Psicosomática: el cuerpo habla

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¿Qué mensajes nos envía nuestro cuerpo? Es viernes por la noche y se anuncia en cartelera la última película de nuestro actor favorito, las emociones están aseguradas. No hemos llegado al a mitad de la película y ya hemos dado un par de brincos por algún susto, el corazón se nos ha acelerado e, incluso, en la escena más violenta hemos comenzado a sudar.

Seguramente esta situación no te resulte extraña: el cuerpo reacciona ante determinados estímulos. No hemos hecho sentadillas, ni nos hemos puesto a correr, ni a subir escaleras, pero nuestro corazón se ha acelerado. Tampoco hace calor como para que nuestro cuerpo sude, pero así lo hace. Estos sencillos ejemplos ponen de manifiesto algo muy importante: determinados procesos mentales activan determinados procesos físicos. Este es, precisamente, el concepto clave cuando hablamos de psicosomática: el proceso mediante el cual la mente genera o mantiene determinadas enfermedades físicas.

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Fue Descartes quien estableció en el siglo XVII una división entre lo físico y lo mental, el llamado dualismo cartesiano, que postula que mente y cuerpo son entidades diferentes que funcionan de manera paralela, pero sin interactuar. A partir de entonces todo el conocimiento médico se asentó desde esta perspectiva, que dejaba lo psíquico completamente de lado todo al examinar la causa de muchos males corporales.

De este modo, el dolor muscular que sientes en el cuello tendría que ver con malas posturas o un mal movimiento, pero nunca con el fallecimiento de tu padre hace dos meses aunque, casualmente, ese dolor comenzó entonces…

Es sufrimiento del cuerpo es real

Cuando comenzamos a hablar sobre un dolor psicosomático, es decir, cuyo origen es cognitivo o emocional, es fácil caer en la tentación de suponer que, dado que el principio de todo es mental, el dolor físico no es real sino una invención o exageración por parte de quien lo vive o, lo que es peor, como si por no ser por una causa física fuera más sencillo de erradicar.

“Eso que te pasa en el cuello es por la tensión, tienes que aprender a relajarte”, abracadabra y el dolor se va. Generoso el mago que te bendiga con esas sanadoras palabras, que tan solo por ser pronunciadas relajan cuellos, eliminan urticarias y reducen úlceras al instante.

Pero no, no es tan sencillo. Que el origen sea emocional no facilita nada sino que puede, incluso, complicar más el asunto. Sin embargo, nos aclara y nos da una dirección por la que ir. Acercarnos desde la empatía en lugar de ir con la varita mágica será más útil para ayudar a la persona que está sufriendo. De igual manera, si somos nosotros mismos los que padecemos algún mal psicosomático, de nada servirá que nos machaquemos o culpemos por ello, tan solo habremos de escuchar el mensaje que nuestro cuerpo nos intenta hacer llegar para poder poner soluciones eficientes.

 

Un sinfín de posibilidades

En la larga lista de posibles dolencias que se generan gracias al cerebro, ese órgano situado al final de nuestra médula espinal, destacan los dolores de garganta, el acné, el síndrome del colon irritable, la alopecia, las úlceras, urticarias, problemas digestivos, cardiopatías y afecciones al sistema inmunológico.

Un extenso catálogo que nos puede tocar a cualquiera, pero que suele tener siempre cierta coherencia, es decir, todos somos más vulnerables a un determinado tipo de dolencia. Cuando en psicología hablamos de órgano diana nos referimos a aquel donde nuestros males emocionales suelen descargarse.

Por ejemplo, cuando Clara tuvo una época de gran tensión en su trabajo comenzó a enfermar regularmente, no terminaba de recuperarse de una gripe y entraba en otra. Por su parte, Pedro, que también formaba equipo en el mismo departamento que Clara, notó que cada vez iba perdiendo más y más pelo y le empezaron a salir molestas erupciones en la piel.

Ambos tienen una situación de gran estrés, para ella el sistema inmune es su órgano diana, para Pedro serían la piel y el pelo.

Dentro del supermercado de todos los trastornos emocionales que nos pueden afectar, es probable que la ansiedad y la depresión sean los dos principales problemas que se hacen notar en nuestro cuerpo. Entre los sistemas de nuestro organismo que se pueden ver afectados podríamos destacar:

-A nivel muscular son muy comunes el cansancio crónico, las contracturas y las tensiones.

-En nuestro sistema respiratorio podrían aparecer sensaciones de dolor, opresión en el pecho y asfixia.

-Nuestro sistema dermatológico puede responder ante determinados estresores con la aparición de erupciones, eczemas, dermatitis, etc.

-El sistema inmune puede sufrir una violenta sacudida que afecte al resto de sistemas. De este modo, la depresión y la ansiedad pueden manifestarse a través de gripes continuas, sensación de fatiga e, incluso, muchos estudios vinculan los estresores emocionales con una mayor probabilidad de aparición de cáncer y cardiopatías.

-En el sistema nervioso la ansiedad y la depresión pueden provocar dolores de cabeza, mareos, vértigos, desmayos, hormigueos, parálisis musculares, etc.

-En nuestros sentidos pueden llegar a provocarnos ceguera, visión doble, afonía, etc.

-En el sistema circulatorio la ansiedad y la depresión producen palpitaciones y taquicardias.

-En el sistema digestivo se manifiestan con  sequedad de boca, sensación de atragantamiento, náuseas, vómitos, estreñimiento, diarrea, etc.

 

¿Quiénes pueden tener un trastorno psicosomático?

 

Ciertamente, cualquier persona. Seguro que recuerdas momentos de tu vida en los que el acné juvenil regresó sin avisar o sepas de personas que sufrieron de una angina de pecho ante una noticia arrolladora.

El perfil de una persona que puede somatizar es muy variado, pero estas personas suelen terminar, tras pruebas médicas sin resultados claros, desarrollando una alta preocupación por la enfermedad y evaluando constantemente las señales de su cuerpo que puedan indicar un nuevo mal. De esta manera cualquier variación pasa a interpretarse como un síntoma amenazador o molesto, la salud pasa a ser algo protagonista en su vida y, dado que los resultados de las pruebas médicas muchas veces no pueden dar evidencia de ningún mal físico, esta situación no parece tener una salida fácil.

Esto hace que la persona con alguna dolencia física, como continuos problemas digestivos, no sepa qué hacer ante los resultados aparentemente favorables de los médicos. Es entonces cuando probablemente la persona se plantea si estará somatizando alguna preocupación o emoción. Sea como sea, llegados a este punto su calidad de vida ya se ha visto desestabilizada.

Por otra parte, además de la ansiedad y la depresión existen otros ingredientes internos que pueden  sazonar negativamente nuestro cuerpo:

 

  • La culpa. Es una de las emociones que más nos hieren. Algo hice en el pasado que considero, desde el presente, que está mal hecho y por lo que, incluso, merecería un castigo. Sin darnos cuenta nuestro cuerpo podría ser reflejo de ese autocastigo por aquello que ocurrió.
  • Traumas y conflictos sin resolver. Ante determinados eventos de gran impacto emocional, el cuerpo puede responder de diversas maneras, pero toda respuesta va cambiando a lo largo del tiempo. Es posible que, ante una catástrofe natural, el cuerpo reaccione con resolución y rapidez ante las inmediatas demandas del entorno, ya que su urgencia es vivir. Meses después es cuando pueden aparecer los achaques y las desagradables sorpresas.
  • Hipocondría. La constante preocupación por la salud, las revisiones obsesivas y las confirmaciones incesantes pueden terminar por dar lugar a dolencias muy reales.
  • Dudas e indecisión. Tomar decisiones, incluso ante dos opciones positivas, puede suponer un gran estresor. Decidir si casarse en la ciudad del novio o de la novia, con lo que implica a nivel familiar y logístico puede originar que el día más feliz de tu vida esté amenizado con fuertes migrañas.
  • Engancharse a las emociones negativas. Las emociones por sí mismas no son buenas ni malas, son fuentes de información que nos dan pistas sobre cómo está nuestro organismo. Sin embargo, llegan a veces con un aspecto hiriente y socavador que es muy desagradable. Apegarnos a las emociones que nos dañan y apartar aquellas positivas hace mella en nuestro cuerpo.

 

En este punto es fundamental hacer una revisión del manejo que hacemos de nuestras emociones. Aquí caben algunas preguntas:

¿Me siento triste o apenado con regularidad? O, por el contrario, ¿no me siento triste ante situaciones en las que sería normal estarlo? ¿Me permito sentir el enfado? ¿Soy capaz de expresar mi rabia y mi frustración o tiendo a acumularlo y dejarlo para mí?

Cuando siento ansiedad y me pongo muy nervioso, ¿cómo gestiono esa ansiedad?

Básicamente, todas estas preguntas podrían resumirse en una: ¿doy cabida a mis emociones o las reprimo?

La importancia de estas preguntas radica en que si estamos relacionando un problema interno con una manifestación física, esto significa que algo de lo interno no se está manejando adecuadamente, es demasiado grande para soportar o se ha reprimido. Por eso, la única manera que ha tenido para expresarse se ha canalizado a través de lo corporal: el cuerpo sirve como válvula de escape para lo no gestionado interiormente.

Desde esta perspectiva el abordaje ha de realizarse de manera dual, es decir, habrá que atender tanto a las dolencias que puedan haberse producido a nivel físico, como a la expresión y manejo de lo emocional.

¿Cómo prevenir las enfermedades psicosomáticas?

Existen una serie de actitudes protectoras que todos nosotros podremos practicar de cara a cuidarnos un poco mejor:

 

  • Procura identificar qué emoción estás sintiendo, por ejemplo, al final del día puedes plantearte cuál ha sido el sentimiento predominante. No todos nuestros días son iguales y, aunque hay épocas en las que hay emociones protagonistas, siempre hay matices que podemos ir identificando. Poco a poco irás tomando consciencia en el momento de tus estados emocionales y cuáles son los estímulos concretos que los disparan, tanto los positivos, como los negativos.

 

  • Expresión emocional. Una vez que hayas identificado tus emociones llega el momento de expresarlas. Este punto no siempre resulta fácil, pues hay ocasiones en las que no podemos decirle al jefe todo lo que nos molesta de él o, quizá, estemos en un momento con nuestra pareja en el que prefiramos “no echar más leña al fuego”. Sin embargo, ninguna de estas circunstancias impiden que sí podamos expresarnos y desahogarnos con otras personas sobre lo que ocurre en nuestra vida. Expresar sentimientos desagradables como la rabia, la culpa, la tristeza etc., será tan importante como rescatar la alegría, el cariño y la satisfacción.

 

  • Cuida y cultiva tus relaciones interpersonales, así te será más fácil tener espacios de comprensión y escucha.

 

  • Practica la aceptación. Mucho de nuestro malestar viene de la mano de no aceptar lo que la propia vida trae y la lucha contra marea puede ser desgastante. Si tenemos la posibilidad de hacer algo con alguna situación desagradable, podremos ponernos manos a la obra, pero si la situación verdaderamente se escapa de nuestro control, nuestro trabajo será aceptar y adaptarnos lo mejor posible a la nueva situación.

 

 

Por último, pero no menos importante, cabe preguntarse: ¿esto les puede pasar a los más pequeños de la casa? Sí, sin duda.

La capacidad para somatizar no es algo exclusivamente de los adultos, sino que los niños y niñas también pueden presentar síntomas físicos ante determinados estados emocionales. En el caso de los menores es más frecuente que domine tan solo un síntoma, en lugar del ramillete de reacciones que suele acompañar a los adultos. El dolor abdominal, los dolores de cabeza, la fatiga o los problemas de sueño son algunas de las maneras en las que los niños y niñas canalizan sus emociones.

De igual modo que ocurre con los adultos, la expresión emocional de todo el mundo interno del niño será beneficiosa para su salud física. En este caso, además de hablar, el juego y los dibujos serán nuestros grandes aliados.

Ya se trate de un adulto o un niño, no debes olvidar que tus emociones se van a expresar, así que entrénate para elegir bien cómo quieres que aparezcan. Los psicólogos te podremos ayudar a comprender por qué te está pasando esto y cómo canalizarlo de manera que no te afecte corporal ni emocionalmente de manera grave.

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