¿Frágil o sensible? Aprende la diferencia y aumenta tu autoconocimiento

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La sensibilidad y la fragilidad son dos atributos humanos de los que ninguna persona está exenta, localizarlos es un buen indicador de autoconocimiento. Es cierto que unas personas son más sensibles que otras, igual que hay quien se rompe a la mínima junto a personas a las que llamamos “todoterreno”. Sin embargo, a menudo se tiende a confundir una cosa con la otra, pensando que quien es más sensible es más frágil (menos fuerte). Las personas más conectadas con su fragilidad suelen preguntarse, además, si es posible vivir sin sufrir absolutamente por todo, y muchas no acaban de encontrar una respuesta suficientemente esperanzadora a esa pregunta.

En cualquier caso, es importante que no nos confundamos. Ser muy sensible es una cosa, ser frágil es otra bien distinta. Aunque parezca que hay un puente maligno entre ambas, que une la orilla del sentir con la orilla del sufrir, en realidad debemos reivindicar la sensibilidad como un valor, una cualidad a destacar en aquellas personas que la poseen. Tiene que ver con la capacidad para percibir matices, disfrutar intensamente de las cosas. Podríamos considerar incluso que es un tipo de inteligencia, en la medida en que permite a la persona vivir una vida más plena y entender con su propio lenguaje las experiencias que le toca vivir o aquellas que ella misma busca tener en su día a día. La sensibilidad nos desarrolla, nos permite entender el mundo de una determinada manera y procesar información de una forma que va más allá de lo mental.

La fragilidad, por el contrario, no es una cualidad, sino que indica la capacidad que las personas y los acontecimientos de la vida tienen para herirnos y causarnos dolor. Esto no es sensibilidad, pues la sensibilidad es una fortaleza, sino que es vulnerabilidad. Probablemente conoces a personas que se rompen por todo, que son aparentemente “muy emocionales”, permanentemente preocupadas, abatidas, conectadas con su sufrimiento. Son personas que sienten intensamente lo que les ocurre, sí, pero no gracias a su sensibilidad, sino debido a su vulnerabilidad.

Escúchate y obsérvate. La sensibilidad tiene que ver con la capacidad para degustar la vida, apreciarla, agradecerla y crearla. Somos sensibles en la medida en que permitimos que la vida nos toque, no en la medida en que permitimos que la vida nos rompa. ¿Eres una persona sensible? Seguro que sí. No importa si no te derrites de amor con los bebés, si no vas acariciando a todos los perros que te cruzas por la calle o si no lloras a menudo en el cine. Cada uno tenemos nuestra sensibilidad y esta puede ser muy diversa. Siempre podemos cultivarla y potenciarla: recuerda que hacerlo es aumentar tu inteligencia y ensanchar tu autoconocimiento.

Sigue escuchándote y observándote. La fragilidad tiene que ver con tu debilidad, con lo expuesto que estás a que otros, a que lo que te pase, te golpee y te resquebraje hasta tumbarte, incluso aunque no te rompa del todo. ¿Eres una persona frágil? Por supuesto que sí, ningún ser humano es omnipotente, todos podemos rompernos por algún lado. Descubrir por qué lados nos rompe la vida nos ayudará a cerrar esas fisuras y tapar esos agujeros por los que nos delatamos como personas vulnerables. Observar atentamente tu fragilidad también es un signo de poder e inteligencia.

Si quieres trabajar tu sensibilidad y fortalecer tus caras más frágiles puedes hacerlo por ti mismo. También puedes hacerlo con un psicólogo a través de un proceso terapéutico en el que juntos recorráis ese camino de autoconocimiento, para aprender a diferenciar unas cosas de otras. ¿Te animas a emprenderlo?



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