¿Por qué nos comparamos con los demás?

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¿Alguna vez te has sentido mal al medirte con otros y te has preguntado por qué nos comparamos con los demás? Todos nos comparamos constantemente con nuestros iguales y con los que no son nuestros iguales. En algunas épocas de nuestra vida, como la adolescencia y primera juventud, este fenómeno normal e inevitable se hace más pronunciado porque todavía estamos en un periodo evolutivo en que la tarea es construir nuestra personalidad. Debemos forjar nuestras primeras opiniones relativamente elaboradas sobre multitud de asuntos, encontrar nuestros gustos, definir nuestra identidad como futuros adultos o adultos incipientes… No podemos llevar a cabo esta tarea de forma aislada. ¿Por qué nos comparamos con los demás? Porque necesitamos fijarnos en nuestro entorno.

El cerebro del adolescente ya no es infantil, sino que su manera de razonar se va pareciendo cada vez más a la del adulto. La diferencia con el adulto “hecho y derecho” es que el adolescente, o el joven, carece de (mucho) contenido biográfico. Todavía no tiene muchas experiencias ni referentes para procesar la información que le va llegando sobre los diferentes asuntos de la vida. Precisamente está construyendo esa referencia, ese fondo de armario a partir del cual se interpretará a sí mismo y al mundo. 

Un método para crear esa capa es observar a sus iguales y compararse con ellos porque, además, son sus figuras de referencia principales. Durante la infancia ese papel lo tienen los padres, pero en la adolescencia y años posteriores los padres pasan a un segundo plano y son los iguales quienes cobran importancia. Es una manera más de ensayar la vida adulta -la otra tarea fundamental de la adolescencia- y eso no puede hacerse si no se empieza a experimentar cierta desvinculación respecto a los padres

por qué nos comparamos con los demás

Ríndete: las comparaciones son inevitables

¿Por qué nos comparamos con los demás? Porque la comparación es un método mental para llegar a una conclusión sobre algo o para tomar una decisión. Decidimos o concluimos lo que queremos, lo que nos gusta, lo que nos conviene, lo que necesitamos, lo que nos sienta bien, entre otras maneras observando qué hacen los demás en situaciones similares. Nos planteamos qué opinarían, qué harían ellos en nuestro lugar, qué tienen ellos.

Es decir, los demás son una fuente de información y es importante que los tengamos como referencia para ajustar nuestra conducta o nuestras opiniones, porque son ellos con quienes tenemos que lidiar. Vivimos en sociedad, tenemos que integrarnos y encajar y no podemos hacerlo si vamos al cien por cien por libre

En realidad, por muy libre y “auténtica” que sea una persona, nadie tiene un criterio cien por cien absoluto y autónomo. Todos lo vamos construyendo a partir de múltiples referencias aunque luego, en cierta medida -sobre todo cuanto más autónomos, maduros y decididos nos volvemos- también acabemos haciendo “lo que nos parece” o “lo que nos da la gana”. 

En definitiva, compararse con los demás es necesario, pero también hay que ir construyendo la capacidad para tener un criterio “propio” y tomar decisiones incluso cuando no hay nadie a quien preguntar o nadie en quien fijarnos. Al fin y al cabo, nuestra vida no se puede paralizar mientras encontramos a alguien a quien examinar y entonces decidir. Debemos tener un criterio propio sobre las cosas para sentir que somos personas con una identidad sólida, no meros ejecutores de opiniones ajenas, o reproducciones de estilos ajenos, como si fuéramos espejos o marionetas. 

¿Por qué no debemos compararnos…mal?

Las publicaciones que hacemos en nuestras redes sociales tienen tantos filtros que, sin darnos cuenta, generan mucha confusión sobre lo que es verdad y mentira cuando nos fijamos en la vida de alguien. 

Al utilizarlos no llegamos a construir una falsa identidad como tal, porque al final la realidad acaba abriéndose paso. Sin embargo, sí se genera confusión sobre qué es real y no, sobre qué es deseable o bello y qué no lo es, a través de lo que transmitimos y observamos en las redes. 

Las personas son como son y, por mucho que veamos en Instagram una determinada imagen, cuando nos miramos al espejo, salimos a la calle y nos relacionamos con el resto del mundo analógicamente vemos lo que vemos. Entonces se pone de manifiesto cómo son las caras, cómo son los cuerpos y cuáles son los trucos para que las caras y los cuerpos luzcan de una determinada manera, no tanto sean de una determinada manera. 

Sin embargo, la manipulación de la imagen va creando ideales de belleza o de estética, cánones presuntamente reales, auténticos y deseables cuando, en realidad, son inalcanzables. No en vano, se basan en trucos, así que, ¿por qué deberíamos considerarlos realistas y factibles?

¿por qué nos comparamos con los demás?

Aunque nos parezca algo muy moderno, en realidad este fenómeno no es nuevo. Todas las épocas han tenido sus cánones, es decir, sus modelos ideales a los que hay que parecerse. Lo que varía de una época a otra es el modelo en sí (ahora se lleva una cosa, hace cien años se llevaba otra) y el canal a través del cual los miembros de una sociedad acceden a esa información y se la comunican entre sí. Uno de los canales fundamentales en la actualidad son ciertas redes sociales

Esto distorsiona el juicio que hacemos sobre nuestra propia imagen y nos lleva a pensar que los demás lucen mejor de como realmente son. O que son como aparentan, como lucen, cuando en realidad hay mucho truco. Mientras, nosotros quedamos muy por debajo de esos estándares

Es entonces cuando hay que recordar que la mayoría de las veces ni los demás son tan guapos ni nosotros somos tan feos, por decirlo de una manera muy simplona. Si no se contextualiza adecuadamente la estética que observamos en las redes sociales podemos juzgarnos a nosotros con una dureza injustificada y a los demás con una admiración injustificada. Es decir, todo con unos criterios inadecuados. 

Cuando no somos capaces de armonizar todo esto y nos obsesionamos con la vida de los otros mientras vemos cómo se deteriora nuestra autoestima hay que tomar medidas. Quizá es el momento de dejar de preguntarnos por qué nos comparamos con los demás y pedir ayuda especializada con un psicólogo profesional que nos ayude a compararnos mejor. 

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