Sentir vergüenza ajena

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La vergüenza ajena es una etiqueta coloquial que se usa para denotar una emoción, de la familia de la vergüenza, pero con algunas peculiaridades. Se trata de la sensación de incomodidad, inadecuación, pudor, rechazo y desaprobación que sentimos en nuestra propia piel ante un acto de otra persona que consideramos risible, deplorable o patético.

Es decir, alguien hace algo vergonzante e, independientemente de cómo se sienta al respecto esa persona, nosotros sentimos “la misma vergüenza” que si fuéramos nosotros quienes lo estamos haciendo y alguien nos afeara esa conducta. Básicamente es lo que experimentamos cuando vemos que otra persona hace el ridículo delante de nosotros y nos sentimos incómodos por ello.

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En general cualquier persona puede llegar a sentir esta emoción pero lo hará en mayor medida, o con mayor frecuencia, cuanto más bajo tenga su umbral particular de lo que es vergonzante o no. Es decir, cuantas más cosas haya en el mundo que considere que pueden ser patéticas o vergonzantes. Por el contrario, cuanto más liberal y compasiva sea una persona, menos experimentará vergüenza ajena.

Una emoción útil

Los seres humanos somos seres relacionales, nos construimos y vivimos en relación con otros, en comunicación con otros, en una permanente interacción con los demás. Todos somos influencia para otras personas, actuamos como modelos o referentes, tanto de lo bueno como de lo malo. Además, nuestro sistema para aprender -por ejemplo para aprender lo que se debe hacer o no en sociedad– no se alimenta solo de lo que otros nos indican que debemos hacer nosotros, sino también de lo que vemos que otros hacen y lo que vemos que a otros les pasa cuando hacen ciertas cosas.

La vergüenza ajena es la incomodidad que sentimos cuando alguien hace algo patético o inadecuado

Aunque a veces no quede bien admitirlo, en realidad para la vida en sociedad es imprescindible que juzguemos la conducta de los demás. Necesitamos analizarla y extraer una conclusión sobre si es adecuada o no, si es reprochable o no, incluso si es ridícula o no. Si no tuviéramos esta capacidad, no podríamos indignarnos frente a lo que consideramos injusto, o no pondríamos ninguna contención a la conducta pública de los demás ni a la nuestra. La convivencia en ese caso resultaría ingobernable.

Es evidente que lo que es vergonzante o no (lo que consideramos ridículo, patético o reprochable) es relativo: la vergüenza no es una emoción “básica” sino muy cultural, muy aprendida y aparece precisamente con esa función de contención de ciertas conductas. Eso varía de persona a persona, de cultura a cultura, según los criterios de lo que es aceptable y no, que obviamente van cambiando, no son absolutos.

Por otro lado, cabe pensar que el hecho de sentir vergüenza ajena en ciertas situaciones tiene una función protectora de lo que en psicología llamamos nuestro self, nuestro ego, es decir, de nuestra identidad: si soy capaz de detectar en otros conductas patéticas, juzgarlas como tal y sentir incomodidad, entonces quiere decir que yo no soy como ellos, que yo no lo haría, que yo soy capaz de distinguir lo que está bien de lo que está mal y que, por tanto, yo soy más digno o decente en ese sentido.

La llamada vergüenza ajena no es la única emoción que en ocasiones tiene esta función “protectora”, en el sentido de proporcionarnos una imagen positiva de nosotros mismos. La culpa también la puede llegar a tener: si no me siento culpable por haber hecho algo malo… ¿qué clase de persona soy? Por el contrario, si me siento culpable entonces eso quiere decir que, aunque me he equivocado, soy una buena persona, tengo un suficiente sentido de la moralidad.

Para sentir vergüenza ajena no es necesario presenciar físicamente la escena en cuestión, ni que esta sea real. La vergüenza ajena es una emoción que, como todas las demás, podemos sentir viendo una película o un reportaje por televisión.

Lo normal es que la vida real (analógica) genere en nosotros emociones más potentes que lo que podemos ver a través de una pantalla. Por ejemplo: ver un cadáver en directo no tiene nada que ver con ver un cadáver en un telediario, aunque la imagen sea “la misma” y dure el mismo tiempo. No obstante, somos perfectamente capaces de sentirnos incómodos ante algo que vemos en una película, sentir aversión ante una conducta inadecuada o patética, desear que se acabe o sentir que está mal y que la persona se está degradando haciendo eso.

Lo contrario de la empatía

La vergüenza ajena no debe confundirse con la empatía. Tiene en común con esta el hecho de que ambas se activan a partir de lo que le ocurre a otra persona, de modo que sentimos en nuestra propia piel las emociones que otros están sintiendo o deberían sentir.

Como siempre, es importante hablar con rigor: la vergüenza (ajena y propia) es una emoción que, como sucede con el resto de emociones, no tiene por qué llevar aparejada necesariamente ninguna expresión verbal o no verbal o ninguna conducta: podemos experimentarla privadamente sin que nadie se entere y sin hacer nada al respecto.

Tampoco hay que asimilar la vergüenza ajena a una burla. La vergüenza es una emoción relacionada con la incomodidad y desaprobación hacia una conducta presuntamente risible o patética de otra persona y, como hemos dicho, puede vivirse privadamente. La burla es una conducta, algo externo y perceptible, algo que hacemos, no algo que sentimos: me burlo de alguien cuando verbalmente o con mis gestos humillo a esa persona. Es decir, la burla normalmente implica algún grado de vergüenza ajena mientras que no siempre que sentimos vergüenza ajena vamos a burlarnos de alguien.

La vergüenza ajena no siempre va acompañada de una burla: podemos sentirla privadamente y sin que nadie se entere

Por su parte, la empatía no es ni un sentimiento ni una emoción, sino algo más complejo: consiste en detectar lo que el otro necesita, principalmente a nivel relacional y, además, responder a ello en la medida de nuestras posibilidades. Es decir, la empatía implica necesariamente un movimiento, un gesto, una conducta, unas palabras como respuesta a eso que hemos detectado en la persona. No se trata solo de ponerme en tu piel y darme cuenta de lo que te ocurre: eso es ser intuitivo, no empático. La empatía es que actúo en consecuencia a partir de lo que detecto que tú necesitas.

La vergüenza ajena, por definición, implica juzgar y desaprobar la conducta de una persona. Por el contrario, la empatía implica responder a una necesidad relacional de otro, reparando esa laguna en alguna medida. En este sentido, no tienen nada que ver entre sí: sentir vergüenza ajena hacia alguien nos aleja de esa persona, mientras que la empatía nos acerca a ella y potencia que haya una buena relación entre ambos.

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