Por qué me encanta ir a terapia: 4 historias reales

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Las personas tenemos muchas caras. Eso hace que nuestras existencias sean complejas combinaciones de momentos de luz con momentos de sombras. No importa la proporción que haya entre ambas zonas: vivir nuestras vidas a veces se pone cuesta arriba y aprender por qué funcionamos como funcionamos no siempre es algo que podamos hacer por nosotros mismos. 

Es ahí donde, en la actualidad, disponemos de una poderosa herramienta para poder superar esas pendientes tan pronunciadas. Hablamos de la terapia psicológica. A través de un proceso terapéutico, otro ser humano puede ayudarnos a poner una linterna y una lupa en esas áreas de nuestra vida a las que nosotros no somos capaces de llegar. 

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Dar el paso de iniciar una terapia

Meternos en internet y pedir cita con un terapeuta no siempre es fácil, sobre todo cuando se hace por primera vez. Es probable que en estos momentos te estés planteando dar ese paso pero que no acabes de decidirte: el dinero, la distancia, la falta de tiempo, el miedo a dar con alguien que no te comprende… No pasa nada: necesitas tu tiempo. 

No obstante, por si te sirve de inspiración, queremos ofrecerte los testimonios de cuatro personas que pudieron dejar a un lado esas dificultades y ponerse en manos de un profesional. Se trata de dos mujeres y dos hombres que, con gran generosidad, nos han hablado de su experiencia: por qué empezaron a ver a sus terapeutas, cómo hacer terapia está ayudándoles a mejorar sus vidas y cuáles son las cualidades que tienen los profesionales que los están acompañando, sobre todo de manera online, durante los últimos meses. 

«Hacer terapia me ayuda a ser más libre, tener menos miedo y ser y más auténtica. Agradezco mucho haber tenido el apoyo de mi terapeuta durante estos meses»

No te pierdas lo que dicen porque merece la pena. Estás a un clic de poder iniciar un camino como el de ellos. 

“Soy mucho más capaz de disfrutar de lo que estaba demostrando”, Teo (31)

Empecé a ir a terapia en enero, porque algunos asuntos complicados del trabajo iban a coincidir con un proyecto personal muy importante y me empecé a agobiar antes de tiempo. En ocasiones similares ese agobio me había impedido disfrutar al máximo de lo que tenía que hacer y veía que me iba a volver a pasar. Por eso me dije: “Hasta aquí. Tengo que ir a hablar con alguien que me ayude con esto porque yo creo que tengo mucha más capacidad de disfrute de la que estoy demostrando ahora por esta ansiedad anticipatoria que me está viniendo”. 

Mi terapeuta es una señora de unos 50 años estupenda, muy tranquila. Parecerá una bobada, pero yo destacaría de ella que me escucha. Me gusta que no da un veredicto. Ella me va conduciendo, vamos investigando para averiguar el porqué de lo que me ocurre, pero el que habla soy yo. Siento que me conduce pero no que me dé ninguna conclusión cerrada. Me lleva a que sea yo el que deduzca el origen de mi ansiedad y que sea yo quien deduzca qué me puede ayudar a paliarla. 

No sé cómo estaría ahora si no hubiera comenzado a verla, pero sí sé que en ningún momento de todos estos meses me he planteado dejar las sesiones. Cuando acabamos y cierro el ordenador tengo la sensación de que he dedicado una hora a poner en voz alta, junto a un profesional neutral, lo que me está pasando. Es decir, que he dedicado una hora a construir mi bienestar emocional. Lo puedes hacer con tus amigos, pero estos nunca son objetivos y esta persona sí lo es. 

Hacía tiempo que pensaba en contactar con un psicólogo y en cuanto vi que el problema empezaba a asomar le pedí a una amiga con experiencia que me buscara a alguien que ella considerara que me iría bien. En seguida la encontró, yo me fié totalmente y la decisión fue muy fácil. 

Los primeros dos meses nos veíamos cada semana, luego hemos ido a pasando a vernos cada quince días, aunque últimamente vamos viéndolo más sobre la marcha. Nos ponemos una fecha orientativa pero lo vamos confirmando unos días antes según cómo yo me siento o las novedades que tengo para contarle, siempre con cierta constancia pero con fluidez. Ella me ha dado la opción de vernos en persona pero gracias a la terapia he aprendido a no decir que sí por compromiso, sino aprender a decir que no, así que le dije que prefería online por una cuestión de ahorrar tiempo, que es algo que me hacía mucha falta.

“Poder mirar a tus miedos a la cara te hace muy libre”, Javier (40)

Yo necesitaba confiar en mi psicólogo y reconciliarme con el mundo de la psicoterapia. Estuve valorando muchísimo tiempo si empezaba o no este proceso porque había tenido muchos problemas con mi anterior psicólogo y ese era uno de los temas a tratar. 

Tenía dos cadáveres encima de la mesa: dos personas de mi pasado con las que compartía una serie de proyectos y había roto la relación de muy mala manera. Al final había desarrollado un miedo enorme a encontrármelas por la calle, o en algún bar, de fiesta o donde fuera. Eso estaba limitando mi vida normal porque al final evitaba ir a según qué sitios para no coincidir con ellos. Había algo que no estaba bien cuadrado en mi cabeza. Realmente lo que había eran dos duelos por esas relaciones perdidas: no había podido pasar página y eso me estaba generando una gran preocupación y miedo. Necesitaba encontrar paz en las rupturas con esas dos personas.

Voy con el psicólogo al que fue un buen amigo mío, al que vi en momentos malísimos y de cuya reconstrucción fui testigo. Por eso pensé: “Creo que esta persona me puede ayudar a mí también”. Yo tenía muchas ganas de evolucionar y de crecer pero sentía que no podía hacerlo solo. Ahora sé que no podría haber llegado tan lejos sin ayuda. Yo intuía que al otro lado de donde yo estaba en diciembre -cuando empecé- había salud, había prosperidad, había fuerza; pensé que si era capaz de atravesar ese bosque iba a encontrar algo positivo al otro lado. Y así ha sido: siento que mirar mis miedos cara a cara me hace muy libre. 

Mi psicólogo y yo nos hemos estado viendo online porque de esa manera nos venía mejor a los dos. Durante el confinamiento me ha ayudado mucho a sobrellevar el estrés. Ha sido un colchón interesante.

Él tiene unos cincuenta y tantos años. Es un hombre muy inteligente. Me gusta la profesionalidad y la manera en que me trata. No me juzga. Al principio dimos mucha importancia a trabajar la confianza y la confidencialidad, lo cual para mí era muy importante. Me gusta mucho cómo me escucha y su capacidad para relacionarlo todo. Se queda con todo lo que le digo y es capaz de sacarme detalles que yo le cuento incluso meses después de habérselos contado. Capta lo que para mí es importante y a partir de ahí va explicándome cómo es mi manera de razonar. Me ayuda a descubrir cómo algunas cosas que detesto en las personas de mi entorno yo también las hago o también las tengo. Me encanta cómo conecta las diferentes cosas de mi vida que le cuento y cómo emplea mis palabras para hacerme de espejo. 

En definitiva, me gusta por dónde me está llevando y cómo yo voy madurando y soy capaz de analizar mejor la manera que tengo de tratarme a mí mismo. Mi anterior terapeuta era muy bueno en lo suyo pero no sabía ir más allá, mientras que ahora estoy con un psicólogo más completo, capaz de hacer una intervención integral conmigo. 

También me gusta mucho que yo marco la mayor parte de lo que ocurre en la terapia. Yo puedo preparar la sesión, llegar y decirle de qué quiero hablar o dónde quiero incidir en las siguientes sesiones. Me gusta mucho que él lo tiene en cuenta y, en cuanto me desvío, él me reconduce a donde yo le indiqué. También agradezco mucho que marca muy claramente lo profesional, sin confundirlo. Otra cosa que me gusta es que me supone un reto intelectual. Cuando yo le hablo de mí y le cuento mis cosas puedo subir el nivel de lo que hablo y me entiende todo. Es un hombre muy culto y cuando pienso en él al preparar la sesión la estructura de pensamiento que me sale se eleva. 

Si no hubiera empezado esta terapia estaría, sencillamente, en el mismo lugar en el que estaba hace diez meses, cuando empecé. Y son diez meses en los que he notado un avance muy considerable. Estoy muy contento, ha sido una gran decisión y una gran inversión. Me ha permitido poner los puntos sobre las íes. Sigo en ello, pero estoy mucho más tranquilo. Además, por el camino han ido pasándome otras cosas y el hecho de estar en terapia me ha aliviado mucho para hacerles frente.

“Desde mi experiencia, ir a terapia es un regalo para toda la vida”, Yolanda (40)

Para mí ir a terapia es un aprendizaje rico y fértil. Me ayuda a conocerme mejor, enfrento las cosas que me cuestan con mucha más serenidad y puedo conocer mejor a los demás y así cuidar mejor las relaciones que me importan. 

No es la primera vez que voy a terapia, es algo a lo que no he tenido reparo en acudir en diferentes momentos de mi vida. Es curioso, en otras ocasiones fui porque algo me estaba generando malestar, pero ahora hago terapia desde otro lugar: las ganas de hacer un proceso más profundo teniendo en cuenta que me encuentro en muy buen momento y creo que es hora de revisar algunos aspectos míos que a veces me generan problemas. Hacer terapia me ha hecho más humilde, más alegre, más comprensiva. Me ayuda a ser mucho más libre, tener menos miedo y poder ser más auténtica. Para mí, iniciar una terapia es un regalo que te haces para toda la vida.

Tengo la inmensa suerte de haberme encontrado en este camino a un terapeuta maravilloso: un hombre amable, sabio, disponible, que siento que pase lo que pase confía en mí, como adulta, confía en que tengo capacidades para enfrentar lo que la vida me trae.

Durante estos meses nos hemos estado viendo online. Reconozco que yo estaba un poco reticente, porque me parecía importante el contacto presencial. Sin embargo, dadas las circunstancias, lo probé y estoy muy satisfecha. Estamos trabajando genial y ahora me siento tremendamente agradecida por todo su apoyo y su presencia sólida al otro lado de la pantalla en momentos tan difíciles. Haber probado lo online nos ha abierto la puerta a una alternativa en épocas como la actual en las que surge cualquier dificultad con el horario u otras causas.

“Con mi terapeuta me siento profundamente escuchada”, Victoria (43)

No es la primera vez que voy a terapia. Ya había ido al final de mi embarazo para prepararme para ese momento y sanear cosas que sentía que estaban mal en la relación con mi madre. Aquella experiencia fue muy buena, me sirvió mucho. Han pasado 5 años y todavía sigo aprovechando todo lo que aprendí. 

Decidí retomar hace unos meses pero mi psicóloga anterior no estaba disponible así que me recomendaron otra con la que podía hacer sesiones online. Por encima de cualquier otra razón, poder estar en mi casa o en el sitio que a mí me fuera más cómodo fue determinante a la hora de decidirme. 

El tema de los vínculos familiares sigue siendo importante también en esta nueva terapia, aunque a partir de ahí me he dado cuenta de muchas otras cosas. Ya llevamos dos años viéndonos y muchas veces pienso que la siguiente será la última sesión y que cerraré ahí el proceso porque ya me siento bien. Sin embargo sigo conectándome con ella porque me viene bien y pienso que le vendría bien a todo el mundo: siempre hay algo en lo que mejorar. 

Algunas sesiones son más anodinas que otras, pero siempre me quedo con algo. También mantengo nuestras sesiones online porque para mí representan un espacio de hablar. En esta sociedad en la que vamos tan rápido y todo se resuelve por audios de whatsapp tener un espacio para hablar yo es muy importante. Por supuesto que hay familiares y amigos con los que se tienen conversaciones, pero son muy pocos los espacios en los que yo me siento real y profundamente escuchada y en terapia puedo sentirme así durante una hora entera. Me conecto, el tiempo se para, voy a estar ahí y es una hora mía. Sobre todo cuando se tienen hijos o se está muy liado con el trabajo o tienes mucho ruido mental, tener una hora solo para ti está muy bien

«Estos diez meses he notado un avance considerable. Empezar la terapia fue una gran decisión y está siendo una buena inversión»

Además de la relación con mi madre, trabajo la maternidad con mi hijo, la crianza, la relación con él. También abordamos aspectos profesionales relacionados con reforzar mi empoderamiento y liderazgo y dejar espacio también a los sentimientos negativos, como la tristeza, la rabia o el miedo. 

Mi terapeuta es muy maja. No tiene una personalidad arrolladora pero es una persona cálida, disponible, siempre tiene una sonrisa. Es una persona como yo, un ser humano como yo. No es muy directiva, más bien me orienta, me deja, no me mete demasiada caña, respeta mucho mi ritmo. Las dinámicas que me propone se adaptan mejor a aquello en lo que yo puedo entrar que las que me indicaba mi anterior psicóloga. 

Si no hubiera empezado a verla ahora estaría con menos equilibrio. En otras palabras, ahora estaría, básicamente, buscando una terapeuta.

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