10 problemas de pareja… y cómo empezar a solucionarlos

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1. Celos

Los celos son uno de los principales motivos de consulta en un servicio de terapia online como el de ifeel. Aunque no son específicos de una edad determinada, tienden a ser muy frecuentes en parejas jóvenes, con un grado muy bajo de madurez personal en cada uno de ellos, graves carencias en la comunicación y, en definitiva, un tipo de vinculación insegura que acaba resultando realmente tóxica. Tampoco son específicos ni de los hombres ni de las mujeres. No es raro que los psicólogos tengamos la sensación de que los celos son un patrón que vemos frecuentemente en mujeres. Sin embargo, lo probable es que esto se deba a que las mujeres acuden a las consultas de psicología con una frecuencia infinitamente superior a los varones y en ningún caso debe tomarse como que ellas son más celosas que ellos. 

En un primer vistazo todos somos conscientes de que los celos son algo desagradable que separa a los miembros de la pareja y los hace sentirse enormemente incómodos, cuando no sufrir en la relación en lugar de disfrutarla. Todos conocemos, además, la interpretación clásica según la cual los celos son una muestra de amor e interés hacia la pareja y que quien no los siente es que no da importancia al hecho de “perder” a su pareja porque esta se vaya con otra persona. 

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No obstante, a un nivel psicológico, debemos entender los celos como una emoción. No pertenece al grupo de las emociones básicas sino que tiene un componente muy cultural, es decir, muy variable en función del momento histórico y del grupo social en el que nos movamos. Sea como fuere, toda emoción cumple una función que hay que saber interpretar y, en definitiva, esconde detrás de sus manifestaciones más superficiales un mensaje importante sobre el psiquismo de la persona que la experimenta: sus necesidades, su estilo de apego, su estructura de la personalidad, sus valores, etc. Los celos nos podrán parecen mejores o peores, pero no son ajenos a esto. En cada caso habrá que examinar si esta emoción que surge (somos humanos, ¿recuerdas?) es o no problemática para la persona, por qué, qué consecuencias tiene en su bienestar y en la calidad de su relación de pareja. Por establecer un continuo, no es lo mismo sentir una ligera incomodidad fácilmente manejable cuando vemos que nuestra pareja habla amigablemente con alguien atractivo que matarla porque se ha marchado con otro. 

Explicado de manera muy resumida, hay que enseñar a la persona a detectar la emoción, llamarla por su nombre, identificar de qué maneras la está manifestando, qué significa para ella (qué mensajes está intentando transmitirse a sí misma y a la pareja con esa emoción), cómo puede estar impactando esta emoción suya en la otra persona, cómo es que aprendió a incluir los celos de esa manera en su repertorio emocional… Todo un viaje hacia dentro, ¿verdad? Una vez hecho este trabajo, enseñarla a expresar esos mensajes de una manera más funcional y, poco a poco, vivir la relación de pareja desde una mayor seguridad, confianza y respeto. 

2. Infidelidad

Entendemos la infidelidad como esa situación en la que uno de los miembros de la pareja, o ambos, mantienen una relación sexoafectiva con personas ajenas a la relación contraviniendo el pacto de exclusividad al que implícita o explícitamente llegaron en sus orígenes. Estamos de acuerdo: es tan vieja como la humanidad y también fuente de un enorme sufrimiento en quienes se ven envueltos en alguno de sus dos polos. 

En ifeel nos encontramos frecuentemente con personas que piden ayuda después de descubrir que su pareja les ha sido infiel o que lo es de manera recurrente. La persona en estos casos suele enfrentarse a un cúmulo de emociones y sensaciones que van desde la tristeza hasta el agravio, el enfado, el miedo, la estupefacción y, por supuesto, una gran duda que les cuesta clarificar por sí mismas: qué hacer a partir de ahora. 

Casos de infidelidad hay de tantos tipos como parejas infieles y puede ser un tema de enorme interés para tratar en terapia, ya sea de manera individual o en terapia de pareja. Habrá que explorar primero cuál es el impacto de la infidelidad en la persona “agraviada”, por decirlo de alguna manera, sin presuponer en qué consiste y, desde ahí, dejar un tiempo para que pueda expresar los significados que lo ocurrido tienen para ella. 

Posteriormente, si es su deseo, podemos ayudarla a discernir qué quiere hacer ahora, por ejemplo explorando algunas cuestiones muy generales: ¿lo hablará con su pareja?, ¿la infidelidad es una línea roja para ella o no?, ¿qué consecuencias puede tener permanecer en la relación o dejarla? En un enfoque de terapia de pareja todo esto va a estar presente pero con el añadido de que también escuchamos a la persona que ha sido infiel y ayudamos a ambos a comunicarse de una manera constructiva en medio de una de las crisis más nucleares que pueden estar atravesando como pareja. 

3. Problemas sexuales

Los problemas sexuales son muy diversos pero en ifeel encontramos fundamentalmente dos. Por un lado, falta de deseo sexual, muy frecuente en parejas de largo recorrido y presente tanto en hombres como en mujeres. Por otro lado, estarían dificultades más relacionadas con el funcionamiento del cuerpo, que generan un problema en las relaciones sexuales y, por tanto, una enorme insatisfacción y preocupación, ya sea dentro de una relación de pareja o con las parejas sexuales esporádicas que alguien pueda tener. 

En el caso de los varones estas dificultades son, sobre todo, la eyaculación precoz y la disfunción eréctil, mientras que en el caso de las mujeres destacan el dolor en el momento de la penetración y la dificultad para alcanzar un orgasmo. Al margen de esto, también solemos encontrarnos, sobre todo en el caso de personas muy jóvenes, preocupaciones relacionadas con su primera relación sexual y cómo afrontar esto en el ámbito de una relación de pareja incipiente. 

Una vez que se ha descartado que exista algún problema médico cuya solución vaya por otra línea, el enfoque tiene que incluir necesariamente una psicoeducación básica sobre las características del problema y, por ejemplo, lo que en psicología llamamos un análisis funcional: clarificar las causas del problema (sus orígenes inmediatos y remotos), determinar las características del problema en sí (lo que incluye el problema de erección como tal y además el malestar psicológico que genera y cómo este se manifiesta) y, por supuesto, identificar aquellas circunstancias que estén manteniéndolo en el tiempo. 

Dicha intervención deberá incluir también un trabajo de refuerzo y potenciación de la persona (lo que en psicoanálisis se llamaría una “renarcisización”) dado que los problemas sexuales, además de afectar al ánimo de la persona, inciden claramente en su autoestima, su seguridad en sí misma, su percepción como pareja con la que apetezca estar o como persona sexualmente atractiva con las que apetezca buscar una relación sexual. De este modo, dicho de manera muy simplista, hay que reparar las posibles grietas que la persona esté experimentando en estas dimensiones: “No es verdad que jamás podrás tener una relación sexual con penetración”, “En el sexo la penetración y la erección no lo son todo”, “Erección y virilidad son cosas independientes”, “Tu atractivo sexual va mucho más allá de tu rendimiento en el momento de la penetración”, etc). 

4. No me decido a divorciarme

Asumir que una relación de pareja ha finalizado y que es el momento de que cada uno siga por su lado es un proceso difícil para cualquier persona pero que suele provocar un bloqueo importante para algunas. Dicho bloqueo acaba empeorando mucho la situación, porque mantiene la relación en una situación “comatosa”, indeterminada e insatisfactoria pero sin llegar a concluirla definitivamente, impidiendo así que sus miembros puedan abrirse a nuevas posibilidades de bienestar por separado. 

Normalmente detrás de estos bloqueos, de esta incapacidad para poner el punto y final, está el miedo al futuro, el miedo a afrontar una situación de desamparo emocional o material, además de una fuerte sensación de melancolía ante la sensación de interrumpir todo lo vivido hasta ahora junto a esa persona. Estas emociones impiden pensar con claridad, generan muchas dudas y hacen que la persona se sitúe en una rumiación improductiva en la que sus miedos y sus dudas dan vueltas sin llegar a ninguna parte en lugar de comprometerse claramente con una opción en concreto. 


El trabajo terapéutico, que es lento y complejo, tendrá como objetivo clarificar los componentes del bloqueo de esta persona, ayudarla a ver las consecuencias de no tomar una decisión, explorar el significado de la relación que se plantea dejar y también las emociones que se le despiertan a la hora de interrumpirla. En definitiva, animarla a que, de una manera flexible, tome la opción de vivir de acuerdo a sus valores y necesidades y no tanto de acuerdo a miedos hacia el futuro o nostalgias que miran al pasado. 

5. Desengaño amoroso

Aunque este tipo de situaciones se dan a cualquier edad, incluso en edades mucho más avanzadas de lo que nos imaginamos, es frecuente que sobre todo personas muy jóvenes consulten a los psicólogos a raíz de haber sufrido lo que se conoce como un “desengaño amoroso”. 

Se trata de esas situaciones en que alguien que nos gusta mucho nos comunica oficialmente que no desea tener nada con nosotros o que no desea seguir teniéndolo. En este caso la persona suele tener muy activadas sus emociones, lo cual le impide tener una perspectiva racional y lógica sobre la verdadera importancia de lo ocurrido. Estos desengaños suelen tener lugar no tanto en un momento de la relación -si es que ha llegado a haber alguna relación- situado en el amor reposado, sino en un pico de enamoramiento, por lo que la “caída” es tremendamente pronunciada. 

Con estas personas, aparte de acoger y legitimar sus sentimientos, por muy exagerados que puedan parecer en algunas ocasiones, habrá que entender cómo este desengaño habla de su estilo de apego, de su modelo de pareja, de cómo gestiona la frustración y qué creencias inadecuadas sobre las relaciones de pareja se le despiertan a raíz de esta pérdida. 

6. Me gusta alguien de mi mismo sexo

Descubrir -o, por fin, asumir- que la propia orientación sexual se sale de la norma heterosexual no es fácil para nadie pero puede suponer un auténtico conflicto para muchas personas. Esto sucede así tanto en jóvenes que están introduciéndose por primera vez en el mundo de las relaciones sexuales y afectivas como en personas de edad más madura. 

Obviamente, sentir atracción sexual y/o afectiva hacia alguien del mismo sexo no es un problema, pero llegar a vivirlo de manera natural y satisfactoria es un proceso en sí mismo. La orientación del tratamiento deberá incluir los siguientes aspectos: normalizar la percepción que la persona tiene de su orientación sexual, explorar los motivos que hacen que esta orientación sea un problema para la persona, animarla a que se dé un tiempo para vivir todos estos aspectos de manera espontánea y no catastrofista (no hacer un problema de algo que no lo es) y, por supuesto, exhortarla a que encuentre su propia manera de no ser heterosexual, que no tiene que corresponderse con la manera del resto de personas no heterosexuales. 

7. Tenemos un bebé y él no contribuye

La llegada de un bebé a la familia normalmente es un acontecimiento feliz pero siempre, siempre, es un evento estresante. Para que esto no suponga una crisis grave en la convivencia familiar, es importante que los dos adultos responsables (lo más frecuente es que sean dos y que sean un hombre y una mujer pero, por supuesto, esto opera para parejas del mismo sexo) contribuyan de una manera equilibrada a la gestión de la crianza, de la casa y, por supuesto, de la relación de pareja. 

Con relativa frecuencia se dan consultas en ifeel, normalmente por parte de mujeres, en las que se expresa que esa contribución armoniosa de ambos miembros de la pareja tras la llegada de un hijo o hija no se está produciendo. Esto genera una sensación de desbordamiento en la persona que se está encargando más del bebé y también una sensación de soledad, como si la relación de pareja -que siempre se ve afectada con la llegada de un hijo- estuviera más deteriorada de lo que sería normal. 


En estos casos es conveniente aclarar si esta sensación de desproporción de los esfuerzos mutuos ya existía de alguna manera antes de la llegada del bebé, si existen otros conflictos añadidos, si la persona afectada le transmite a la otra explícitamente cómo se está sintiendo con la situación, si se lo expresa de manera asertiva o no, qué respuestas recibe, etc. El objetivo, naturalmente, siempre va a ser preservar al máximo el bienestar de todos los miembros de la familia, prestando especial atención a que el bebé se vea lo menos afectado posible por esta situación y ayudar a los miembros de la pareja a que tomen una posiciones más sanas, equilibradas y adultas frente a los retos familiares que ahora tienen por delante, dejando a un lado todo lo posible patrones de abuso, sumisión, desprotección o soledad.  

8. Salgo con alguien pero me marea

Aunque a veces parece muy fácil, en realidad cuesta mucho que una relación de pareja se construya y prospere, cuesta mucho darnos a conocer al otro y que el otro nos conozca. En otras palabras, es un verdadero milagro -aunque ese milagro se produzca miles de veces cada día- que dos personas se encuentren y decidan ser una pareja. 

En ese proceso, que incluye diferentes tipos de interacción y, por supuesto, negociación, no siempre nos mostramos leales y respetuosos con el tiempo, las energías y los sentimientos de la otra parte. No siempre estamos en el famoso “mismo punto” y esto, lamentablemente, hace que se produzcan ciertos patinazos en la comunicación, en las expectativas que generamos en el otro, o en las interpretaciones que hacemos de los mensajes que el otro nos envía… El juego de la seducción o el proceso de conocerse más allá de las primeras citas y pasar a algo más serio y estructurado no siempre es lo más limpio que sería deseable. Creo que es importante asumir que ciertos desajustes de este tipo van a estar presentes en toda relación más o menos incipiente. Pero si el “mareo” se convierte en la columna vertebral de la interacción entonces hay que tomar medidas. 

Dichas medidas irán, básicamente, en dos direcciones: ponerse firmes y demandar explícitamente una estabilidad o bien poner fin a una relación cuya preocupante indeterminación nos está haciendo sufrir más que disfrutar. Dónde está la línea que separa unos escenarios de otros debe establecerlo cada cual. Al fin y al cabo, se trata de sentimientos, no de metros cuadrados de terreno.

9. Trabajamos juntos

La humanidad ha mezclado trabajo y pareja desde que el mundo es mundo, probablemente porque es inevitable y porque, probablemente, en muchos casos funcionar así es beneficioso. No obstante, si tu pareja y tú trabajáis juntos u os estáis planteando empezar a hacerlo, debéis tomar ciertas precauciones para que eso no suponga un desgaste evitable. 

Pensad que si trabajáis juntos vais a multiplicar el tiempo que compartís, y eso puede estar muy bien en personas que tienden a disfrutar mucho de su mutua compañía pero puede ser una debilidad por el hecho de que disminuyen los ámbitos individuales, esos espacios que los miembros de una pareja utilizan para despejarse y enriquecerse personalmente al margen de la relación y que tienen la maravillosa función de ser “eso que nos podemos contar” cuando nos reunimos. 

Es importante hacer ciertas separaciones entre el tiempo de trabajo y el tiempo de convivencia de pareja o familiar, para que ambas facetas no lo ocupen todo, no lo contaminen o confundan todo. De tal a tal hora estamos trabajando, es cierto que no por ello dejamos de ser pareja, por tanto no dejamos de querernos ni de, por ejemplo, ser cariñosos el uno con el otro, pero en esas horas y en ese lugar damos prioridad a los temas y los códigos propios de lo profesional, e intentamos dejar lo doméstico a un lado. Hablar las cosas y establecer límites siempre va a disminuir los conflictos y evitará que se produzcan situaciones incómodas o se hieran sensibilidades, de igual manera que disminuirá que uno de los ámbitos invada al otro. 

10. Soy incapaz de dejarle porque me da miedo

Antes hablábamos de esa situación en que una relación, con sus más y sus menos, parece llegar al punto final de su ciclo vital pero, como es natural, uno de sus miembros o los dos desarrollan resistencias a asumirlo y continuar caminando por separado. 

En esta misma línea, pero con particularidades más graves, estarían aquellas relaciones de pareja que “piden” un final a gritos pero no porque hayan concluido de manera natural su evolución, sino porque son relaciones tóxicas, no deben existir, deben interrumpirse por la propia salud y seguridad de sus miembros. 

Una relación tóxica no es solo aquella en la que existe un serio maltrato de un miembro hacia el otro -o de ambos entre sí- por ejemplo en forma de maltrato físico o grave abuso. Estos son los casos más extremos pero afortunadamente no todos son así. Una relación tóxica es aquella en la que al menos uno de sus miembros sabe que la otra persona no le conviene y, a pesar de saberlo, se siente incapaz de abandonar la relación. Tan “sencillo” como esto. Luego ya, por supuesto, hay grados de no conveniencia. 

Normalmente las personas manifiestan que no dan el paso de dejar la relación por miedo a la soledad, pero dejan de lado el importante nivel de dependencia que sienten respecto a la pareja, incluso el punto hasta el que la relación ha llegado a anularlas. En este sentido, no se trata solo de miedo al futuro, miedo a la soledad o cuando, sencillamente, queremos a alguien con quien hemos tenido una relación sana y por eso nos parte el corazón pensar en la posibilidad de dejarle. Lejos de eso, hablamos de la incapacidad de dejar a alguien a pesar de que sabemos que no nos quiere, o pensando que su manera de anularnos es una manera legítima de manifestarnos su amor. En esos casos aparecen los comentarios del tipo: “Es muy buena persona, solo que me controla, me restringe las amistades, me reprocha que no le preste atención solo a él/ella” o “Me insulta, me amenaza, me humilla, pero yo le quiero”, y expresiones por el estilo. 

El trabajo terapéutico en estos casos, suponiendo que la persona que está en esta situación se abra a la posibilidad de cambiar, de crecer, de madurar, es largo y tremendamente reconstructivo: implica reconstruir el autoconcepto y la autoestima de la persona -y de ahí, por supuesto, su asertividad, es decir, su capacidad para proteger sus necesidades sin dañar las del otro y poner límites a las agresiones y presiones externas. Implica también remodelar profundamente sus creencias deformadas sobre el amor (en qué consiste y cómo se expresa) y la pareja. Ayudarla a que aprenda que una relación de pareja sana se define, entre otras cosas, por ser un espacio de crecimiento y bienestar para todos sus miembros, no solo para los de uno de ellos a costa del hundimiento del otro.  

Estas y otras situaciones dentro de tu relación de pareja pueden estar dificultando tu bienestar. Si sientes que no puedes reconducirlas por ti misma/o siempre puedes contar con el apoyo de un psicólogo. Estamos aquí para ayudarte.

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