Tu amigo es tu amigo, no tu psicólogo

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Ya hemos hablado sobre la importancia de los amigos para nuestra salud mental, de cómo nos ayudan a fortalecer nuestras habilidades sociales y cómo pueden ser un importante elemento de protección de cara a las dificultades con las que nos enfrentamos en nuestra vida diaria. Hoy ahondamos en un error bastante común: el confundir a tu amigo por tu psicólogo. Es cierto que tener a alguien a quien contarle lo que nos preocupa y que nos escuche con empatía es muy valioso e importante, pero no debemos confundirlo por una relación, un vínculo y proceso terapéutico. Es la misma razón por la cual un amigo tuyo psicólogo nunca aceptaría ser tu psicólogo personal.

En primer lugar es importante volver a analizar el concepto de amistad y lo que significa para nosotros hoy en día. En un mundo en que se cuentan las amistades por el número de conexiones en Facebook y las interacciones se miden por likes y comentarios en posts, muchos dirían que ya no existe una concepción auténtica de la amistad. ¿Pero qué exactamente entendemos por amistad auténtica? Remontémonos un poco.

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Aristóteles distingue tres tipos de amistades en su Ética nicomáquea: amistades basadas en la utilidad, como la que cultivan los socios de una empresa, las amistades basadas en el placer (pensad en adolescentes que están de fiesta), y finalmente la amistad perfecta, aquella que se basa en la admiración mutua de dos personas con ‘buen carácter’. Aristóteles consideraba las primeras dos superficiales ya que están fundadas en circunstancias sujetas a cambios fáciles. La última es la más permanente, y la más rara también.

Durante la infancia y la adolescencia, creamos y mantenemos esa idea de la amistad perfecta mediante la imagen del/la Mejor Amigo/a: ese/a compañero/a de batalla que estará contigo hasta el final para vencer cualquier mal y superar cualquier catástrofe. Sin embargo, cuando crecemos, descubrimos que la amistad es algo más difuminado, y comenzamos a cultivar múltiples amistades, basadas en diferentes intereses según las diferentes personalidades de esas personas. Al no poder ser polígamos en nuestras vidas conyugales, lo somos en nuestras amistades.

Según la definición de Aristóteles, creo que muchos dirían que la mayoría de sus amigos caen dentro de las dos primeras categorías. La vida urbana contemporánea, con sus agendas apretadas, ha hecho de la amistad algo que requiere bastante intencionalidad y persecución. En cierto sentido, tenemos más amigos, pero menos buenos amigos. Muchos amigos ‘útiles y placenteros’, y pocos verdaderos. Los verdaderos amigos son tan pocos ‘que se cuentan con los dedos de una mano’, y son a ellos a los que les contamos nuestras penas más profundas a corazón abierto. Esas son las personas que a veces pensamos ejercen la función de nuestro psicólogo: que nos escuchan, consuelan, aconsejan y calman. Sí, es importante poder contar con un punto de vista externo cuando lo necesitamos, o con un socorro cuando tocamos fondo, pero un amigo jamás podrá ser tu psicólogo (aún cuando su trabajo profesional es la psicología) porque las bases de una amistad no son las de un vínculo terapéutico. La amistad tiene una base afectiva, de cariño, mientras que las de una relación psicólogo-paciente son muy diferentes.

Toda persona que ha estado en terapia sabrá que al comienzo del proceso se establecen unos objetivos claros y que la labor del psicólogo es de guiar y facilitar la consecución de los mismos. Para ello puede que en sus intervenciones el psicólogo se muestre cordial, afectuoso y caluroso, pero estas actitudes siempre tienen que estar bien encuadradas dentro del contexto de la consecución de las metas iniciales. Un psicólogo profesional, además, siempre se aferrará a su código deontológico y mantendrá bien claros los límites del vínculo terapéutico. Esta el la principal y gran diferencia entre un amigo y un psicólogo: una relación terapéutica siempre se centrará en aquello que incrementará la posibilidad de que el paciente consiga sus objetivos. Aquí tenemos otra diferencia: cuando el trabajo ha terminado y el paciente ha logrado lo que se propuso, el proceso terapéutico -y la relación paciente-psicólogo- terminan. Sin embargo, una amistad, o al menos una amistad que todos consideramos buena, es algo para toda la vida.

Intentemos entonces no confundir a nuestro amigo por nuestro psicólogo. Si bien es cierto que la amistad es una suerte de escuela para el carácter ya que nos da la oportunidad de estudiar en gran detalle y a lo largo del tiempo temperamentos diferentes al nuestro, su fin es muy diferente del de una relación terapéutica entre psicólogo y paciente.

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