Ayuno de dopamina, ¿verdad o atrevimiento?

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La última moda, por no decir la última práctica sensacionalista que algunas personas desde Silicon Valley intentan vender como el gran hallazgo para que los humanos seamos máquinas perfectas, se llama “ayuno de dopamina”.

La dopamina es un neurotransmisor (de la misma familia, por ejemplo, que la adrenalina) que nuestro cerebro produce con diferentes objetivos. Normalmente solo se asocia esta sustancia con todo lo relacionado con el placer, pero lo cierto es que la dopamina tiene diversas funciones que se refieren también a la motivación, la afectividad y el control motor. Unos niveles alterados de dopamina, tanto por exceso como por defecto, están presentes en la enfermedad de Parkinson, la esquizofrenia y la adicción a las drogas, entre otros problemas de salud.

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Un nuevo concepto de ayuno

Según lo que cabe deducir de las publicaciones disponibles en la prensa, el así llamado “ayuno de dopamina” (dopamine fasting en inglés) se basa, entre otras cosas, en la idea de que estamos tan sobreestimulados que segregamos más dopamina de la recomendable y eso hace que nos volvamos tolerantes a sus efectos y necesitemos seguir sobreestimulándonos para no dejar de lograrlos, con la correspondiente saturación de nuestro cerebro que esto estaría ocasionando.

Con el ayuno (restricción de actividades placenteras que fomentan la secreción de dopamina) se interrumpiría esa sobreestimulación, permitiendo que el organismo se deshabitúe a la dopamina. De esta manera, al retomar las actividades, disfrutaríamos más de ellas gracias a una secreción más regulada y armónica de este neurotransmisor. Esta dinámica, siempre según sus teóricos, puede ayudar a aumentar la productividad (signifique eso lo que signifique), lo cual puede llegar a ser cuestión de trascendental importancia en un contexto como el de Silicon Valley (léase “empresas que quieren ser muy modernas y producir mucho”).

El poder de la habituación

En el aprendizaje (humano y animal) existe una cosa llamada habituación y está más que estudiado desde hace décadas. Se trata de un fenómeno inevitable y, además, necesario para nuestra supervivencia. Explicarlo no tiene complicación ninguna: habituación es el descenso de la respuesta inicial ante un estímulo debido a la presentación repetida de dicho estímulo. Es decir, lo que al principio nos afecta mucho, si se repite nos empieza a afectar cada vez menos hasta que al final nuestra respuesta es muy baja. Todo estímulo novedoso, por definición, deja de serlo con su repetición sostenida en el tiempo. Si dicha repetición continuada del mismo estímulo se interrumpe durante un tiempo y se retoma posteriormente, la respuesta que había ido disminuyendo tiende a recuperarse: el organismo “ha descansado de la repetición” y considera al estímulo otra vez como “novedoso”.

A veces somos productivos a costa de nuestra salud, no gracias a nuestra salud

Por otro lado, también es de sobra conocido que el cerebro segrega sustancias a cuyos efectos positivos podemos llegar a “aficionarnos” mucho, tanto que buscamos intensamente los estímulos y actividades que facilitan su secreción (por ejemplo, el deporte). Que en esto juega un papel muy importante la habituación, y por tanto tenemos que ir regulando la cantidad de estímulo para conseguir efectos similares, también está estudiado.

Dopamina fuera de control

Aunque a algunas personas en Silicon Valley les guste pensar que están sometiendo a su cuerpo a un ayuno de dopamina, lo cierto es que no tenemos acceso directo a lo que nuestro cerebro segrega, lo único que podemos hacer es deducir que esa secreción está ocurriendo. Por tanto, que alguien pueda regular sus niveles de dopamina de manera deliberada simplemente por dejar de hacer aquellas actividades que cree que le hacen segregar más dopamina de la cuenta y que, eso, además, tenga un efecto significativamente positivo en su productividad cuando está en la oficina ya es mucho decir.

De hecho, siempre que se habla de “ayuno de dopamina” se insiste en el hecho de que dicho concepto y sus efectos no se sustentan en ninguna base científica rigurosa. Es decir, son suposiciones extraídas de observaciones clínicas realizadas en el interior de un despacho, concretamente del despacho del psicólogo que ha inventado el concepto. Es más, cabe pensar que no son ni siquiera “observaciones” en el sentido estricto de la palabra, sino deducciones que ese profesional hace a partir de lo que le cuentan sus pacientes.

Es importante aclarar que nadie pone en duda lo que dicen esos pacientes: si alguien hace algo (por ejemplo, un “ayuno de dopamina”) y después de hacerlo informa de que se siente mejor y funciona mejor en su trabajo que antes del ayuno, ¿quién puede desmentirle? Nadie. Lo que hay que subrayar (y aquí ya entraríamos en el terreno del rigor) es que no es seguro que esas mejoras se deban a lo que ha hecho, y tampoco es fácil que esa persona afirme que ha manipulado conscientemente sus niveles de dopamina manipulando sus conductas. Experimentar, probar y ser creativos son actitudes fundamentales en terapia y fuera de ella, nada que objetar en ese sentido. Utilizar palabrería pseudocientífica para hacer pasar como certezas lo que son simples suposiciones debe conducir necesariamente a la cautela.

Salud y productividad, ¿sinónimos?

El concepto de ayuno de dopamina juega con las ideas de habituación, de “desintoxicación” y de “disfrute por contraste” (me abstengo de ciertas actividades placenteras para disfrutarlas más cuando las retome… antes de volver a habituarme a ellas). Para llevarlo a cabo, quienes lo defienden se imponen periodos de varias horas, o días, caracterizados por la restricción de actividades placenteras y, por tanto, susceptibles de estimular la generación de dopamina. Algunos ejemplos de esas actividades serían comer, utilizar redes sociales -incluso interactuar de cualquier manera con otras personas-, ver la televisión o mantener relaciones sexuales, entre otras. Como los defensores de esta técnica que no ha demostrado científicamente provocar los efectos que afirma provocar son normalmente ejecutivos del entorno de Silicon Valley, todo lo que sea pantallas, redes sociales y tecnología cobra un especial protagonismo entre los elementos a restringir durante el ayuno.

En este punto es importante señalar que detrás de técnicas como el cacareado ayuno de dopamina (si es que tal ayuno es posible, cosa que no está ni mucho menos clara, ya que no está demostrado que ayunar de redes sociales implique ayunar de dopamina, por ejemplo) está el objetivo de mejorar la productividad de ejecutivos de empresas tecnológicas muy estresados e hiperconectados a la tecnología. Esto debe movernos a una reflexión ética sobre qué está pesando más en la prescripción del ayuno de dopamina como técnica “terapéutica”: ¿la mejora de la salud de la persona en cuestión o el aumento de su productividad, es decir, la mejora de la salud de su empresa?

Por mucho que el marketing organizacional se esfuerce en convencernos de lo contrario, trabajadores más saludables siempre son más productivos pero no está tan claro que trabajadores muy productivos sean siempre trabajadores con un buen estado de salud (ya que pueden ser muy productivos a pesar de su mejorable estado de salud o, peor aún, a costa de su buen estado de salud). En resumen, aunque si las condiciones son óptimas pueden darse todas a la vez, no debo confundir mi productividad con mi bienestar psicológico, lo que quiere decir también que no debo confundir mi salud con la salud de mi empresa.

De este modo, no debemos caer en la trampa de las etiquetas. Si el así llamado ayuno de dopamina consiste en no llevar a cabo algunas actividades que sobreestimulan la actividad cerebral, de manera que al rebajarlas la persona se siente descansada, dispone de más tiempo para otras actividades no tan sobreestimulantes, descansa mejor y así está más disponible para retomar su trabajo posteriormente, entonces ¿por qué no llamarlo simplemente descansar de ordenador y dedicarse a pasear, descansar de redes sociales y salir a correr, no trabajar ni chatear hasta las dos de la mañana y por eso dormir mejor y trabajar mejor al día siguiente… en lugar de “ayuno de dopamina”? Insistimos, no podemos estar seguros de qué efecto real estamos causando sobre nuestros niveles de dopamina con nuestras restricciones conductuales. Las etiquetas que generan titulares jugosos y publicidad no deberían ser utilizadas como el último alarido en salud para ejecutivos estresados, porque no lo son.

Huir de las fuentes de dopamina

En este artículo de la BBC se pone como ejemplo a James Sinka, un joven de 24 años que realiza un “ayuno de dopamina” cada tres meses. Por lo visto, “Cuando ayuna, se enfoca en reducir los estímulos de tres áreas diferentes: el ambiente, su comportamiento y los efectos químicos. No escucha música, ni usa aparatos electrónicos, ni habla con nadie. Evita la luz artificial, deja de comer y prescinde de las drogas o los suplementos”. Si eso le ayuda a sentirse mejor consigo mismo y a trabajar mejor no hay nada que se le pueda discutir.

Lo que sí habría que puntualizar es que quizá sus niveles de dopamina serían más adecuados si trabajara de una manera humana y no solo al servicio de la mayor productividad posible y así, quizá no tendría que meterse en cuevas para que no le toque ningún estímulo. Por otro lado, sus niveles de dopamina quizá estarían mejor si se relacionara con las personas de su entorno de una manera más normal (por ejemplo, en persona, no tanto a través de redes sociales). Quizá si en su vida cotidiana llevara hábitos de vida saludable (comer y dormir lo suficiente y de manera ordenada para así no necesitar “suplementos” de ninguna clase) no tendría que hacer extraños ayunos que él cree que son de dopamina pero que no está muy claro que lo sean.

No puedo asegurar si en este artículo la palabra “drogas” es una mala traducción de “medicamentos y otros productos farmacológicos” o se refiere a drogas propiamente dichas. Si se refiere a lo segundo, es evidente que toda aquella persona que consuma sustancias de manera habitual no necesita plantearse ayunos de dopamina (en este caso, ayunos de esa sustancia) para regular sus niveles de dopamina: basta con que no consuma esas sustancias y sus niveles de dopamina tenderán a ser normales de manera espontánea.

Hacer normal lo que para la dopamina es normal

Insisto, si a ese chico y a cualquier persona que siga su ejemplo le va bien meterse en una cueva durante horas o días y no solo no encender un ordenador sino privarse severamente de toda estimulación, allá cada cual, yo no estoy en su cuerpo. Mi opinión es que lo que le va bien al cerebro es justamente lo contrario: disfrutar de los maravillosos estímulos que nos brinda la vida de una manera ordenada y adecuada a nuestras capacidades y circunstancias, asumiendo los principios naturales del aprendizaje (por ejemplo, la habituación) y sabiendo que los estímulos a veces son más agradables o impactantes y otras son más neutros simplemente porque así es la vida. Eso es lo que evita tener que hacer piruetas pseudoterapéuticas (o de “sentido común con añadidos estrambóticos”) como el así llamado “ayuno de dopamina”.

Dicho de otra manera: quizá si comieras más fruta no tendrías que tomar vitaminas en una pastilla, de la misma manera que muchas personas no necesitarían privarse de un dulce de vez en cuando, bastaría con que pasearan también de vez en cuando para que el dulce siga su camino. Por eso, quizá si nos comportáramos de manera normal y sensata con nuestra dopamina en nuestra vida cotidiana, hasta donde podemos controlarla, no tendríamos que hacer presuntos ayunos para regular lo que no está tan claro que esté desregulado.

En resumen, controlar la conexión que hacemos a nuestros aparatos tecnológicos y redes sociales siempre va a ser recomendable. Dejar de comer o dejar de hablar con gente durante tres días con el objetivo de reprogramar nuestros niveles de dopamina es una excentricidad sin fundamento científico alguno, por no decir una práctica perjudicial para la salud.

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