Catastrofización: una botella medio vacía y a punto de explotar

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 15 de marzo de 2018

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¿Eres de esas personas que siempre creen que llegará el fin del mundo? Lo tuyo es la catastrofización. Se trata de una estrategia de afrontamiento según la cual, ante una situación presente o futura, la persona sobregeneraliza o sobredimensiona las consecuencias negativas de dicha situación, independientemente de la probabilidad real de que esas consecuencias se produzcan o que lo hagan en ese grado.

Dicho de otra manera, se trata de ponerse sistemáticamente en el peor de los escenarios posibles ante algo que ocurre o está por ocurrir. Es decir, la catastrofización consiste, sobre todo, en un patrón cognitivo (de pensamiento) aunque, por supuesto, tiene su correlato emocional, somático y conductual.

Todo el mundo cae tarde o temprano en algún episodio de catastrofización, al fin y al cabo somos seres humanos -no superhéroes- y no siempre estamos en nuestro grado óptimo de madurez y valentía. Sin embargo, algunas personas son más proclives a ella, a veces de manera muy intensa: esas personas han hecho de la catastrofización uno de los pilares de su estilo de afrontamiento, convirtiéndose en víctimas de su propio miedo anticipatorio.

Esto se debe a diferentes razones: en algunos casos su nivel de ansiedad de base es más alto y por eso su patrón de miedo se activa con mayor facilidad. Quizá han tenido experiencias negativas en el pasado que las han instalado en un miedo excesivo al futuro y por eso ven el futuro de manera muy sesgada, la botella siempre está medio vacía para ellos. En algunos casos esas personas han sido educadas en la creencia de que la vida es injusta y terrible y que lo mejor es siempre pensar mal, ponerse en lo peor… como si la desesperanza, la desconfianza o el pánico a lo venidero fueran la mejor manera de prepararse para el futuro.

Como ves, las razones para caer presa de la catastrofización pueden ser muy diversas. En cambio, lo que es común son las consecuencias de funcionar de esta manera: añadir a lo que va “mal o medio mal” un sufrimiento innecesario (en forma de desánimo, rumiaciones obsesivas, activación fisiológica) y, por supuesto, evitación experiencial, restricción de nuestras conductas: recuerda que el miedo, en este caso en forma de pesimismo intenso, hace huir o paraliza, pero nunca hará que te expandas.

En la vida diaria podemos encontrarnos múltiples campos abonados para la catastrofización. La salud es un ejemplo.

Pensemos, sin ir más lejos, en una persona con hipocondría: durante cada uno de sus catarros sufrirá pensando que tiene una enfermedad autoinmune, o si se hace un esguince tendrá dificultades para dormir pensando en que su tobillo nunca se recuperará, le quedarán secuelas y nadie le aceptará por su cojera residual. Otros se sentirán culpables por quemarse un día en la playa, temiendo haber avanzado diez kilómetros en su camino imparable hacia el cáncer de piel. Esas personas concluirán que inevitablemente tendrán diabetes en el futuro por haber comido más bollos de la cuenta durante la última semana. Ni que decir tiene alguien con nosofobia (pavor a contraer una infección, sobre todo si es una infección de transmisión sexual) tenderá a pensar que el más mínimo picor tras una relación sexual significa indefectiblemente que ha contraído una infección o padecerán con cada relación por miedo a las terribles consecuencias que ese contacto podría tener en su salud.

Las relaciones de pareja son otro escenario muy frecuente donde observar este patrón. Si una o dos parejas me han dejado, pensaré que nunca nadie jamás, por los siglos de los siglos, va a apostar por tener una relación a largo plazo conmigo. ¿Te suena esta manera de pensar?

La catastrofización no acaba aquí. Si voy a un país exótico entraré en pánico por la posibilidad de que ocurra un desastre natural. Si mi jefe me llama a su despacho pensaré que tiene algo grave que decirme. Si veo a un grupo de personas cuchicheando y, casualmente, me parece oír mi nombre, pensaré que están hablando mal de mí… y que acabaré condenado a la muerte social.

Como ves, el pesimismo explosivo tiene muchas formas, por eso es importante detectarlo y empezar a reconducir de manera progresiva esa manera de afrontar lo que nos ocurre. Es cierto que a veces parece inevitable tomarse las cosas de manera catastrófica, pero en realidad te parece inevitable porque es un hábito mental que tienes muy entrenado. Sin embargo, la buena noticia es que no está escrito en ninguna parte que no puedas cambiarlo.

Los psicólogos trabajamos mucho con ello en consulta, ya que es una manera de funcionar muy frecuente. Por eso, parte de nuestro trabajo consiste en poner en práctica una técnica de la que seguro has oído hablar en alguna ocasión: la reestructuración cognitiva.

Explicada de una manera muy resumida, la reestructuración cognitiva consiste en ayudar a que la persona detecte sus creencias distorsionadas (aquellas que no son muy verosímiles una vez que las examina de cerca, es decir, que no se ajustan mucho a la realidad); juntos exploramos en qué momento llegaron a instalarse en su repertorio de estrategias de afrontamiento y qué función han estado cumpliendo. A continuación, animamos a la persona a que piense qué consecuencias negativas tiene en su vida la tendencia a catastrofizar. Por último, buscamos juntos una alternativa que, sin edulcorar la realidad, se ajuste mucho mejor a ella y no paralice ni aboque siempre a la huida o la parálisis como única opción.

El objetivo de todo este proceso no es transformar las opiniones de la persona, ni hacer que deje de quejarse del miedo que tiene al terrible futuro que la espera pero que lo viva en silencio, sino generar un cambio interior (en sus creencias y emociones), fomentando un examen de su realidad presente y futura más realista y, de ahí, facilitar una transformación en sus conductas. De esta manera puede pasar de la inhibición y la evitación a una exploración más fluida y afianzada de las diferentes posibilidades que le propone su entorno.


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