Día Internacional de la Mujer ¿una “nueva” revolución feminista?

Por Laura Cruz Navarro
Publicado 08 de marzo de 2018

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Hoy, 8 marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Me gustaría comenzar compartiendo el origen de este día,  ya que puede ayudar a entender (si es que aún fuera necesario) el motivo principal por el que da comienzo una etapa de lucha para el colectivo femenino que 107 años después continúa.

Se trata de una tragedia que desembocó en una alarma social, y es que la muerte de 146 trabajadoras de una fábrica de Nueva York  no podía quedarse como un mero accidente. Las condiciones de trabajo en las que se encontraba la fábrica hicieron  incontrolable el incendio que acabó con la vida de este grupo de personas. Es así como comienza a ponerse de relieve la necesidad de contar con condiciones de trabajo igualitarias para hombres y mujeres. Tras haber conocido sucesos históricos como el mencionado, puede reflexionarse sobre los logros obtenidos así como  sobre lo que aún queda por conseguir, que ha sido fruto del trabajo de mujeres que se sacrificaron por la causa. Sin embargo, todavía no se ha alcanzado la igualdad de género en diversos aspectos.

Desigualdad en el ámbito laboral

Una de las áreas donde sigue estando pendiente establecer igualdad entre hombres y mujeres es el entorno laboral. Como consecuencia, se ha producido un aumento de los análisis sobre esta temática, los cuales muestran cómo en diversos campos existe discriminación así como subordinación entre sus mujeres trabajadoras. Cierto es que las cosas están comenzando a cambiar y esta situación no puede generalizarse a todo tipo de trabajos ni de empresas.

Algunos de los resultados obtenidos de los análisis realizados en cuanto a las  diferencias en el  ámbito laboral son:

  • Mayor porcentaje de mujeres que trabajan en puestos a tiempo parcial y contratos temporales.
  • Diferencias salariales. De media, se ha visto que las mujeres pueden llegar a ganar un 23% menos que los hombres.
  • Los datos del instituto Nacional de Estadística (INE) confirman que el riesgo de pobreza se sitúa en el 21,3% para la mujeres, frente al 20,1% de los hombres.
  • El desempleo es mucho mayor entre la población femenina.
  • Índices de bajas por maternidad muy superiores a las bajas por paternidad.
  • Mayor número de casos de acoso laboral en relación a la mujer.

Todos estos datos nos hacen pensar sobre el impacto que tiene sobre la mujer sufrir alguno de los ejemplos mencionados. Dado el ámbito de salud mental en el que trabajamos, nos gustaría centrarnos en las consecuencias a nivel emocional de la desigualdad laboral que pueden vivir algunas mujeres. Destaca entre ellas el nivel de preocupación, así como el alto nivel de activación fisiológica, ansiedad y estrés que suelen padecer algunas mujeres ante la incertidumbre e inestable situación laboral que viven. Además, en muchas ocasiones, estos síntomas pueden ocasionar una pérdida de motivación para realizar actividades gratificantes para la persona, pudiendo así disminuir el tiempo dedicado a ocio y al contacto social. Cualquier situación de desigualdad o discriminación vivida por una persona puede influir -incluso ocasionar- problemas de ansiedad, autoestima, irritabilidad, apatía, insomnio… Es decir, es una realidad que compromete seriamente la salud y la calidad de vida de las personas que la sufren.

Acoso sexual

Como comentábamos  anteriormente, entre los resultados de los recientes análisis  destaca el acoso sexual vivido por algunas mujeres en sus puestos de trabajo o fuera de estos. De hecho, recientemente el Observatorio de la Violencia de Género ha comenzado a contabilizar y a dar visibilidad a las denuncias por acoso vividas por algunas mujeres. A pesar de eso, resulta difícil establecer una estadística cerrada de comportamientos como proposiciones ofensivas relacionadas con sexo, bromas, sugerencias de mejora en su puesto laboral a cambio de acceder a requerimientos sexuales.

¿Qué sucede realmente en el cuerpo y mente de la víctima?

En estas situaciones, la confusión inicial de la víctima va convirtiéndose en un profundo sentimiento de rabia y traición que queda, en la mayoría de casos, silenciado. El abusador es invisible en muchas ocasiones, por lo que el desconcierto de la víctima va transformándose en sentimientos de culpabilidad. La tensión vivida en situaciones así hace que la persona sienta como perverso y comience a “castigarse” por lo que puede haber “provocado”. Cuando el pensamiento de haber provocado domina la mente de la mujer se establece el sentimiento de culpabilidad, siendo esta la forma de codificar la experiencia. Este sentimiento estará mediado por las creencias sociales que imperen sobre los ideales de género de la mujer. La víctima se culpabiliza, se siente marcada, no revela lo ocurrido ni lo sentido por temor a la reacción de su entorno: “¿Me van a creer?”, “¿van a comprenderme?”. Cuanto más cercano a la vida de la persona es el abusador, mayor es el miedo de la víctima a confesar. En algunos casos, cuando estos sucesos suceden en edades tempranas, puede suceder que posteriormente la sensación de desear se vuelva peligrosa para el equilibrio psíquico de la niña y de la mujer adulta, llegando a renunciar por completo a “desear” en el ámbito sexual, al quedar relacionado con emociones intensas de dolor, culpa, vergüenza…

En los últimos meses, ha estado muy activo el movimiento llamado “MeToo” (“YoTambién”), que incluso ha sido denominado como “una nueva revolución feminista”. Se trata de un movimiento que pretende dar luz a la situación abusiva vivida por algunas mujeres de la industria del cine americano. Más allá del estruendo mediático del movimiento “MeToo”, lo más interesante es que ha contribuido a animar a mujeres a sacar a la luz diversos casos de abuso vividos en su vida diaria o en sus puestos de trabajo. Supone una oportunidad para tomar conciencia de la “sororidad”, es decir, de la unión de diversas mujeres que comparten una causa común frente a una sociedad en la que se mantienen situaciones discriminatorias. Compartir y luchar por  un objetivo común  supone el primer paso para lograr cambiar. Puede tratarse de  una situación que nos haga introducir un examen más cuidadoso sobre  las diferencias que pueden constituir grandes desigualdades.

¿Van a cambiar movimientos como MeToo esta situación?

Claro está que no va a modificar toda la situación. Sin embargo, está resultando muy importante al estar presente la idea que hay algo en común, que no se está sola. Otro dato es que otras muchas mujeres se identifican con lo que representa esta movilización y defienden a las que han pasado por una situación de abuso sexual y han decidido compartirlo.

Como decimos, además del cambio social que propone conseguir movimientos sociales como MeToo, en el área de la salud se están observando también situaciones que hasta el momento no habían tenido lugar. Y es que se ha comprobado cómo mujeres que en un principio acuden a consulta con problemas emocionales, ansiedad, etc se animan a compartir con el profesional algunos sucesos abusivos vividos.

Como profesionales de la salud, debemos trabajar juntos para establecer un planteamiento de mayor sensibilidad y empatía en los casos en los que los pacientes que acuden a terapia y cuentan sus experiencias aún sintiendo miedo a denuncias o pérdidas personales. Por tanto, un objetivo importante es poder hacer más explícito en nuestro trabajo clínico la idea de que las personas se sientan seguras así como animadas a llevar a cabo algo distinto del lamento, encontrando así un nuevo camino que les haga sentir que no están solas. No existe actualmente ninguna meta más ambiciosa que el logro de la igualdad.

 


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