Timidez: qué ocurre dentro de las personas que la sufren

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Delimitar qué es la timidez no es tarea fácil, ya que esta característica engloba un amplio conjunto de términos y síntomas. Coloquialmente, solemos hablar de la timidez de alguien al referirnos a una persona temerosa, vergonzosa, reservada, retraída, insociable o introvertida. Sin embargo, el hecho de que podamos asociar la timidez a todos estos términos relacionados con dificultades en las relaciones interpersonales, puede generar confusión.

La timidez, propiamente dicha, se relaciona con aquellas personas que se sienten motivadas para involucrarse en las relaciones interpersonales pero, al mismo tiempo, manifiestan conductas de evitación a la hora de enfrentarse a ellas. Dicho de otra manera, les gustaría interactuar con otros pero, por diversas circunstancias, aparece de forma simultánea en ellos cierta tendencia a evitarlas. Además, tenemos que tener en cuenta que las personas tímidas no sienten esta ambivalencia de forma ocasional o aislada ante un hecho o contexto concreto, sino que sienten la sombra de su timidez de forma constante.

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Es posible que haya personas que no consideren la timidez como algo extremadamente negativo o que, de hecho, les resulte un rasgo atractivo cuando lo detectan en alguien y que hace justamente que quieran adentrarse en ese halo de misterio con tintes de timidez. Sin embargo, aquí pretendemos hablar la timidez cuando supone un foco de malestar e incomodidad para quien la siente.

No obstante, debemos delimitar que estas situaciones no son altamente incapacitantes ni repercuten de manera significativa en la adaptación social o en el bienestar psicológico, como ocurre en otros problemas relacionados con trastornos de ansiedad. Los psicólogos solemos establecer tal distinción haciendo hincapié en que las personas tímidas manifiestan grados de ansiedad social, pero esta no entra dentro de los parámetros clínicos como podría ocurrir con la fobia social.

Dicho esto, para entender qué les pasa a las personas tímidas tenemos que conocer sus conductas, sus pensamientos y sus emociones, con el fin de intentar entender qué piensan, qué sienten y cómo actúan.

Lo que muestran las personas tímidas

Las conductas de una persona tímida en entornos sociales podrían ser enmarcadas dentro de un estilo de comunicación pasivo e inhibido: dificultades para iniciar y mantener conversaciones, dar opiniones, elogiar a otras personas o expresar emociones, tanto positivas como negativas.

Además, su cuerpo nos habla desde una postura replegada, al mismo tiempo que sus ojos nos evitan, su risa se torna nerviosa, su boca comienza a secarse, o se comienza a liberar toda esta incomodidad en forma de sudoración.  Posiblemente, las personas tímidas nos dirían que son pocos los momentos de su vida que dedican a la interacción social y que buscan con más frecuencia la soledad, como una respuesta de evitación y escape.

El discurso interno la timidez

Si nos adentrásemos en los pensamientos de una persona tímida, podríamos concluir que tienen una percepción negativa de sus habilidades sociales y una creencia distorsionada sobre su capacidad en comparación con los demás. Su diálogo interno dirá cosas como: “soy aburrido, soso”, “siempre acabo metiendo la pata”, “se va a aburrir cuando le hable”, “me voy a bloquear” o “todos se relacionan mejor que yo”.

Lo más frustrante es que todos estos pensamientos limitantes se apoderan de la persona tímida en el mismo momento de la interacción. Imaginemos lo difícil que resultaría tener que disfrutar y vincularnos con alguien si tuviésemos que lidiar con estas voces poco empáticas que parecen multiplicarse en situaciones sociales.

Cómo se relacionan las emociones de una persona tímida

Lamentablemente, las personas tímidas pueden llevar un amplio elenco de emociones y sentimientos desagradables como compañeras de viaje. No obstante, el miedo y la vergüenza parecen ser los protagonistas principales ante escenarios sociales.

En este caso, no hablamos del miedo salvavidas que nos dice que salgamos corriendo si vemos llegar un león, sino un miedo irracional que se activa de forma constante ante la sensación de poder ser evaluados o rechazados. Este genera un estado de hipervigilancia ante las señales de rechazo que nos lleva a percibir con muchísima más facilidad las reacciones negativas del entorno.

Reconciliarse con la timidez

Es posible que todos hayamos experimentado en alguna ocasión estas emociones, pensamientos o conductas. En cierto modo, como parte de nuestro desarrollo evolutivo, es natural que cuando somos niños actuemos de forma tímida o retraída en situaciones interpersonales.

Por lo tanto, un aspecto importante a la hora de trabajar las limitaciones que genera la timidez en la edad adulta serán las connotaciones que tuvo en nuestro entorno. Es posible que fuese vista como algo “bueno” al estar relacionada con “ser responsable, bueno, prudente o mono” o que, por el contrario, los comentarios estuviesen más bien relacionados con aspectos negativos: “Qué parado eres, así poco vas a conseguir”, “Tienes que espabilar” o “Eres muy sosa, no hablas con nadie ¿así quién se te va a acercar?”.

Con todo esto, es posible reconciliarse con nuestra timidez y recolocarla en un lugar en el que no nos genere sufrimiento o situaciones incómodas. Un entrenamiento en habilidades sociales, patrones de pensamiento más sanos y técnicas para la gestión de la ansiedad mediante psicoterapia favorecerá que podamos tolerar su presencia y reconciliarnos con ella.

Como personas adultas estará muy bien que reeduquemos y tratemos nuestra timidez de la misma manera que lo haríamos si se tratase de un niño tímido al que queremos ayudar. Tú mejor que nadie puede entender lo que él o ella necesita.

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