Tengo una enfermedad grave: ¿son normales mis reacciones?

Por Laura Alonso González
Publicado 18 de junio de 2018

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En ocasiones la enfermedad aparece sin avisar. Cuando menos lo esperamos, nos encontramos frente a un médico que nos está explicando que nuestro bienestar, nuestra integridad, quizá incluso nuestra vida, están en tela de juicio. A partir de este momento, nuestra mente debe adaptarse a que nuestra vida va a desarrollarse de forma diferente a la que esperábamos. Quizá ya no podremos practicar nuestro deporte favorito, tendremos problemas para volver a trabajar, o suframos un cambio físico significativo cuando no un serio deterioro.

Cuando nos enfrentamos a un cambio vital de esta magnitud, el duelo nos permite procesar las emociones de manera adaptativa. De la misma forma que pasamos por un proceso de duelo cuando perdemos a un ser querido cuando muere o bien porque rompemos la relación con esa persona, cuando nos diagnostican una enfermedad crónica, sobre todo si es grave, debemos asimilar que hemos perdido algo muy importante para nosotros: la salud.

El proceso de duelo ha sido un tema ampliamente estudiado por múltiples autores, siendo la  psiquiatra y escritora suiza Elisabeth Kübler-Ross una de las pioneras. Kübler-Ross dedicó la mayor parte de su carrera a trabajar en cuidados paliativos con pacientes terminales aun cuando este área de la medicina era incipiente e, incluso, denostada por el conjunto de la profesión médica. Gracias a su extensa experiencia en esta materia, Kübler-Ross desarrolló su famoso modelo de las cinco fases del duelo. Según esta teoría, cuando nos enfrentamos al diagnóstico de una enfermedad crónica, nuestra mente va atravesando distintos estados hasta que, finalmente, aceptamos nuestra nueva realidad.

Es necesario destacar que puede que no todos pasemos por estas fases o puede que pasemos por ellas pero no en el mismo orden. Al fin y al cabo, el duelo es un proceso complejo y muy peculiar para cada persona, por lo que siempre es necesario emplear para estudiarlo marcos teóricos que admitan cierta flexibilidad.

En un primer momento, probablemente nos neguemos a nosotros mismos que estamos enfermos. Esta negación es una forma de protegernos ante una situación nueva y crítica que nos ha sobrevenido, ya que la pérdida significativa de salud es algo muy difícil de afrontar, por lo que implica a corto plazo pero también por la amenaza que supone a nuestra perspectiva vital. Durante este primer periodo es frecuente creer que los resultados médicos son erróneos, ignorar los síntomas y pensar que esto no puede ser verdad que esto no esté ocurriendo.

La negación termina cuando la enfermedad se hace evidente para nosotros. Entonces, la ira y el enfado cobran protagonismo. Durante esta fase no entendemos por qué nos está pasando esto a nosotros, nos parece injusto estar enfermos, intentamos buscar explicaciones y, en ocasiones, nos culpamos a nosotros mismos o sentimos ira ante las personas que gozan de buena salud. Es muy probable que nos encontremos a nosotros mismos pensando cosas como:  “¡Es injusto!”, “¿Por qué me está pasando esto a mí?”, “Si no hubiera hecho… no habría enfermado”. Si esta es tu situación actual es muy importante que puedas expresar libremente toda esta ira ya que esto te ayudará a “sanar” la herida.

Durante la fase de negociación, es muy probable que intentemos establecer un “trato” con  Dios o con un poder superior o divino mediante el cual podamos cambiar la realidad y que la enfermedad desaparezca: “Prometo cuidarme a partir de ahora”, “prometo ir a la iglesia si vuelvo a estar sano”. La negociación suele ser muy agotadora para la persona, ya que lo que imaginamos contrasta bruscamente con los síntomas que produce la enfermedad y, por ello, esta fase suele ser de corta duración.

Una vez comprobamos que la negociación no puede cambiar nuestro estado de salud, comienza la etapa de depresión, en la que el vacío y el dolor nos invaden, indicándonos que hemos empezado a abrirnos a la realidad de nuestro estado actual. Es muy común que nos sintamos perdidos, agotados y profundamente tristes durante esta fase, en la que la presencia de la enfermedad empieza a aceptarse y hemos de acostumbrarnos a la vida con ella. Esto hace que pensemos cosas como “la vida ya no tiene sentido”, “¿qué va a ser de mí?” y veamos nuestro futuro sin esperanza. Sin embargo, este periodo es necesario para asimilar lo que ha pasado y poder afrontar la enfermedad. Será un período pasajero y en ningún caso este abatimiento debe confundirse con la depresión como trastorno mental.

La última etapa de este proceso supone la aceptación de la enfermedad. Nos permite aprender a vivir con ella de la manera más práctica para nosotros y aprendemos que, aunque siempre vaya a acompañarnos, podemos recuperar nuestra rutina de forma gradual. En este momento ya entendemos nuestra enfermedad y tenemos un conocimiento profundo de cómo limita nuestra vida; además sabemos cómo sobrellevar estos límites de la manera más adaptativa para que su impacto sea el menor posible.

Es necesario que sepamos que no hay un límite de tiempo estipulado para cada etapa, sino que esto variará dependiendo de nuestra personalidad, experiencias previas y recursos de afrontamiento. Piensa también que no todo el mundo logra una aceptación completa de su diagnóstico de enfermedad grave y que también pueden darse idas y venidas entre fase y fase: un día podemos sentir que estamos tocando la aceptación y, tiempo después, volver a sentir una profunda tristeza o enfadarnos un rato con la situación, por ejemplo.

Sin embargo, si actualmente estás intentando asimilar un grave problema de salud te recomendamos que busques ayuda de un profesional en el que puedas apoyarte durante este proceso. Esto puede ayudarte mucho a la hora de aprender a entender tu nueva realidad y puede suponer un antes y un después en tu vivencia de esta pérdida.

 


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