Tus heridas hablan de ti: eres más que tus cicatrices

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Nacemos con el ‘marcador de heridas’ a cero, libres de prejuicios o miedos y dispuestos a explorar el mundo que nos rodea.

A medida que vamos creciendo, nuestro entorno nos condiciona -sobre todo la familia-. Y así, poco a poco, comenzamos a forjar los cimientos de nuestra personalidad.

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Jugamos como cualquier niño que juega en el parque, y nos vamos encontrando baches y piedras en el camino a medida que descubrimos nuevos rincones. A veces caemos y nos hacemos daño, brotan nuevas heridas que incluso dejan cicatrices marcadas en nuestra piel.

Rupturas, pérdidas, errores, discusiones, decepciones, malas relaciones… Todos los episodios dolorosos son obstáculos que pueden volverse herida y dejar huella en nuestro corazón. Cada barrera supone un nuevo reto que vencer, una oportunidad de aprender. Sin embargo, ver nuestro cuerpo cubierto de golpes puede hacernos dudar de nuestra capacidad para saltar.

Curiosamente, lo más doloroso suele tener que ver con nuestra interpretación: ¿qué dice esa herida de nosotros? Puede decir que ‘una vez me caí y me hice daño’, o que ‘soy torpe y no soy capaz de correr sin caerme’; puede decir ‘he cometido un error en mi relación’ o ‘siempre me equivoco y por eso nunca me van a querer’.

Así es cómo nuestras cicatrices pueden condicionar la manera en que nos relacionamos, e incluso la forma en la que nos percibimos a nosotros mismos. Cuando hablamos de nuestras heridas de la segunda forma, acabamos considerándolas taras: como si fuéramos una prenda defectuosa de rebajas en el outlet de unos grandes almacenes.

¿Qué dicen tus heridas de ti?

Tu valor no viene determinado por tus cicatrices,

sino por la percepción que tú tengas de ellas.

Pensamos que nuestras cicatrices son lo que nos define o lo que nos caracteriza, y centramos toda nuestra atención en ellas, convirtiéndolas en protagonistas de la obra. Se transforman en miedos que maquillamos para que nadie los vea.

Es por eso que en lugar de abrazar y aprender a (con)vivir con nuestro daño, nos esforzamos por ocultarlo. Pero la lucha sólo conduce a más lucha: las heridas se hacen grandes y se convierten en miedos o fantasmas que acechan tras cualquier esquina.

¿Y sabéis una cosa? Al miedo hay que escucharle… Pero no dejarle llevar la batuta para que guíe nuestras acciones.

Si nos empeñamos en cubrir con una capa de pintura las caídas, si somos nosotros los primeros que no aceptamos nuestra historia, se hace más complicado que otros puedan hacerlo. Y sí, nuestros errores y dolores forman parte de nuestra historia, claro. Pero también todos esos maravillosos castillos de arena que hemos construido en el parque, y no llaman tanto nuestra atención: los retos que sí hemos superado, las dificultades superadas, todas aquellas cosas que hemos construido con esfuerzo -por pequeñas que sean-.

Eres mucho más que tus cicatrices

Pensamos que las cicatrices nos restan valía, pero la realidad es que éstas sólo añaden valor a nuestra historia. Piensa en el abuelo que cuenta sus batallas y sus aventuras a sus nietos, ¿serían tan emocionantes sus relatos sin enseñar los recuerdos que guarda su piel?

Y hablando sobre historias, ¿conocéis la leyenda del Shogun Ashikaga Yoshimasa?

Cuentan, que se rompió su cuenco de té favorito y que, era tan valioso para él, que hizo todo lo posible por repararlo. Tras muchos intentos por restaurarlo y después de varias decepciones, consiguieron unirlo con grapas, pero había quedado inservible.

Así es como conoció el Kintsugi, o ‘el arte de abrazar el daño‘, una técnica artística japonesa basada en reparar y reconstruir piezas rotas. Una antigua práctica en la que se utiliza barniz de oro para reunir los fragmentos de un objeto roto. Unas finas líneas doradas quedan marcadas alrededor del objeto como prueba de su rotura, sin embargo, después de reconstruir la pieza, ésta no sólo queda reparada sino que se vuelve más fuerte, y por eso cada línea de fractura dorada se acentúa: para hacerse eco de su valor. Así que…

¿Por qué no abrazar nuestras piezas rotas,
en vez de juzgarlas y separarlas aún más?

Las huellas de una víctima de guerra son valiosas porque muestran, precisamente, al superviviente de una pelea por la vida.

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