¿Qué es la ansiedad y cómo debes convivir con ella?

ansiedad

Quizá tú no lo sabes, pero la ansiedad tiene que ver con el miedo, y el miedo tiene que ver con la percepción de una amenaza. No importa si esa amenaza para nuestra integridad es real, probable o imaginaria: nuestro organismo está diseñado para activarse y desactivarse en función de cómo valora el riesgo de recibir un ataque.

Habrás notado que algunos animales se quedan paralizados cuando se enfrentan a un peligro. Otros huyen despavoridos. Los humanos no somos muy diferentes a ellos. De hecho, en nuestro repertorio de respuestas para los peligros tenemos tanto la parálisis como la huida, y las utilizamos en función de la situación, de nuestras experiencias previas, nuestras habilidades…

¿Por qué sentimos ansiedad?

Es evidente que quedarse quieto no tiene nada que ver con salir corriendo y que son respuestas muy diferentes, al menos a la vista. Sin embargo, tienen algo en común: ambas se deben al miedo, están ahí para protegernos, se han puesto en marcha incluso antes de que nos hayamos dado cuenta de que un peligro nos acecha y, sobre todo, generan en nuestro cuerpo una gran activación.

A esta activación que sentimos en el cuerpo normalmente la llamamos “nerviosismo”: nos cuesta respirar, el corazón nos va más rápido, se nos eriza la piel, nuestras pupilas se dilatan, incluso nuestros párpados se levantan un poquito más de lo normal y nuestros músculos se tensan. Todas estas respuestas se deben a una única causa: nuestro cuerpo se está preparando para la acción y está dejando para después todo lo que no sea importante de cara a gestionar esta amenaza.

Una vez que todo pasa, soltamos cuerda: nos relajamos y volvemos a funcionar con normalidad. Pero recuerda, este mecanismo se pone en marcha tanto si el peligro es real como si es imaginario, es decir, tanto si el peligro está presente como si ya ha pasado. Por eso, incluso cuando aparentemente todo funciona según lo previsto, hay personas que notan en su interior una activación, un nerviosismo que las incomoda, una aceleración innecesaria para lo que tienen que hacer en ese momento.

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Es ansiedad y, como hemos dicho antes, la ansiedad tiene que ver con el miedo y el miedo… ya sabemos que a veces es muy libre y confunde las señales de peligro, o sigue viéndolas incluso cuando hace ya un rato (o un buen rato) que se han apagado.

¿Por qué tengo más ansiedad que los demás?

Hay personas más tranquilas y personas más ansiosas. Eso se debe a las vidas que llevan, su educación, cuestiones genéticas, diversos aprendizajes y experiencias que han tenido a lo largo de los años… No pasa nada, cada uno es como es. Sin embargo, si eres de esas personas que se aceleran en exceso y se activan a la mínima… conviene que tomes cartas en el asunto porque (y esto va en serio) pocas cosas desgastan tanto el cuerpo y el ánimo como la ansiedad.

Piensa que este patrón de activación que pones en marcha de manera sistemática, sobre todo en la medida en que se te activa cuando no hace falta hacerlo, te impide descansar y disfrutar de la vida. Piensa en tu cuerpo, en toda esa actividad frenética que tiene lugar dentro de ti, ¡no es gratis!

Trastorno de ansiedad generalizada

A veces no hay nada en concreto que os preocupe o active, sino que estamos excesivamente activados de manera permanente o frecuente. Puede que el problema sea lo que se conoce como trastorno de ansiedad generalizada: un sentimiento persistente y duradero de ansiedad o una sensación de tensión interna, con aparente incapacidad para relajarse que se prolonga en el tiempo. La característica más significativa del trastorno de ansiedad generalizada está en nuestra mente y no es ni más ni menos que la preocupación, que se vuelve excesiva y aumenta mucho el malestar psicológico de la persona en su vida cotidiana.

Es importante que tomes conciencia de ello y que aprendas algunas estrategias para reconducir esa manera de funcionar. En este blog te hemos explicado ya algunas, por lo que te invitamos a que las repases e incorpores a tu caja de herramientas algunas habilidades de relajación. También te será útil ajustar tus pensamientos amenazadores y regreses al presente (donde los dramas del pasado ya sucedieron y los dramas del futuro todavía no han llegado).

Si no eres capaz de hacerlo sin ayuda, recuerda que los psicólogos trabajamos con esto cada día y podemos acompañarte en este aprendizaje. Se trata de tu bienestar y no es tan difícil aprenderlo.

4 ejemplos de situaciones ansiógenas

1. Miedo al abandono

“Tengo miedo a que me deje mi pareja. Cuando me viene ese miedo no pienso con claridad, digo tonterías, hago lo que no debo, me vuelvo más impaciente e irascible. Si lo pienso, es como si siempre estuviera preocupada por meter la pata o por lo que sucederá con nosotros en vez de estar pendiente de otras cosas. Y luego, al final, o he sufrido para nada o, efectivamente, acabo provocando con mi ‘torpeza’ aquello que pretendía evitar”.

2. Ansiedad por ser evaluados

“Siempre que tengo que examinarme de alguna manera lo paso fatal. No mal, ¡fatal! Ya me ocurría en el colegio, y luego en la universidad. Ahora me ocurre cada vez que tengo que hacer una entrevista de trabajo. Sudo, aunque no haga calor, se me cierra la garganta y mis labios se secan como si estuviera en el desierto. No hago más que notar que me tiembla la mano y que la voz también me sale temblorosa. Me horroriza pensar que la persona que tengo enfrente lo está viendo y eso hace que me encuentre aún peor. Creo que empiezo a sudar ya desde antes de llegar”.

3. No puedo estar en el presente

“No sé qué me pasa, mi vida es muy normal, todo va más o menos bien, pero siempre voy corriendo a todas partes. No es que tenga prisa, pero siempre quiero hacerlo todo cuanto antes, me impaciento en las escaleras del metro o en la cola del supermercado. Siempre estoy dándole vueltas a la cabeza, como si todo fuera una preocupación, intentando encontrar la mejor manera de hacer cualquier cosa, desde lo más estúpido hasta la actividad más compleja. Llego a angustiarme cuando no doy con la manera de que todas las piezas encajen para que todo salga perfecto. Cuando llego a la cama no importa lo cansada que esté: me cuesta muchísimo dormirme, tengo la cabeza como un bombo”.

4. Fobias específicas

“Me levanto y solo de pensar que tengo que meterme en el metro ya me agobio. Desde que me dio aquel ‘chungo’ el mes pasado al entrar al vagón y que casi me da otra vez la semana pasada no soporto la idea de tener que montarme. Hacerlo es un sufrimiento y creo que voy a dejar de utilizarlo y voy a ir andando al trabajo. Ya está. De hecho, llevo varios días esquivando el metro. Tampoco voy a coger el autobús, ¿y si me da el chungo ahí también? Estos días hace un calor del infierno y me va a costar casi una hora el llegar andando desde mi casa hasta la oficina, con lo que tendré que levantarme antes, pero lo prefiero. Me molesta incluso pasar por la boca de metro. Es hacerlo y me vuelve todo a la cabeza. Hasta que no he avanzado unos metros, no se me relaja el estómago, lo siento como apelmazado”.

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Estos son solo cuatro ejemplos pero todos tienen un denominador común: estas cuatro personas sufren ansiedad. Por diferentes motivos y en diferentes situaciones, pero todas sufren una activación de su organismo que va más allá de lo útil y lo necesario y que está empezando a provocarles dificultades más o menos graves en su día a día. Hay muchos más ejemplos, probablemente tú ya tengas alguno en la cabeza.

Unas personas tienen mayor capacidad que otras para relajarse y llevar sus vidas sin ver por todas partes una amenaza excesiva. Si tú eres de esas personas a las que le cuesta, o que ya empieza a estar en apuros por no haber aprendido todavía a regularse, es importante que tomes cartas en el asunto cuanto antes. Puedes hacerlo a través de nuestra plataforma de terapia online. Te asignaremos al psicólogo de nuestro equipo que más se ajuste a tus necesidades. Deja que ese profesional te enseñe estrategias para que puedas convivir mejor con las preocupaciones de tu vida cotidiana. Los psicólogos trabajamos cada día con la ansiedad y estamos preparados para ayudarte, ¿te apetece intentarlo?

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