Sumisión, agresión o asertividad: ¿con qué estilo te identificas?

Compártenos en tus redes:

La asertividad es una de las habilidades sociales más importantes para tener una autoestima sana y saber relacionarse con otras personas de igual a igual. Bajo la premisa “me respeto, te respeto”, la asertividad comprende un conjunto de conductas y pensamientos que nos llevan a defender nuestros derechos respetando, al mismo tiempo, los de los demás.

Sin embargo, ser capaces de expresar nuestros deseos y opiniones, defender nuestros derechos y tomar las riendas de nuestra propia vida son cuestiones muy deseables para cualquiera, pero que hay que trabajar todos los días, porque, la asertividad, es como practicar un deporte, cuando dejas de hacerlo, pierdes la forma.

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más

No es fácil ser asertivo, todos tenemos situaciones en nuestra vida diaria, en nuestro trabajo, que nos hacen sentir inseguros. Todos conocemos personas con las que no somos capaces de relacionarnos correctamente y nos sentimos mal, “cortados”, retraídos” o en el otro extremo: intolerantes, violentos.

¿Qué producen estas situaciones o personas en nosotros? ¿Por qué hay situaciones que controlamos y otras que no? Aunque las vemos venir o nos pasan con alguna frecuencia, se nos escapan de las manos y nos sentimos enfadados, no valorados, desatendidos. Excusamos nuestro estado de ánimo culpando al otro, a la situación, al momento, pero, en el fondo, sentimos que no se nos considera como nos gustaría o que no somos capaces de mostrarnos tal y como somos y, por consiguiente… ¡no nos sentimos respetados!

Y en el otro lado, ¿por qué hay personas a las que, aparentemente, les resulta tan fácil tener una respuesta adecuada, «quedar bien» y salir dignos de esas situaciones y personas para las que eso mismo significa un mundo? ¿Qué ocurre o ha ocurrido en la vida de unos y otros?

A todos nos pasan estas cosas en mayor o menor medida: todos somos «tímidos» en algunas situaciones y agresivos en otras.  Por muy resueltos que creamos ser, de pronto, nos encontramos con una situación que «se nos hace grande», que nos produce angustia y ante la que reaccionamos de forma sumisa o agresiva.

Hay personas que lo ven como un problema general, que afecta a muchas facetas de su vida (personas con fobia social o pánico ante las interacciones), otros lo notan solo en momentos puntuales. De la angustia que ello produzca depende tal vez el que una persona acuda a una consulta psicológica o no, pero todos nos podríamos considerar «pacientes potenciales» porque siempre hay un área de nuestra vida con la que no podemos enfrentarnos.

¿De qué depende, pues, que unas situaciones las controlemos y otras no, que con unas personas interactuemos y con otras no? El que una interacción nos resulte satisfactoria depende de que nos sintamos valorados y respetados y esto, a su vez, no depende tanto del otro, sino de que poseamos una serie de habilidades para responder correctamente y una serie de convicciones o esquemas mentales que nos hagan sentirnos bien con nosotros mismos.

Las personas que tienen la suerte de poseer estas habilidades son las llamadas personas asertivas. Las personas que presentan algún problema en su forma de relacionarse, tienen una falta de asertividad. Esto último se puede entender de dos formas: poco asertivas son las personas consideradas tímidas, prestas a sentirse pisadas y no respetadas, pero también lo son los que se sitúan en el polo opuesto: la persona agresiva, que pisa a los demás y no tiene en cuenta las necesidades del otro. Ambas tienen problemas de relación y ambas son consideradas carentes de asertividad, aunque el tratamiento tenga que ser forzosamente diferente en cada caso.

Con todo lo dicho hasta ahora ya tenemos una idea bastante aproximada del concepto de asertividad y de su importancia como parte esencial de las habilidades sociales.

Además, la asertividad es un importante componente de nuestra salud mental, pues las personas poco asertivas experimentan sentimientos de aislamiento, autoestima frágil, depresión, temor y ansiedad en las situaciones interpersonales. También suelen sentirse rechazadas o utilizadas por los demás.  

Por otro lado, diversas investigaciones muestran que quienes han participado activamente en programas de entrenamiento en asertividad suelen mostrar un aumento de su autoestima y autoeficacia; actitudes más positivas hacia quienes les rodean; menor ansiedad en situaciones sociales y mayor habilidad para comunicarse y relacionarse con los demás.

De lo dicho hasta ahora se desprende que la asertividad es, en palabras de la profesora Elia Roca: “Una habilidad mediante la que somos capaces de autoafirmarnos y defender nuestros derechos personales, incluyendo la expresión de nuestros sentimientos, preferencias, necesidades y opiniones, en forma adecuada; respetando, al mismo tiempo, los de los demás”.

Dentro de este concepto habría que incluir tres áreas principales:

 

  • La autoafirmacion, que consiste en defender nuestros legítimos derechos, hacer peticiones y expresar opiniones personales.

 

  • La expresión de sentimientos positivos, como hacer o recibir elogios y expresar agrado o afecto.

 

  • La expresión de sentimientos negativos, como manifestar disconformidad o desagrado, en forma adecuada, cuando está justificado hacerlo.

 

Cada una de estas áreas conlleva estar alerta y entrenar dichas situaciones porque nuestro cerebro crea patrones que luego se convierten en elecciones de conducta.

Ahora bien, como toda habilidad, la asertividad no es un término dicotómico (todo/nada): las conductas pueden resultar más o menos asertivas, es decir, pueden conseguir en mayor o menor medida los objetivos señalados anteriormente.

Por tanto, una persona puede mostrarse más asertiva en determinadas situaciones y menos en otras. Este sería el caso de alguien que cuando expresa una opinión contraria o se muestra en desacuerdo ante su pareja, suele hacerlo de forma asertiva. En cambio, ante su jefe suele inhibirse o se siente incómodo o provoca conflictos cuando lo hace.

Por otro lado, todas las habilidades pueden aprenderse con mayor o menor dificultad y, en este sentido, la asertividad no es diferente. Así que una persona que suele ser poco asertiva en su interacción con otras personas puede llegar a serlo más mediante el entrenamiento correspondiente.

Cabe también preguntarse por las características de una persona asertiva, es decir, cómo es su comportamiento, cuál su forma de pensar y de qué forma expresa sus emociones. He aquí algunas de estas características:

 

  • Se conoce a sí misma y suele ser consciente de lo que siente y de lo que desea en cada momento.
  • Se acepta incondicionalmente, sin que ello dependa de sus logros ni de la aceptación de los demás. Por eso, cuando gana o pierde, cuando obtiene un éxito o cuando no consigue sus objetivos, conserva siempre su propio respeto y dignidad.
  • Se mantiene fiel a sí misma en cualquier circunstancia y se siente responsable de su vida y de sus emociones.
  • Sabe comprender y manejar adecuadamente sus sentimientos y los de los demás.
  • Se respeta y valora a sí misma y a los demás. Así, es capaz de expresar y defender sus derechos, respetando al mismo tiempo los derechos de los demás.
  • Su forma de comunicarse con los demás es abierta, directa, franca y adecuada.
  • Elige, en lo posible, a las personas que le rodean y, en forma amable pero firme, determina quiénes son sus amigos y quiénes no.
  • Suele expresar adecuadamente sus opiniones, deseos y sentimientos, en vez de esperar a que los otros los adivinen.

Hemos expuesto, hasta aquí, el concepto de asertividad y las características que distinguen a las personas asertivas. Con la idea de ir profundizando en esta habilidad es necesario que nos plateemos a continuación cuáles son los beneficios personales con la práctica, teniendo como punto de partida que todo ser humano tiene derecho a ser quien es y a expresar lo que piensa y siente. De este modo, la asertividad:

  • Facilita la comunicación y minimiza la posibilidad de que los demás malinterpreten nuestros mensajes.
  • Ayuda a mantener relaciones interpersonales más satisfactorias.
  • Aumenta las posibilidades de conseguir lo que deseamos
  • Incrementa las satisfacciones y reduce las molestias y conflictos producidos por la convivencia.
  • Favorece la autoestima sana.
  • Fomenta emociones positivas en uno mismo y en los demás.

 

Otra forma de comprender mejor qué es la asertividad es  compararla con dos formas de conducta no asertiva: sumisión/inhibición y agresividad.

Por supuesto, como decíamos anteriormente, nadie es puramente agresivo, ni sumiso, ni siquiera asertivo. Las personas tenemos tendencias hacia alguna de estas conductas, más o menos acentuadas, pero no existen los «tipos puros». Por lo mismo, podernos exhibir algunas de las conductas descritas en ciertas situaciones que nos causan dificultades, mientras que en otras podemos reaccionar de forma completamente diferente. Depende de la situación de cada uno y de la importancia que tenga esta para la persona.

Cuando hablamos de «conducta» no nos referimos solamente a «comportamiento externo». Denominanos conducta a todo el conjunto de comportamientos, emociones, pensamientos, etc. que posee una persona en las situaciones a las que se enfrenta.

Así, para delimitar las características que presenta cada estilo de conducta, (sumiso, agresivo, asertivo) describiremos cómo funcionan en estos tres patrones en relación con el comportamiento externo; los patrones de pensamiento; sentimientos y emociones y, por último las consecuencias, de cada uno de estos estilos.

Una persona es agresiva cuando mantiene sus derechos a costa de los demás, ignora las necesidades, deseos, opiniones, sentimientos y creencias de los otros.

Una conducta agresiva en el estilo, el tono y el contenido del mensaje permite una descarga emocional más o menos intensa que puede resultar satisfactoria en un primer momento. Puede conseguir el objetivo que uno se propone al provocar en el otro una conducta de sumisión (¡o no!). Sin embargo, el precio que se paga por ello puede ser alto.

En realidad, a nadie le gusta ser objeto de una agresión y ello podría dañar seriamente, a veces letalmente, la relación. En el caso en el que no exista una rebelión por parte de la persona objeto de la agresión es bastante probable que esta no se atreva a expresarse libremente por temor a ser agredida nuevamente. Por eso, a medio-largo plazo, la conducta agresiva provocará una falta de confianza mutua que acabará por erosionar la relación.

 

La persona agresiva

Las personas agresivas suelen utilizar un volumen de voz elevado; un contacto ocular retador; estar siempre en tensión y suelen invadir frecuentemente el espacio del otro. No suelen empatizar y, por lo tanto, les importa poco lo piensen o sientan los demás; piensan que si no se comportan de esta forma son vulnerables; lo sitúan todo en términos de ganar-perder.

Esta forma de relacionarse les crea una ansiedad constante, una sensación de soledad, de incomprensión, de frustración. Las consecuencias de estos patrones de conducta son el rechazo y la huida por parte de los demás y la creación de un «círculo vicioso» por forzar a los demás a ser cada vez más hostiles y así aumentar ellos cada vez más su agresividad.

No todas las personas agresivas lo son realmente en su interior: la conducta agresiva y desafiante es muchas veces una defensa por sentirse excesivamente vulnerables ante los «ataques» de los demás o bien es una falta de habilidad para afrontar situaciones tensas. Otras veces sí que responde a un patrón de pensamiento rígido o unas convicciones muy radicales (dividir el mundo en buenos y malos).

La persona sumisa

Una persona es sumisa o inhibida cuando no defiende los derechos e intereses personales. Respeta a los demás, pero no se respeta a sí mismo. Permite que los demás le pisen y hace lo que le piden sin tener en cuenta sus sentimientos o pensamientos.

Las opiniones y deseos de los demás prevalecen sobre los propios ya que se opta por no manifestarlos. Las consecuencias que tiene esta opción es la sumisión ante los deseos del otro y el sentimiento de frustración al no poder lograr los propios objetivos.

De otro lado, impide que se avance en el grado de confianza de una relación al no darse a conocer. Inhibir sistemáticamente las opiniones, los deseos, las intenciones y la postura personal puede evitar problemas con los demás, pero acaba convirtiendo a quien se comporta así en un completo desconocido. En última instancia, la inhibición refuerza el temor desmesurado a no ser aceptado por los demás y a no creer en los derechos asertivos que todos tenemos. Entonces aparecen sentimientos de indefensión y la creencia de que «haga lo que haga, no cambiaré las cosas». 

Estas personas suelen utilizar un volumen de voz bajo, huyen del contacto ocular  y se sienten inseguros para saber qué hacer y decir.

Son personas «sacrificadas» que consideran que así evitan molestar u ofender a los demás. Creen que lo que sienten o piensan no importa. Suelen tener una creencia irracional sobre la importancia de ser querido y apreciado por todo el mundo. Las consecuencias de adoptar esta conducta son la pérdida de autoestima, pérdida del aprecio de los demás y la falta de respeto de los demás.

 

La persona asertiva

Finalmente, las personas asertivas se esfuerzan por defender sus intereses, expresar sus opiniones libremente y no permiten que se aprovechen de ellas. Al mismo tiempo, son consideradas con la forma de pensar y sentir de los demás.

Un estilo asertivo de conducta permite comunicar tranquila y eficazmente cuál es nuestra postura y ofrece información sobre cómo nos gustaría que el interlocutor actuase en un futuro. Permite darse a conocer y perseguir los propios objetivos respetando los derechos de los demás.

Evidentemente, la asertividad no asegura la obtención de todo aquello que uno desearía de los otros, pero al menos sí permite que ellos conozcan de qué se trata. La persona que practica una conducta asertiva se percibe como auto eficaz al sentirse capaz de hacer aquello que cree y desea hacer. Por todo ello, un estilo asertivo permite conservar una relación de confianza con los otros y, por otro lado, está relacionado con una buena autoestima.

La persona asertiva cree en unos derechos para sí y para los demás y no se sienten inferior ni superior a nadie.

Por último, existen unos derechos asertivos que todas las personas deberíamos, por un lado, conocer y ayudar a que se cumplan:

 

  1. Ser tratado con respeto y dignidad.
  2. Tener y expresar los propios sentimientos y opiniones.
  3. Ser escuchado y tomado en serio.
  4. Juzgar mis necesidades, establecer mis prioridades y tomar mis propias decisiones.
  5. Decir «NO» sin sentir culpa.
  6. Pedir lo que quiero, dándome cuenta de que también mi interlocutor tiene derecho a decir «no».
  7. Cambiar.
  8. Cometer errores.
  9. Pedir información y ser informado.
  10. Obtener aquello por lo que pagué.
  11. Derecho a decidir no ser asertivo.
  12. Ser independiente.
  13. Decidir qué hacer con mis propiedades, cuerpo, tiempo, etc., mientras no se violen los derechos de otras personas.
  14. Tener éxito.
  15. Gozar y disfrutar.
  16. Tener mi descanso o aislamiento siendo asertivo.
  17. Superarme, aun superando a los demás.

Descubre cómo la terapia puede ayudarte a mejorar tu bienestar emocional

Saber más


Si te encuentras en peligro o en una situación de emergencia, no recurras a esta web.

Llama al 112 para ayuda inmediata.