Todo es mentira: así ocultamos nuestras emociones

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Cuando alguien nos pregunta qué tal estamos podemos contestar “Bien” o podemos decir la verdad. De acuerdo, si estamos bien resulta sencillo admitirlo, pero cuando no nos encontramos en el mejor estado de ánimo hay múltiples razones por las cuales optamos por maquillar la verdad

Los motivos más habituales para hacerlo suelen tener que ver con nuestra necesidad para preservar nuestra privacidad, dado que no siempre deseamos que los demás conozcan nuestro malestar. También con nuestra necesidad de aparentar normalidad y fortaleza porque nos interesa. 

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Esta última razón, a su vez, puede aplicarse de diferentes maneras. Por ejemplo, si estamos decaídos frente a alguien a quien consideramos un adversario no queremos que este conozca que estamos más vulnerables de lo normal. En otras ocasiones, quizá nosotros estamos mal pero tenemos delante a alguien que está peor y entonces hacemos un esfuerzo por “aparentar” normalidad para que esa persona no se desmorone más o no contagiarnos de su estado. A veces tenemos que hacernos cargo de niños pequeños u otras personas vulnerables y no queremos preocuparles manifestando una tristeza o desánimo excesivos

En definitiva, existen muchas razones para fingir un estado de ánimo mejor que el que tenemos en realidad. 

Admitir nuestro verdadero estado de ánimo

A veces da vergüenza y otras lo hacemos con total espontaneidad. Todo depende de la confianza que tengamos con las personas que tenemos delante y de la seguridad que estas sean capaces de transmitirnos. Aunque relacionarnos desde la autenticidad es imprescindible para tener relaciones interpersonales sanas, no siempre es fácil mostrar a los demás nuestra vulnerabilidad. Mucha gente confunde esta característica universal con “debilidad”, lo cual es una manera distorsionada de ver las cosas. 

Podemos ocultar nuestras emociones por privacidad, porque todavía no las entendemos o, directamente, porque nos interesa

En otras ocasiones esto no ocurre y nos apoyamos con franqueza y espontaneidad en otros cuando no estamos bien. De hecho, una de las funciones de la tristeza es, mediante su expresión, informar al otro de que no estamos bien para promover que nos apoye. En la vida real esto sucede de maneras muy distintas según la persona. 

Como decíamos al principio, las dificultades para manifestar nuestras emociones no siempre se deben a que no las aceptamos. Quizá sí aceptamos cómo estamos pero, simplemente, preferimos mantenerlo en una esfera privada. Podemos ocultarlo indefinidamente o, al menos, hasta que decidamos cuál es el momento más propicio para expresar nuestras emociones de manera honesta y abierta. 

En ocasiones no queremos compartirlo con otros porque no sabemos bien cómo nos sentimos, porque no queremos que el otro nos agobie o porque no deseamos dejarle con la preocupación de que nos puede estar ocurriendo algo muy malo. A veces, directamente, no tenemos confianza con él o no nos podemos permitir compartir con él lo que nos ocurre -lo cual nos haría conectar con esa emoción- porque hay otras tareas más urgentes que atender y decidimos que es útil dejar a un lado lo que sentimos. 

Las emociones positivas cuestan menos

Las emociones positivas son aquellas que están asociadas a sensaciones agradables. Por definición son expansivas y difícilmente reprimibles. Tendemos a compartirlas y deseamos hacerlo, de hecho todos hemos notado lo incómodo que es estar muy contento por algo y no tener a nadie a quien decírselo. Además, la expresión pública de las emociones positivas está “socialmente reforzada” mientras que siempre se dice que “nadie quiere a los tristes” o “nadie quiere a los llorones”. 

Podríamos decir que esas emociones “salen solas” con enorme naturalidad. Es muy difícil disimular que estamos muy contentos, ilusionados, entusiasmados u orgullosos por algo. En cambio, si nos lo proponemos, podemos mantener en secreto con cierta facilidad que tenemos miedo, que estamos melancólicos o que algo nos ha sentado mal y estamos enfadados. 

Por otro lado, la rabia estaría en el grupo de las emociones negativas (no porque sea mala, sino porque es desagradable) y, aunque a menudo la asociemos a demostraciones muy abiertas y vistosas, también puede vivirse con cierta frialdad en la expresión.

Date tu tiempo para decidir si quieres hablar de tus sentimientos y piensa bien qué parte de la historia quieres compartir

Mientras tanto, el miedo y la tristeza son bastante inhibitorios a nivel de comportamiento, nos vuelven más introspectivos y pueden llegar a paralizarnos mucho. ¡Y qué decir de la culpa! Los remordimientos sí que son muy difíciles de compartir porque eso implicaría admitir que hemos cometido un error o que hemos hecho daño a alguien o a nosotros mismos. 

Decidir cómo expresamos nuestro estado de ánimo 

De vez en cuando dudamos sobre si queremos compartir con alguien lo que nos ocurre o si es mejor reservarlo para nosotros aunque sea provisionalmente. Si es tu caso, a continuación te indicamos tres sugerencias a tener en cuenta para salir de dudas.

1. Expresa las emociones a tu ritmo

Lo primero de todo, date un tiempo para procesar lo que está ocurriendo en tu interior. Sé paciente contigo. No te sientas en la obligación de compartir o confesar cualquier estado de ánimo en el que te encuentres, especialmente si es a una persona que no te da seguridad. Tira de asertividad: quizá alguien te está diciendo “Sabes que puedes contarme lo que sea” pero, si no te da confianza, lo que debes hacer es agradecer su disponibilidad y seguir callando. 

2. Selecciona la información

Si finalmente decides compartir lo que te ocurre no pienses que tienes que contarlo todo. Siéntete libre para contar solo una parte y dejar para tu fuero interno aquello que te resulte más incómodo o que, directamente, aún no has podido poner en palabras y, por tanto, todavía no entiendes bien.

3. Escoge bien a la persona 

Si te cuesta explicar o compartir lo que te está ocurriendo pero sientes que te vendría bien hacerlo, piensa en una o dos personas concretas que sepas que van a ser especialmente comprensivas o indulgentes con ese tema en concreto. No tienes que gritar a los cuatro vientos cómo te sientes ni convocar a un ejército en busca de ayuda y escucha: basta con una o dos personas que sean emocional e interpersonalmente sabias para ese tema y buscar su apoyo de manera focalizada. 

Manejar con madurez nuestro mundo emocional es un reto al que todos los seres humanos debemos hacer frente. Por el camino nos vamos encontrando dificultades que suelen afectar a nuestras relaciones interpersonales. Que no cunda el pánico: no es nada que no pueda abordarse con la ayuda profesional adecuada. Busca un buen psicólogo y cuéntaselo: estamos aquí para ayudarte.

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