El cuerpo: donde habitan las emociones

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Adentrarnos en el mundo del cuerpo y las emociones no es una tarea fácil. Hoy en día, sabemos que el cuerpo es una fuente de información con memoria propia y que, además, es el encargado de decirnos lo que las palabras no expresan.

De hecho, ¿cuántas veces has notado que una situación, un recuerdo o la misma emoción repercuten de forma directa en alguna parte de tu cuerpo? ¿Te has parado a reflexionar sobre qué dice de ti tu forma de sostenerte o de andar por el mundo? ¿Por qué crees que no sueles prestar atención o te cuesta registrar en tu cuerpo lo que estás sintiendo? Te invito a hacer un corto viaje al lugar donde habitan las emociones y las sensaciones: el cuerpo.

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En nuestro día a día, solemos andar con nuestro piloto automático o en “modo resolución de problemas”. Pocas veces nos paramos a observar con calma qué notamos, qué postura tenemos, cómo estamos andando, qué parte de nuestro cuerpo tiene más tensión y cuál está más relajada, dónde notamos más o menos peso, si notamos o no diferencias de temperatura o cuáles son nuestros puntos de apoyo. Por extensión, tampoco somos conscientes de que esta realidad nos está privando de una gran cantidad de información sobre cómo nos sentimos, qué estamos proyectando y qué necesitamos.

El lenguaje entre cerebro, emociones y cuerpo

Si hablamos del cuerpo, tenemos que hablar de las emociones. Podríamos decir que, dentro de la relación que se establece entre ambos, es el cuerpo el encargado de reflejar nuestras emociones en forma de sensaciones. Inmediatamente después, aparecerá el cerebro para darle sentido a tales sensaciones y, posteriormente, nuestra conducta reflejará qué es lo que hemos decidido hacer con todo esto. El resultado final dependerá muchísimo de si vivimos esas sensaciones como agradables o desagradables y esto conducirá nuestras reacciones,  que pueden ir desde la evitación más absoluta de estas sensaciones a la movilización para su búsqueda.

Si hacemos un ejercicio de investigación respecto a esta relación entre emociones, cerebro y sensaciones, descubriremos que determinadas circunstancias o recuerdos tienen repercusiones directas en nuestro estómago. Otras veces, notaremos cómo nuestras comisuras se descuelgan en forma de tristeza o sentiremos un nudo en la garganta que nos recuerda lo que no pudimos decir o lo que estamos callando.

Nuestros hombros también saben lo que es soportar la carga o responsabilidad emocional de cuidar de otros. En ocasiones, nuestro cuerpo toma las riendas de determinadas situaciones y por razones que seguramente solo él conoce se enfrenta a la razón y se niega a hacer cosas muy concretas. Por su parte, las creencias que tenemos sobre nosotros mismos también se ven reflejadas en nuestro cuerpo.

Observa tu cuerpo, tu postura, tu respiración y tus sensaciones cuando verbalizas mensajes autocríticos del estilo de “no soy bueno” o “no merezco que las cosas me salgan bien”.

Las primeras líneas del mapa

Las bases que condicionan la relación que se establece entre nuestro cerebro y nuestro cuerpo se registran en nuestros primeros años de vida. Manuel Hernández, un importante psicólogo y biólogo interesado en el estudio de la neurobiología del apego, nos recuerda que las primeras relaciones que se establecen entre la madre y el hijo son puramente físicas y que las estrategias de regulación emocional que pongan en marcha los cuidadores van a condicionar nuestra regulación adulta.

Cuando somos niños, no sabemos qué es lo que nos pasa: un bebé simplemente llora y necesita que alguien le ayude a organizar su sistema. De esta manera, cuando los cuidadores están en sintonía con el niño, no solo cubren su necesidad, sino que la hacen explícita: “Esta llantina, cariño, es porque tienes sueño”, “estás llorando porque tienes hambre” o “necesitas dormir porque estás cansado”.

Cuando existe un diálogo reflexivo por parte de nuestras figuras de apego, aprendemos a descifrar qué es lo que nos ocurre y cómo podemos darle respuesta. Cristina Cortés, psicóloga especializada en psicología perinatal, asegura que el hecho de haber comprobado en nuestra niñez que nuestras emociones eran vistas por unos cuidadores sintónicos habrá generado en nosotros sensaciones de “habernos sentido vistos y sentidos”. De esta manera, empezamos a descubrir y a ser conscientes de nuestro mundo interior y de cómo este se ve reflejado en forma de sensaciones en nuestro cuerpo. Por el contrario, la ausencia de afecto en forma de caricias o abrazos no favorecerá que se establezca una relación positiva con nuestro  cuerpo y, por lo tanto, sentiremos que nuestro cuerpo es tierra desconocida y en la edad adulta la intimidad nos generará inseguridad.

En otras ocasiones, cuando hemos vivido en un entorno adverso, caótico y carente de afectos positivos es posible que en un momento dado nos hayamos desconectado de nuestro cuerpo ante nuestra incapacidad para tolerar  sensaciones tan intensas. En casos más extremos, en los que ha habido un trauma temprano o grave, es posible incluso que haya ausencia de sensaciones.

Diferentes maneras de habitar el cuerpo

Una de las maneras que tiene nuestro cuerpo de relacionarse con nuestras emociones es desde la evitación. Tendemos a “intelectualizar” lo que sentimos, ya que entrar en contacto con nuestras sensaciones puede generar importantes reticencias. El evitar sentir y no estar conectados con nuestros cuerpos puede tener repercusiones en nuestro día a día: desatender nuestras tensiones o malestar, un pobre autocuidado físico o hacer ejercicio compulsivo. Otra forma diferente de relación entre nuestras emociones y nuestro cuerpo contraria a la evitación es sentirnos desbordados por nuestras sensaciones físicas, lo cual  genera altos niveles de sufrimiento.

Lo cierto es que nuestro cuerpo es especialmente sensible a las emociones desagradables y muchos no hemos aprendido a acompañar y tolerar el malestar que generan. Para poder llegar a ser adultos con la capacidad de manejar, calmar o regular emociones desagradables, es necesario que hayamos tenido unos cuidadores sintónicos que hayan permanecido a nuestro lado acompañándonos de manera consistente cuando no sabíamos digerir determinados estados emocionales.

Sin embargo, hay ocasiones en las que no pueden estar disponibles emocionalmente por estar envueltos en sus propias dificultades emocionales y porque ellos tampoco son capaces de tolerar su mundo emocional, debido seguramente a que cuando eran niños no les enseñaron a hacerlo.

En consecuencia, cuando somos adultos, nos resistimos a sentir ciertas sensaciones o directamente, cuando las sentimos, nos peleamos con ellas y les pedimos que desaparezcan de una vez por todas. Además, no aprendemos a tolerar el malestar en otros y lo evitamos volviéndonos muy prácticos y centrándonos en las acciones, con el fin de no conectar con el plano emocional. Si, por el contrario, hemos tenido experiencias en las que nos han ido narrando qué necesitábamos y qué señales nos estaba mandando nuestro cuerpo, sabremos qué quieren decir nuestras sensaciones, cómo se llaman y les prestaremos atención antes de que sean muy intensas.

Anabel González, psiquiatra y vicepresidenta de la Asociación EMDR España, enumera algunas de las consecuencias que se pueden dar en la edad adulta cuando no hemos tenido a cuidadores capaces de sintonizar con nuestro malestar o no acertaban en sus predicciones. Lo ejemplifica refiriendo que si siempre que llorábamos nos daban el biberón para que nos tranquilizásemos, aprenderemos que la ansiedad se calma con la comida. Otro aspecto importante que señala es el relacionado con los momentos en los que enfermábamos. Asegura que podrían darse varias opciones: si cuando estábamos enfermos minimizaban nuestro malestar o nuestras quejas, probablemente no nos permitiremos descansar en la edad adulta cuando estemos enfermos. Por el contrario, si manifestaban mucha angustia, nos enfrentaremos a las enfermedades con mucha preocupación. Por último, si el hecho de hacer visible que nos encontrábamos mal físicamente era motivo para recibir más atención, tenderemos inconscientemente a “ponernos enfermos” cuando necesitemos emocionalmente a otros.

Una vez más, el modo en el que se nos miró, cuidó y, en este caso, se nos sintió tendrá una importante influencia sobre la forma en que nos cuidemos tanto a nivel físico como a nivel emocional.

Es cierto que, independientemente de cuál haya sido nuestra historia vincular, exponerse a sentir sensaciones desagradables o poner atención en otras de las que no teníamos conciencia puede generar miedo. Sin embargo, si de forma continuada nos esforzamos por conectar con nuestras emociones y con las sensaciones de nuestro cuerpo, llegará un punto en el que comenzaremos a vivir los beneficios de tomar plena conciencia de nosotros mismos. Recuerda que la práctica de meditación o mindfulness puede ayudarnos en este proceso de toma de conciencia.

La memoria del cuerpo

Nuestro cuerpo tiene una memoria implícita en forma somática. Como diría Bessel Van Der Kolk, autor del reconocido libro El cuerpo lleva la cuenta: cerebro, mente y cuerpo en la superación del trauma, nuestro cuerpo guarda memoria de lo que ha ido ocurriendo a lo largo de nuestra vida. De ahí que, frecuentemente, en nuestra vida adulta se disparen sensaciones asociadas a recuerdos de nuestros primeros años de vida, específicamente sensaciones físicas relacionadas con nuestras historias de apego.

Van Der Kolk señala que en situaciones tempranas de abandono en las que el niño siente una separación repentina de su figura biológica, su cuerpo grabará esa experiencia física de abandono y pérdida.

Otro aspecto del que nuestro cuerpo ha llevado la cuenta ha sido el afrontamiento que hemos ido haciendo de diferentes circunstancias. Por ejemplo, si durante nuestra infancia nos hemos sentido rechazados, tenderemos a tener una postura replegada en la que nuestros hombros se cierren o evitaremos el contacto con el resto como una forma de protegernos.

En otras ocasiones, como aseguran Pat Ogden y Janina Fisher, referentes en el trabajo con psicoterapia sensoriomotriz, tendremos grabada una memoria de exigencia hacia nuestros cuerpos al querer, de un modo poco realista, “que sean perfectos en términos de apariencia, salud o rendimiento, sin comprender que estas presiones son resultado de las demandas que nos plantearon figuras importantes en el pasado”.

Es posible que esta lectura te haya hecho entrar en contacto con alguna memoria somática, alguna sensación que te resulte familiar e, incluso, alguna desconocida para ti hasta ahora. Si sientes la necesidad de trabajar con tus emociones y sensaciones, el trabajo con el cuerpo se torna imprescindible.

Puesto que somos sujetos únicos y la forma en que sentimos nuestro cuerpo es diferente, es aconsejable que comiences este proceso de descubrimiento acompañado por un profesional que te ayude a recorrer este camino dentro de unos límites que seas capaz de tolerar.

Si en este momento hay alguna parte de tu cuerpo que se ha expresado, te animo a que entres en contacto, por ejemplo, poniendo sobre ella una mano, como una forma de hacerle llegar que sabemos que está ahí. Recuerda que si lo hacemos desde la no aceptación e intentando quitárnosla o arrancarla estaremos lejos de cuidar de ella. Posiblemente, esta sensación más que críticas necesita una mirada compasiva y ser entendida sin presiones y con paciencia. Desde esta mirada, lejos de la supresión o la resistencia a su existencia, podremos comenzar a tolerar nuestras sensaciones. Esta difícil tarea es el punto de partida para que nuestras emociones y sensaciones fluyan de forma proporcionada y nosotros podamos regularlas. De esta manera, nuestro cuerpo será un espacio seguro en el que podremos tolerar emociones como la tristeza y el enfado para después poder calmarlas.

Ahora que sabemos dónde habitan las emociones y que el cuerpo habla ¿qué tal si aprendemos a escucharlo?

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