La importancia de decir “Te quiero”

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Las palabras son importantes. Estamos acostumbrados a pensar que se las lleva el viento, como afirma el dicho popular, pero esto no es del todo cierto: lo dicho, dicho queda, aunque luego alguien pueda intentar desdecirse. 

Por otro lado, siempre está presente otro debate: el de “queremos hechos y no palabras”, dando por sentado que, a fin de cuentas, lo que importa es lo que alguien hace (obras son amores y no buenas razones) y no tanto lo que dice pero no hace. Es una reflexión legítima porque es evidente que yo puedo decirle a alguien con palabras que le quiero, pero si mis acciones (los hechos) no son coherentes con esa frase entonces las palabras no sirven de nada

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Hay diferentes maneras de decir «Te quiero», no es obligatorio usar estas palabras

Sin embargo, eso no significa que las cosas no haya que (también) decirlas. Si no, muchas veces se cae en la trampa de dar por supuesto que el otro sabe cómo soy, cómo estoy o qué siento por él, con los consiguientes “errores de atribución” en los que podemos incurrir. 

Es muy común eso de “Tú ya sabes que te quiero”, “Tú ya sabes que te estoy agradecido”, “Tú ya sabes que eres muy importante para mí o que has sido trascendental en mi vida y saber que te he encontrado y la comparto contigo la ha mejorado muchísimo”. Tú ya lo sabes porque, aparentemente, mis hechos ya dicen esas realidades, ya las nombran, pero esto es muy relativo. ¿Por qué tienes tú que saber todo eso, cómo puedes estar seguro de ello? ¿Por qué tienes que presuponerlo? Por tanto, decirlo no sobra en absoluto, al contrario, tiene su importancia. Otra cuestión es qué palabras se elijan para ello.  

Decirlo por primera vez

Respecto a decir “Te quiero” por primera vez en una relación, da miedo porque son palabras importantes, a pesar de que en muchas ocasiones se frivolice con ellas. Si nos las creemos y nos las tomamos en serio entonces no podemos abusar de ellas. Tenemos que pronunciarlas desde la verdad, a nuestra manera. Existen diferentes maneras de decir “Te quiero” sin perder veracidad, no es obligatorio usar siempre estas dos palabras. 

Es evidente que no queremos a todo el mundo, ni se quiere a cualquier persona a la primera de cambio, incluso aunque tengamos una relación con ella, ya sea de amistad o de pareja, que haría presuponer que la queremos. Al pronunciarlas por primera vez estamos haciendo lo que se suele llamar una «declaración de principios», incluso una declaración de intenciones. Nos estamos exponiendo, es decir, estamos descubriendo nuestras cartas. No siempre estamos seguros de que el interlocutor vaya a encajar bien ese mensaje, hay un riesgo de vulnerabilidad. Además, decir “Te quiero”, también cuando se dice por primera vez, implica una responsabilidad: la de que los actos hacia la otra persona sean coherentes con nuestras palabras. 

El papel de la edad

Una relación es una relación, independientemente de la edad que tengamos. En lo básico no cambia nada, aunque es evidente que no vivimos lo mismo con 20 años que con 40 o 60. Hay condicionantes. Normalmente cuanta más edad tenemos, más currículum, aunque no siempre: no todo el mundo tiene una vida rica en experiencias

Eso hace que tengamos más heridas pero también que seamos más sabios, más hábiles, más prudentes, también para las cosas que decimos, para las que no decimos y, por supuesto, para las que dice y no dice el otro, es decir, para lo que escuchamos. 

También con cada edad puede cambiar lo que necesitamos decir y escuchar, nuestra manera de decirlo o nuestra manera de reaccionar. No obstante, en esencia, la ilusión es ilusión a cualquier edad, la autenticidad y solidez de los sentimientos puede existir -afortunadamente- se tenga la edad que se tenga. 

El problema de las etiquetas

Detrás del miedo a decir “Te quiero” puede haber un miedo a decir algo que nos comprometa. O un miedo a que nuestras palabras caigan en saco roto porque el otro no las comparta y entonces se pueda abrir una grieta en la relación (que no tiene por qué ser insalvable). Puede haber dudas sobre los propios sentimientos: ¿esto que siento puede considerarse amor?, si es amor, ¿debo atribuirle las palabras “Te quiero”?, si se las atribuyo, ¿debo comunicarlas en voz alta? 

Hay gente que es muy impulsiva, incluso frívola, a la hora de decir “Te quiero”, mientras que a otras les supone todo un dilema o una reflexión. Lo importante es un término medio: ni pasarse ni no llegar. Siempre hay que estar cómodo con lo que se dice, no sentirse obligado a decir algo que no se siente o a decirlo con unas palabras determinadas. 

Tampoco hay que caer en la trampa de las palabras ni de las etiquetas, como si estuviéramos obligados a decir ciertas cosas en ciertos momentos a ciertas personas solo porque “los demás” lo hacen o porque vemos esas declaraciones de amor ostentosas en las redes o porque lo tenemos grabado a fuego a través, por ejemplo, de las películas. 

Lo que aprendemos en familia

La familia es el primer espacio donde aprendemos a manejar las emociones: a sentirlas, a regularlas y a expresarlas. Una parte importante de ese aprendizaje es lo que nuestros padres nos han enseñado, implícita y explícitamente, sobre ello: sobre cómo debemos hacerlo nosotros en concreto. Otra parte importante es cómo hemos visto que lo hacen los demás con sus propias emociones, cómo los demás se expresan, cómo los demás se relacionan entre sí, no solo con nosotros. 

Detrás del miedo a decir «Te quiero» está el miedo a decir algo que nos comprometa

Hay familias muy cariñosas y afectuosas, otras son más frías. Hay familias en las que los padres no se quieren, o no quieren a sus hijos, o no a todos sus hijos. Esto a algunas personas puede asustarles pero es la verdad: la familia no es siempre un lugar idílico en cuanto a los afectos, o una buena escuela para las emociones. Otras veces sí, por supuesto. 

La influencia de la cultura

Las películas y, en general, toda manifestación cultural, nos educan, nos dan ejemplos de conducta, son reflejo de las narrativas sociales que hay sobre diferentes temas -por ejemplo, las relaciones de pareja- y a su vez fortalecen esas narrativas. 

El cine ha sido una de las más importantes escuelas sobre cómo son las relaciones de pareja dentro de lo que se considera el paradigma del “amor romántico”. Otra cosa es que hayan sido una buena escuela, o que los contenidos que muestran se correspondan luego con la realidad de las relaciones de pareja de carne y hueso. 

Las películas nos muestran miles de ejemplos de declaraciones de amor y de reacciones a esas declaraciones, generan en nosotros una tendencia a intentar reproducir esos ejemplos y una expectativa sobre cómo nos debe ir cuando seamos nosotros quienes vivamos ciertas escenas. 

Las relaciones de pareja son algo que ha variado inmensamente a lo largo de la historia, no siempre han sido como son ahora. Es obvio que siempre ha existido el afecto o amor hacia otras personas, igual que la atracción física. Lo que ha ido cambiando es la manera de comunicarlo dentro de las relaciones y, por supuesto, el papel que han jugado ese afecto o amor dentro de las relaciones. 

Lo que ahora nos parece normal dentro de una relación de pareja puede que fuera ciencia ficción en la relaciones de hace cien años, o mil años. Hay un componente cultural muy importante que, por definición, va variando de un lugar a otro y de un momento a otro. No olvidemos, por ejemplo, que para muchas personas las relaciones de pareja no siempre han estado basadas en el afecto mutuo sino en otro tipo de intereses, esto ha sido así siempre y sigue siendo así en ciertas culturas. 

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