Trauma: la herida que necesita ser contada

Por Silvia Lama Raposo
Publicado 12 de julio de 2017

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¿Alguna vez has escuchado la palabra trauma?

Un trauma puede nacer cuando una persona se ve expuesta a una situación estresante, de forma breve o prolongada, un acontecimiento cuya naturaleza amenazante o incluso catastrofista generaría gran malestar a casi todo el mundo. No se trata de un estrés normal como el que experimentas en tu rutina diaria a consecuencia del exceso de responsabilidades, o de una etapa complicada. Se trata de algo más interno, más profundo, que se instala dentro de ti y te acompaña allá donde vas.

Algo que te marca y deja huella en tu corazón, que condiciona incluso algunas de las decisiones que tomas en tu vida. Una herida dolorosa que interfiere en la manera en la que sientes el mundo. De hecho, a veces duele tanto que tu cabeza es capaz de cubrirla con una tirita. Pero la herida sigue ahí abierta, sin sanar.

La mente puede desconectarse, «borrar» parte de los recuerdos dolorosos o encerrarlos en el baúl del desván si estos duelen o asustan demasiado… Y lo hace con la intención de protegernos.

¿Qué situaciones pueden generar un trauma?

Cuando hablamos de trauma pensamos en personas víctimas de un atentado o un desastre natural, que han sufrido las consecuencias de una guerra o una tortura, un accidente de coche, la muerte repentina de un familiar, un abuso sexual o tocamiento no deseado… Y efectivamente este tipo de situaciones, de gran intensidad, pueden generar traumas.

No solemos pensar que una situación dolorosa, repetida de forma intermitente pero prolongada en el tiempo, pueda convertirse en traumática, pero también puede serlo. Cualquier tipo de abuso, negligencia o maltrato recibido (en la madurez o infancia); el insulto, la desvalorización o crítica constante por parte de alguna figura de referencia en ciertos momentos, el abandono o desatención continua y prologada de las necesidades de un niño… Pueden ser el origen de un trauma.

Cuando se trata de un acontecimiento grave de gran intensidad pero puntual, puede desarrollarse un TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático). Por otro lado cuando estas últimas situaciones de «aparente menor” intensidad se repiten en el tiempo, pueden constituir una serie de “mini-traumas” que suponen la base de lo que llamamos trauma complejo.

Imagina una madre que pierde a un hijo de forma repentina. Imagina sufrir un accidente de tráfico en el que ves a alguien fallecer. O piensa que te vas de viaje este verano, experimentas un gran terremoto y presencias cosas que jamás pensarías que llegarías a ver. O mejor dicho, que desearías no haber visto.

Ahora visualiza un niño que diariamente ve como su padre llega a casa borracho. Las broncas -y los insultos- con su madre son continuas, a veces con violencia física de por medio aunque «sólo ocurrió un par de veces siendo pequeño». Imagínatelo en la cama asustado llorando sin consuelo y sin saber qué hacer. A medida que va creciendo “por suerte” en casa ya sólo hay insultos, insultos que ahora él recibe también. Y siente dolor, dolor que se cubre de rabia y le hace gritar, desobedecer o romper cosas de vez en cuando en el colegio.

Su padre un día desaparece y no vuelve a saber nada de él. Una parte de él lo agradece e intenta hacer su vida como si nada pasara; a otra parte se le rompe el alma cada vez que piensa en toda su historia y sufre cuando nadie le ve. Su madre apenas puede hacerse cargo de la tristeza que ella siente: el sentimiento le invade y le impide preguntarle a su hijo qué tal el colegio, día tras día. Él sabe que su mamá está triste -porque los niños son más listos de lo que pensamos- y no quiere preocuparla con sus cosas. Es más, trata de cuidarla: es él quien hace la cena por las noches para que su mamá esté contenta. Él ha aprendido a no llorar. En realidad no está solo (físicamente), pero se siente solo.

Al igual que la víctima del terremoto, este chico desearía no haber vivido jamás ciertas cosas. Pero él además desearía haber tenido una infancia «normal», como la de los demás niños.

En el caso del terremoto hablaríamos de TEPT, en el segundo de trauma complejo. Ambas historias son motivo suficiente para provocar un trauma: la sensación de indefensión o desprotección, de incertidumbre, de peligro… La herida está ahí, sólo que se manifiesta de diferentes formas.

¿Cómo te afecta un trauma del pasado (no superado) en el presente?

Si has pasado por algo así, podrías tener pesadillas o experimentar flashbacks, imágenes mentales recurrentes que te visitan sin previo aviso. No sólo en situaciones que te recuerden lo vivido o escenas pasadas similares, sino también durante momentos cotidianos en los que, racionalmente, no tendrías por qué revivir el sentimiento. Ésta es una de las señales principales.

En el caso de la persona que vivió el terremoto, un susto por detrás por parte de un amigo puede ser motivo suficiente para provocarle un ataque de pánico. Un grito durante una discusión entre adultos en el caso del niño. Ambas situaciones pueden hacerles reexperimentar el miedo, la sensación de bloqueo, la rabia, el dolor.

Pueden reaccionar igual que lo hicieron en aquel momento del pasado, o de nuevas formas aparentemente imposibles de controlar. Y es horrible. El sentimiento de falta de control, inseguridad, incomprensión y sufrimiento puede llegar a ser terrible.

Una situación traumática puede hacerte desconectar de ti mismo y de tus emociones, que sea mejor dejar de sentir que sentir dolor. O puede obligar a tu mente a estar continuamente ocupada, a esconderse en cualquier tipo de tarea o actividad, para que en los momentos de aburrimiento o soledad no te invadan los pensamientos… Ni el sufrimiento.

Tiendes a evitar todo aquello que te genera dolor o te recuerda. Evitas hablar de tus sentimientos o contar tu propia historia, es más, incluso la escondes, o rechazas cualquier elemento que te recuerde de cualquier forma la situación. 

Como un combatiente en medio de la guerra aprendes a estar en alerta o en guardia, incluso en situaciones que no deberían resultar amenazantes. Se genera un estado de “hipervigilancia” en busca de cualquier posible gesto que te dé pistas, que te ayude a detectar cualquier posible daño. Esto te impide relajarte: te sientes ansioso, nervioso, irritable, tienes problemas a la hora de dormir o dolores, entre otros muchos.

Y lo peor es que en el caso de trauma complejo, suele afectar a tu día a día de forma sustancial. Aquel niño que se sentía solo, no sólo desarrolla desconfianza hacia él y hacia el mundo porque piensa que nadie le va a cuidar, sino que siente culpa. Culpa, porque en el fondo piensa que algo ha hecho mal y por eso no le han querido. Llora cada vez que va a casa de su madre porque está otra vez con un hombre que es igual que su padre. Y sigue llorando en silencio como aprendió, para no preocupar, para no dar pena, para no romperse al reconocer que sufre. Revivirlo duele demasiado.

No sabe comunicar sus sentimientos y piensa que por eso sus novias le dejan, y él sigue llorando, pero nadie lo sabe. Porque nunca se ha atrevido a contar su historia. Últimamente ha empezado a beber, como hacía su padre y se odia a sí mismo; pero es la única forma que ha encontrado de anestesiar el dolor y poder seguir viviendo sin que la pena invada su vida.

Podría parecer que la historia se repite irremediablemente o que no hay solución, pero sí la hay. Sólo que echar agua oxigenada en la herida escuece (y mucho): pero si no se ve, si no se cuenta, no se puede curar. Se repite en bucle una y otra vez hasta que la ves.

Por eso su historia y la tuya, deben ser narradas, para poder cambiar el guión. Por eso y porque como en toda gran batalla, hay siempre una gran hazaña detrás: la de un superviviente y su cicatriz…

Y la herida de un superviviente merece (y necesita) ser contada.


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