Perfeccionismo: un camino a ninguna parte

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Todo perfeccionista tiene una complicada relación con la exigencia. También tiene una relación difícil con la realidad. En definitiva, todo perfeccionista sufre una gran dificultad para tolerar la diferencia entre lo que necesita para sentirse bien y lo que, realmente, es posible. 

A pesar de lo que pueda parecer, un perfeccionista no es alguien que se exige mucho a sí mismo. Mejor dicho, no es solo eso. Alguien que se exige mucho es, simplemente, alguien exigente. ¿Algo de malo en esto? En absoluto: no puede lograrse nada que tenga una cierta calidad si no hay de por medio una cierta energía de exigencia

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Sin embargo, más allá de eso, un perfeccionista es alguien que se exige algo que es muy difícil de alcanzar, algo que va más allá del simple esfuerzo. Un perfeccionista es alguien que lleva su inconformismo a la caza de un ideal.

Agotadora perfección: algunos inconvenientes

De este modo, un perfeccionista es alguien que sobrepasa los niveles realistas de exigencia y pone sus miras en unos estándares inalcanzables. Esta característica puede tener sus ventajas: normalmente los perfeccionistas -cuando por fin se rinden, de buena o de mala gana, y «entregan la tarea»- suelen producir muy buenos resultados. Al fin y al cabo, un perfeccionista es lo contrario de un completo chapucero. 

Un perfeccionista es alguien que lleva su inconformismo a la caza de un ideal.

Sin embargo, la consecuencia negativa también está ahí. Hay que tener en cuenta el gasto ineficiente de energía. En este gasto hay que incluir el nivel de desgaste psicológico que a los perfeccionistas les produce el no llegar nunca a un estándar deseado -o tardar mucho en alcanzarlo-, el tiempo que estas personas gastan en realizar sus tareas y el grado de distorsión existente entre lo que algo es y lo que ellos creen que debería ser. Ser perfecto no solo es imposible, también es agotador. 

Hay algo de narcisista en todo perfeccionista. Al fin y al cabo, un perfeccionista es alguien que, atrapado en su fantasía, se cree capaz de hacer algo a la perfección, signifique perfección lo que signifique. Es alguien convencido de que tal hazaña es posible, por lo que, dentro de su fantasía, persigue unos matices en cuanto a la calidad de las cosas que nadie más es capaz no solo de alcanzar sino, además, de apreciar. Ya lo decía Sebastián en La sirenita: “Si quieres algo bien hecho tienes que hacerlo tú mismo”.

A menudo el perfeccionista no tiene la sensación de estar excediéndose. Suele disculparse diciendo, precisamente, que es que a él/ella no le gustan las cosas mal hechas. Es decir, es alguien que se tiene a sí mismo como una persona que se preocupa con razón por la calidad de las cosas. Querer que las cosas estén bien hechas es una gran virtud. Lo sería más si la vida o el mundo no fueran realidades caóticas en las que, además de exigirse calidad, es forzoso dejar un espacio al error humano, a la espontaneidad, a lo incompleto. Es aquí donde el perfeccionista falla. Porque el perfeccionista, sobre todo el claramente narcisista, es alguien que tiene pendiente mejorar su relación con el caos inherente al mundo al que pertenece.

Perfeccionismo o incapacidad para ponerse un límite

El narcisismo del perfeccionista consiste en creer que algo puede estar tan bien hecho que roce la perfección o que la alcance claramente, y que esa conciencia debe ser la que guíe el desempeño personal, sin dar demasiada importancia a si merece la pena invertir tanto esfuerzo, “esclavizar” a los demás con esa exigencia o, simplemente, planteársela. Presa de su rigidez, esta persona cree que no llegar ahí es prácticamente lo mismo que no llegar a nada.

De este modo, el narcisista piensa que ciertas cosas pueden hacerse en un cierto nivel de calidad: un nivel tan elevado que, como nunca se alcanza, cortocircuita el adecuado nivel de satisfacción que todo el mundo merece. 

Este tipo de personas tiene dificultades para parar. ¿No te ha ocurrido nunca, al hacer un trabajo en grupo, que uno de tus compañeros es incapaz de poner el punto final sino que seguiría indefinidamente corrigiendo, añadiendo, investigando, dándole una (última) vuelta a la entrega? Es un perfeccionista. Contribuirá a que el resultado final sea excelente, pero está en serios apuros para rendirse ante el imperativo inapelable de que todo tiene un final con el que hay que consentir, no con el que hay que pelearse. 

En realidad tu compañero perfeccionista no ha perfeccionado su capacidad para medir los tiempos, para evaluar las exigencias de la tarea. Probablemente sufrirá en el momento de poner el punto final, rumiará el camino por el que podría haber continuado el trabajo si el día de la entrega no hubiera llegado todavía, sentirá en su interior al menos un poco de insatisfacción con su rendimiento y, quién sabe, con el de los demás. Siempre se podría haber hecho un poco mejor, cierto. O casi siempre. La cuestión es que la vida al final sucede en presente de indicativo, no en una hipotética perfección condicional.  

El perfeccionismo es una estrategia para combatir la ansiedad que genera el caos

Perfección: un estilo de vida inalcanzable

No desarrollaremos aquí las complejas explicaciones que la psicología da a este fenómeno. No obstante, podemos entender el perfeccionismo como una estrategia psicológica para combatir la ansiedad que genera el caos, una manera que estas personas tienen de sostenerse ante las exigencias del mundo exterior. El perfeccionismo es, de hecho, su respuesta a esas exigencias: el caos, lo imperfecto, la incertidumbre, me generan malestar y tengo que contrarrestar ese malestar con un intenso movimiento que lo compense, tengo que lograr reducir ese caos al mínimo.

Cuando va más allá de un momento puntual y caracteriza el funcionamiento general de la persona, el perfeccionismo es un modo de estar en la vida.

Si te has identificado con lo que hemos descrito en este artículo y crees que tu afición por lo “bien hecho” se te ha ido de las manos, no pasa nada. Piensa que el perfeccionismo no es más que una pequeña -o gran- distorsión de cualidades muy positivas: el primor, la responsabilidad, la exigencia o la laboriosidad. Tu trabajo consiste en reajustarlas y dejar de confundirlas con metas imposibles o búsquedas obsesivas y absurdas de fallos por todas partes. Al final se trata de examinar los criterios que utilizamos para evaluar nuestra satisfacción con nosotros mismos y el mundo que nos rodea y ponerlos al servicio de nuestro bienestar, no de nuestra tortura.

Toma distancia, aprende a delegar, aprende que el conformismo es un defecto pero que estar conforme con algo está muy bien. Date la oportunidad de estar con tu malestar por un rato, no pasa nada si algunas veces las cosas no están de diez. Perdónate. Flexibiliza el concepto de calidad que has forjado, suelta, disfruta de lo inesperado. ¿No sabes hacer todo esto? Para eso estamos los psicólogos, para ayudarte a conseguirlo. Con un poco de suerte, la tarea nos quedará genial.

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