Trauma: las heridas de la infancia pasan factura (si no se curan)

 In Dependencia emocional, Familia, Trauma

El otro día hablábamos del concepto de trauma y su significado. La cuestión es que no es tan sencillo darse cuenta de que tu vida está viéndose afectada por aquellos acontecimientos potencialmente traumáticos del pasado, sobre todo si tuvieron lugar en la infancia y se repetían con cierta frecuencia.

¿Cómo es posible no darse cuenta? Pues en parte esto se debe a que cuando hemos pasado por situaciones traumáticas (sobre todo durante esa etapa tan frágil de la vida), tendemos a minimizar el daño o la importancia que han tenido los hechos, porque asumir la dureza de ellos puede suponer demasiado dolor.

Para protegernos del dolor tendemos a decir cosas como, “tengo superado que mi madre me abandonó cuando era pequeño y no me afecta para nada”. Y bueno, en una parte de los casos puede que sea así; si a pesar del abandono, esta persona ha encontrado a lo largo de su vida otros referentes o cuidadores que se han encargado de suplir el hueco y curar la herida. Sólo que sanar ese daño suele ser más difícil de lo que parece.

Vamos a suponer que eres una mujer y has tenido una figura de padre ausente. Esto quiere decir que tu padre no ha ejercido como figura de cuidado y protección, porque no pudo o no quiso ejercer ese rol; es más, encima, el tiempo que trataba de hacer de padre, lo hacía desde una postura abusiva y crítica. Esta ausencia pudo generar daños importantes en el desarrollo de esta niña, sin embargo, ella no lo nota, aprendió a vivir con ello.

Sin embargo a medida que crece, busca en sus parejas todo aquello que su padre no le dió. Es más, incluso cuando no se lo dan, ella es capaz de aguantar situaciones abusivas (está acostumbrada a ello); y todo con tal de no perder de nuevo a alguien significativo y revivir el dolor de la ausencia.

¿Está afectándole la herida que desarrolló cuando era niña? A priori podría parecer que no, sin embargo, la carencia de un padre cuidador se ha trasladado a su pareja u otras relaciones significativas, y tiene consecuencias en su vida actual.

¿Las heridas de la infancia afectan en la madurez?

¿Alguna vez has visitado la Casa del Terror en algún parque de atracciones? Cuando entras tienes que adaptar tus ojos a la oscuridad y una serie de personajes te va asustando cuando menos te lo esperas. Sabes que es todo un juego, pero puedes llegar a sentir mucho miedo: chillas, caes en un estado de “hipervigilancia” para prevenir qué te puedes encontrar o te aferras a la persona que tienes al lado, sin darte cuenta de que casi le rompes la camiseta al agarrarle.

Algo parecido ocurre con las personas que, durante un tiempo más o menos prolongado, se exponen a situaciones de daño.  No se dan cuenta de ello porque han aprendido a adaptarse a la oscuridad, al susto; pero tiene consecuencias a medida que pasan los años, sobre todo si estamos hablando de una persona que aprende a crecer entre el miedo y la incertidumbre. No es consciente pero vive la vida con más tensión, con más miedo, se pone a la defensiva fácilmente, puede desconfiar de su entorno o tener la necesidad de sujetarse a alguien muy fuerte en busca de seguridad.

Las heridas de la infancia pasan factura (si no se curan)

  ¿Cómo afecta una herida infantil a medida que vamos creciendo?

Sobre todo durante la infancia pueden generarse profundas heridas que hacen que desarrollemos una serie de creencias para poder seguir sobreviviendo. Pero para comprenderlo primero hay que ponerse en la cabeza (y el corazón) de un niño: él no es capaz de racionalizar como lo hace un adulto, y crea esquemas de funcionamiento según el mundo en el que va creciendo.

Para un niño, a priori y de forma instintiva, sus padres son el referente máximo, son los que traen el alimento a casa, y también quienes traen el amor y el cariño. Para él ellos son su supervivencia, y se asume que por lo menos en un origen, son ellos quienes más deberían quererle en este mundo. ¿Pero qué pasa cuando esto no es así?

Pasa que un niño no puede coger las maletas y decir, ‘¡me marcho!’ Tiene que quedarse con sus progenitores incluso en situaciones donde la dinámica no es sana, o donde sufren daño físico o emocional (a no ser que alguien intervenga).

Los niños generan una serie de creencias que les permiten “sobrevivir” en este entorno hostil. Dichas creencias no suelen ir dirigidas a pensar que “su mamá o su papá son malos o no saben cómo gestionar la ira y hacen cosas que no deben cuando se enfadan”, sino que suelen ir dirigidas hacia sí mismos “como soy malo/a, papá y mamá gritan todo el rato, así que tengo que ser tratar de ser bueno y no equivocarme para que me quieran“, por ejemplo. El problema es que estas creencias pueden mantenerse en la vida adulta, si no se toma conciencia y se abordan.

Las heridas pueden ser de diversa índole: miedo al abandono; desarrollar un sentimiento de humillación, desaprobación, desvalorización y crítica hacia uno mismo; desconfianza hacia los demás o miedo a confiar y que te traicionen/decepcionen; sentimiento de injusticia; temor a ser rechazado por ser como eres… El tipo de herida determinará nuestros sentimientos, decisiones o acciones en múltiples ocasiones.

¿Cómo se manifiestan los traumas o heridas en nuestra vida adulta?

Al igual que ocurre con cualquier herida, cuando se roza duele. Y eso provoca reacciones que parecemos no controlar: reaccionamos de forma exagerada ante situaciones que a priori no tendrían por qué provocar sentimientos tan intensos, pero la herida sigue abierta y somos sensibles a todo aquello que nos lo recuerde, incluso de forma inconsciente. Sobre todo afecta en el caso de personas que padezcan trauma complejo.

Todo comienza casi sin querer, cuando una situación activa los recuerdos. Cualquier motivo es suficiente para activar todas las imágenes mentales asociadas al dolor pasado. Cada fotografía mental te recuerda que hay algo mal dentro de ti. Al igual que el niño de antes pensaba que todo era su culpa, de adulto piensa que el problema es él. Piensa que por eso está solo, que no puede fiarse de nadie porque todos le abandonan, o que hace siempre las cosas mal y por eso fracasa.

Se “confirma” de nuevo aquel miedo, se mantiene aquella creencia profunda quasi inconfensable enterrada en la raíz. Un sentimiento que se esconde y nunca te abandona, que se despierta de forma automática sin que puedas controlarlo. Una voz dentro de ti aúlla y te grita que tienes una tara, que la culpa es tuya. Y sientes que siempre estará ahí y que, hagas lo que hagas, lo arrastrarás allá donde vayas.

“¿Por qué siempre me pasa lo mismo? ¿Por qué la historia se repite constantemente? ¿Qué hay mal dentro de mí? ¿Por qué me sigue ocurriendo lo mismo una y otra vez? ¿Por qué no puedo cambiar o parar esto?”

Entrar en crisis o situación de bloqueo, sentir ansiedad o sensación de culpa, experimentar ganas de huir, desasosiego o casi desesperación… Son reacciones habituales.

En este momento sólo quieres dejar de sufrir, eres incapaz de pensar más allá de lo que podría ocurrir mañana. Sólo piensas a ‘corto plazo‘ y pones en práctica las estrategias que has aprendido. Tus reacciones se disparan y, aunque racionalmente sabes que no es para tanto, te resulta imposible relativizar.

Imagina que te quejas sobre algo en tu relación pareja, expones que te gustaría recibir algo diferente a lo que recibes. Tu pareja te dice que no está de acuerdo, que no te puede dar eso y que tal vez lo mejor es dejarlo. Imagina que tu madre te abandonó cuando eras pequeño, o que te sentías abandonado porque ella siempre se preocupaba más por las parejas que entraban y salían constantemente de casa antes que por ti.

Este niño-adulto no quiere re-experimentar de nuevo el dolor del abandono emocional, o sentir que no es lo suficientemente importante para que se queden con él. La razón desaparece y deja paso a la emoción, que condiciona sus reacciones y decisiones de forma bastante rápida. No quiere sufrir y pone en práctica las estrategias que conoce, las que aprendió en “La Casa del Terror” del parque de atracciones. 

El niño-adulto hará todo lo posible con tal de no volver a revivir el sentimiento que tanto dolor despertó en el pasado, aunque ni si quiera sea consciente de ello.

Puede aferrarse a la camiseta de su pareja y mantenerse en la relación sin pensarlo, aceptando los términos que ésta propone aunque no sea lo que quiere; haciendo lo posible por enmendar aquello que ha podido hacer mal porque no quiere sentir que tiene la culpa de que alguien le deje. O ante la amenaza de ruptura puede optar por romper la relación e irse en vez de negociar, antes de que se vaya el otro. O puede encerrarse en sí mismo y no ser capaz de hablar durante una semana.

¿Cómo se supera el trauma? ¿Cómo se cura la herida?

Se puede curar la herida, pero requiere de tiempo, trabajo y constancia, y casi siempre, ayuda profesional.

  • Es importante tomar conciencia de cuál es la herida y cómo reaccionas cuándo se roza.
  • Es necesario entender la necesidad de proteger esa herida.
  • Y profundizar para ser consciente del sistema de creencias, de tus miedos.
  • Reaprender nuevas formas de responder ante la situación temida es fundamental.
  • Para ello a veces es necesario reprocesar los recuerdos. Volver a entrar en La Casa del Terror del parque de atracciones y “revivir de alguna forma” la situación temida o traumática, para poder reinterpretarla desde una perspectiva diferente. La perspectiva de un adulto.
  • Imaginar desde fuera al niño que fuimos. Conectar con él y con cómo se sentía, hacernos cargo de él como si fuéramos sus cuidadores hoy en día. ¿Qué necesitaba?
  • Aprender a autorregularse, manejar tú mismo tus emociones, sobre todo en el momento de crisis.
  • Empoderarse poco a poco, confiar en las capacidades y habilidades propias para poder hacerse cargo de uno mismo. Para confiar en uno mismo, y en la capacidad de relación con el entorno.



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