarían a cabo en estado de sobriedad o se llevarían a cabo con mayor dificultad), alteración de la conciencia (alucinar, conseguir mayor lucidez o, como se decía hace tiempo, “expandir la conciencia”), aplacar la sintomatología emocional o somática (eliminando un estado de tristeza o de gran ansiedad, por ejemplo), estimulación (estar más despierto), adormecimiento o relajación y, finalmente, socialización (el consumo como un medio de integración en un grupo, aumento del sentido de pertenencia al mismo y evitación de su contrapartida: si no consumes te quedas fuera).

El mundo de las drogas es muy diverso en cuanto a sustancias disponibles, formas de administración y efectos obtenidos a través del consumo. Haciendo una clasificación muy sencilla, podemos dividir estas sustancias potencialmente adictivas en dos grupos: por un lado, las estimulantes, que aumentan la actividad cerebral y están más asociadas, por ejemplo, a estados de euforia, energía y proactividad; por otro estarían las sustancias depresoras, que son aquellas que disminuyen la actividad cerebral y se relacionan con efectos anestésicos, calmantes, relajantes o, directamente, somníferos.

En este sentido, algunos ejemplos de drogas depresoras serían el alcohol, la ketamina, la heroína o el GHB (éxtasis líquido), mientras que ejemplos de potentes estimulantes serían la cocaína, los poppers y la metanfetamina (también conocida como speed o crystal), a bastante distancia de la cafeína y la teína y, a más todavía, del tabaco.

Según el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas, perteneciente al Departamento de Salud de EEUU, “la adicción se define como una enfermedad crónica y recurrente del cerebro que se caracteriza por la búsqueda y el consumo compulsivo de drogas, a pesar de sus consecuencias nocivas. Se considera una enfermedad del cerebro porque las drogas modifican este órgano: su estructura y funcionamiento se ven afectados. Estos cambios en el cerebro pueden ser de larga duración y pueden conducir a comportamientos peligrosos que se observan en las personas que abusan del consumo de drogas”.

 

Dependencia emocional

¿Has visto Todo sobre mi madre? En esa película el personaje de Huma Rojo explica en una sola frase la potencia enrevesada que pueden llegar a tener las adicciones: “Nina está enganchada al caballo, pero yo estoy enganchada a Nina”. Aunque esto de estar enganchado a alguien tiene mucho de metáfora, en realidad alude a algo muy literal, que va más allá de ese “quiero más de ti” tan propio de las primeras semanas de enamoramiento: estar enganchado a alguien significa que no puedes prescindir de esa persona y que gran parte de tu energía vital, por no decir toda, está volcada hacia esa persona y sus necesidades, con consecuencias muy negativas para tu bienestar psicológico.

Como explica el psicólogo Gabriel J. Martín, una relación tóxica y caracterizada por la dependencia emocional es aquella en la que uno permanece aun sabiendo que no le conviene. Naturalmente el asunto es mucho más complejo, pero esta definición preliminar te puede dar pistas muy sencillas e intuitivas de lo que estamos hablando.

Efectivamente, no es solo que podamos hacernos adictos a las compras, al juego o a hacer deporte (sí, también a hacer deporte: cuando haces deporte tu cerebro segrega sustancias a las que, por lo agradables que son, puedes hacerte adicto). También podemos hacernos adictos a las personas o, mejor dicho, a cierto tipo de relaciones.

Muchas personas atrapadas en esas telas de araña en las que pueden convertirse algunas relaciones (tanto paternofiliales como, frecuentemente, de pareja) se confunden y llaman amor a su co-dependencia, a su incapacidad para salir de ellas. Puedes aprender un montón de cosas sobre este tipo de relaciones leyendo el clásico de Robin Norwood, Las mujeres que aman demasiado. En ese libro encontrarás una extensa explicación sobre por qué algunas personas llaman amor al pegamento viscoso que las une, a la piscina de arenas movedizas en la que chapotean.

Si estás dividida entre, por un lado, la certeza cada vez más clara de que debes dejar a esa persona -o, al menos, relacionarte con ella de otra manera- y, por el otro, el irrefrenable impulso de que todo continúe siendo como hasta ahora, es fundamental que tomes conciencia, sobre todo, de por qué crees que debes cambiar la relación. Y eso pasa por llamar a las cosas por su nombre y no caer en la trampa del lenguaje. Si no quieres salir de una relación puede que eso sea amor, pero si no puedes salir, entonces es necesidad.

Está claro que a veces cuesta un esfuerzo enorme salir de las trampas y encontrar el verdadero nombre de las cosas, admitiendo de una vez lo que realmente son. Sin embargo, no dudes nunca que es un esfuerzo que vale la pena, además de ser el primer paso indispensable en el camino de tu “desintoxicación”.

Si crees que estás teniendo un consumo problemático de alguna sustancia o conductas que antes hacías de manera satisfactoria (trabajar, jugar, comprar, comer o tener vida sexual) ahora se están volviendo compulsivas o sientes que te atrapan no hay nada de qué avergonzarse, pero es importante para tu salud que pidas ayuda. Los psicólogos podemos ayudarte a determinar de qué problema se trata y cuáles son los pasos a dar para empezar a solucionarlo. No dudes en consultarnos.

 

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