Terapia: estar mejor, seguir estando bien

Compártenos en tus redes:

Muchas personas se plantean acudir al psicólogo para iniciar una terapia. Esas personas no siempre tienen claro lo que buscan o lo que esperan respecto a ese planteamiento, pero de alguna manera -hablando en términos muy generales- todas ellas están pidiendo ayuda, por diferentes motivos. Esos motivos pueden ser muy diversos.

En general, quien llama a la puerta de un psicólogo quiere emprender un proceso de autoconocimiento, madurez, desarrollo personal, entrenamiento de habilidades o toma de decisiones. Hay personas que lo hacen porque necesitan compañía, alguien neutral y preparado que escuche su dolor y su preocupación, un profesional que dé una respuesta a sus dudas y les ayude a llegar a sus propias conclusiones.

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más

Lo sepan o no lo sepan, lo digan o no con esas palabras, incluso tanto si lo lleven a cabo como si abandonan el camino tras haber dado los primeros pasos, al menos uno de los motivos que acabamos de mencionar está detrás de su decisión de ir a terapia.

Sin embargo, algunas de esas personas dudan antes de dar el primer paso, que puede considerarse como el más importante: el de pedir cita y acudir finalmente a la primera sesión en la consulta de un terapeuta o iniciar una terapia online si deciden optar por este otro formato.

Cada una tiene sus razones para ello. Algunas argumentan que no se encuentran tan mal como para ponerse en manos de un profesional, creen que lo suyo no es de psicólogo o que no es para tanto, con la cantidad de gente que debe haber por ahí con problemas mucho peores que los suyos. O directamente que no van a empezar su terapia porque ellas están bien. Se han planteado pedir ayuda, puede que incluso se hayan informado al respecto, pero están bien, así que no iniciarán ese camino.

En tercer lugar, están las “personas pero”. ¿No sabes quiénes son? Son esas personas más o menos conscientes de que necesitan ayuda y quieren recibirla… pero no tienen tiempo, pero no tienen dinero para invertirlo en una terapia (aunque sí para otro tipo de gastos no importantes  y que, siendo legítimos, no les van a sacar de su malestar), pero lo harán después de tal o cual fecha, pero no se sienten cómodas compartiendo sus problemas con un desconocido… La lista de excusas, pretextos, explicaciones y justificaciones de las “personas pero” es tan respetable como interminable.

Sea como sea, es importante corregir algunas ideas erróneas sobre el hecho de ir a terapia.

En primer lugar, ir a terapia no es “de locos”, no es de gente que está “mal de la cabeza”. Nada más lejos de la realidad. Ir a terapia es propio de gente que decide responsabilizarse de su crecimiento personal. Eso no quiere decir que si no vas no te estés responsabilizando, obviamente puedes tener tus razones y tu propio método para sentirte mejor y que ese método no pase por ir a terapia, pero piensa que el hecho de haber dado el paso de ponerse en manos de un profesional ya dice algo muy positivo (nunca negativo) de quien lo ha dado.

Además, ir a terapia no es solo para quien se siente mal, sino que también es para que aquellas personas que se sienten bien sigan sintiéndose bien o incluso mejor todavía y puedan profundizar un poco más en su experiencia vital. Piensa, por ejemplo, en todo el ámbito de la psicología positiva, del que ya hemos hablado en este blog: tan importante como solucionar los problemas y paliar nuestras carencias es fortalecer nuestros recursos y hacer que nuestras zonas de luz brillen todavía más.

Por último, piensa que ir a terapia cuesta un esfuerzo: tiempo, dinero, apertura de mente, flexibilidad, destape, constancia… Sí, nadie dijo que crecer, mejorar o cambiar fuera fácil o inmediato ni que fuera gratuito o automático. Pero, a no ser que tu situación sea completamente extrema, es importante que te tomes ese esfuerzo como una inversión en tu bienestar. No vas a tener que hacerlo de por vida, el esfuerzo no es eterno, por eso precisamente puede merecer la pena.

Los psicólogos escuchamos siempre con satisfacción cómo, durante la terapia y al finalizar esta, muchos de nuestros pacientes afirman con rotundidad que el tiempo y el dinero que han invertido en ello lo dan por bien empleado y lo volverían a hacer porque, de no haberlo hecho, estarían mucho más atrás en su camino.

Escuchar eso es muy emocionante para nosotros a nivel personal y profesional, es el momento en el que pensamos “Misión cumplida”. Por eso no nos cansamos de decirles a futuros pacientes nuestros o ajenos: tú puedes ser esa persona que diga “pagaría una y mil veces el dinero que me costó la terapia, el tiempo que me costó la terapia, las lágrimas, la timidez, los trayectos interiores y exteriores que me costó la terapia”.

No lo pienses tanto: al final es pedir una cita y permitirse el experimento, recuerda que puede merecerte mucho la pena y que, en el caso de que no te la merezca, seguro que no has perdido demasiado por probar.

Ahora volvamos a ti, a tu caso particular. Puede que te estés planteando pedir hora en el psicólogo, que ya te hayan recomendado alguno o que estés buscando el más apropiado para ti. Quizá ya tienes programada la primera cita o hace poco que la has tenido. A continuación te damos un par de consejos que debes tener en cuenta para iniciar con buen pie tu proceso terapéutico. Seguramente tu psicólogo ya estará pendiente de ello cuando llegue el momento, pero será muy positivo que tú lo tengas en cuenta incluso antes de empezar y que, una vez que os conozcáis, le pidas que te ayude con ello si no lo tienes muy claro:

Escucha a tu cuerpo, tu mente, tus emociones y tu conducta. Son cuatro voces diferentes contándote cosas a la vez, como un canto polifónico que debe estar suficientemente afinado. ¿De dónde viene tu deseo de iniciar un proceso de desarrollo personal, de autoconocimiento, de entrenamiento a diferentes niveles? Se trata de una labor de autoobservación y escucha, de poner atención en las cuatro dimensiones de tu experiencia y no solo en una de ellas. Ten en cuenta que algunas personas se centran mucho en sus pensamientos, otras se sienten increíblemente atrapadas en sus emociones, otras van actuando sin ton ni son o se entregan a todo lo que les pide el cuerpo sin ser conscientes de nada más. Su canto polifónico chirría un poco (que no cunda el pánico: nos pasa a todos, ningún instrumento está permanentemente afinado).

Por eso, tener un contacto apropiado con esas cuatro voces es imprescindible para poder conocernos y profundizar en lo que ocurre en nosotros, en nuestra vida: saber un poco más y mejor quiénes somos. No te preocupes si hacer esto te resulta difícil, tu psicólogo puede ayudarte a hacerlo una vez iniciada la terapia, no tienes que ser un experto afinador antes de pedir la primera cita. Eso sí, una vez que nos hemos escuchado y observado atentamente será más fácil pasar al siguiente punto.

Delimita bien tus objetivos. ¿Qué metas te planteas en tu terapia, qué temas te gustaría explorar junto a tu psicólogo, qué cambios te gustaría hacer en ti, en tu vida? A veces tu necesidad de encontrarte bien puede ser muy urgente o muy difusa. Muchas personas no tienen claro qué buscan ni qué necesitan, solo quieren que su dolor desaparezca o bien expresan sus objetivos en términos de “quiero ser feliz”, “quiero ser más yo”, “quiero tener una buena vida” o “necesito aprender a disfrutar y estar a gusto”. Todas ellas son metas legítimas pero son poco concretas y, a menudo, pueden resultar demasiado ambiciosas si el punto de partida en cuanto al bienestar de la persona que los expresa es muy precario.

Por eso, es importante que, cuando seas consciente de tus necesidades y de lo que te ocurre, te plantees unos objetivos terapéuticos suficientemente concretos y, sobre todo, realistas. El camino del desarrollo personal no finaliza nunca pero se recorre paso a paso, no hay lugar en él para los atajos. Piensa que los milagros (las soluciones rápidas, fáciles y duraderas para una dificultad amasada durante largo tiempo) son más propios de otros ámbitos, no tanto de la consulta de un psicólogo.

Por otro lado, es importante que, ya que vas a hacer el esfuerzo de iniciar una terapia, tus objetivos estén dirigidos a las verdaderas dificultades que te estás encontrando en tu día a día. Conviene tener esto en cuenta para ser eficientes y enfocar el proceso lo mejor posible, sobre todo cuando tienes muchos frentes en los que te gustaría que tu psicólogo te ayudara.

Por ejemplo, quizá tienes fobia a los gansos o a las palas de los molinos pero, a no ser que vivas en una granja avícola o en mitad de la campiña holandesa, probablemente no sea urgente que focalices tus energías en solucionar eso y puedas emplearlas en sanar otras cosas. Es importante que tus objetivos se refieran a temas importantes para ti y cuyos avances se van a ver reflejados en tu vida actual.

No importa si esos temas están candentes ahora o se refieren, en cambio, a heridas antiguas en el tiempo pero que te generan un auténtico malestar en tu vida cotidiana (como decimos los psicólogos, a asuntos “arcaicos”, cronológicamente muy antiguos en nuestra historia, pero vigentes). Lo importante es que sean temas relevantes para ti. Además, piensa que, aunque ya llevéis un tiempo viéndoos, a lo largo del camino pueden surgir nuevas metas, nuevos temas que necesitan ser abordados.

Otras personas que ya están en terapia dudan sobre la necesidad de continuar profundizando en su proceso, porque ya están bien o han tocado techo en el camino recorrido junto a su terapeuta. Es cierto que los procesos no pueden ser eternos y que de vez en cuando se llega a límites en el camino, techos, paredes que -por el momento- parecen infranqueables o que marcan un punto de descanso. En esos casos está bien hacer una pausa, que el paciente se permita a sí mismo volar solo -y que su terapeuta se lo permita- para poder poner en práctica todo lo aprendido durante la terapia.

Ese camino puede quedarse ahí definitivamente o retomarse más adelante, cuando se tenga tolerancia y capacidad para hacer nuevos insights, nuevas tomas de conciencia. No hace falta saturarse como paciente ni debemos como terapeutas saturar y bombardear a nuestros pacientes con multitud de metas y niveles de mejora posibles para ellos: eso no es terapia, es narcisismo nuestro y aparece cuando olvidamos que la terapia no es un maratón, es un camino lento y muy particular para cada persona.

Por otro lado, aunque se llegue a una pared o techo aparentes, los procesos terapéuticos pueden entrar también en una fase de mantenimiento donde, en lugar de poner un punto y final, las sesiones se espacian pero no se interrumpen del todo. De esta manera, permitimos que la vinculación se conserve pero facilitamos espacio para ese vuelo en solitario. No es un vuelo en libertad, dado que la libertad para volar, para ser quien se es, debe haber estado presente desde la primera sesión, la de acogida. Se trata, simplemente, de un vuelo más autónomo. Es importante que el psicólogo determine la necesidad de hacerlo, lo explique adecuadamente a su paciente y negocie mano a mano con él la manera de llevar a cabo esta fase.

En cualquier caso, no te dejes abrumar por tus dudas sobre si necesitas ir a terapia o si necesitas continuar la que ya tienes en marcha. Ya hemos dicho que no tienes por que tenerlo todo claro en todo momento, ayudarte a tomar una decisión al respecto también forma parte de nuestro trabajo como psicólogos. Consúltanos, infórmate y, sobre todo, pruébate. Recuerda que es muy raro que el esfuerzo que supone ir a terapia no te merezca la pena. ¡Te esperamos!

 

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más


Si te encuentras en peligro o en una situación de emergencia, no recurras a esta web.

Llama al 112 para ayuda inmediata.