Personas sumisas: 5 consejos para ayudarlas a brillar

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Las personas sumisas se caracterizan, principalmente, por tener una autoestima deficiente y, por tanto, por presentar problemas más o menos significativos a la hora de relacionarse de una manera sana y madura. Esto se puede manifestar de muchas maneras en sus conductas y en su estado de ánimo aunque en términos generales su comportamiento tiende a caracterizarse por la claudicación o rendición y su estado de ánimo tenderá a ser negativo. 

Hay personas que son sumisas de una manera muy generalizada en su vida. Sin embargo otras pueden ser personas perfectamente maduras en algunas facetas de su vida y completamente sumisas en otras, incluso pueden comportarse de manera muy autoritaria en unas relaciones y de manera muy sumisa en otra. 

Dada su complejidad, el ser humano es muy contradictorio, por eso debemos determinar muy bien a qué estamos llamando sumisión, en qué área de la vida de una persona en concreto la vemos y también tener en cuenta si esa persona tiene la misma percepción que nosotros o no. Por supuesto, es importante dejar claro que, cuando hablamos de las personas sumisas en este artículo y de las características de su personalidad, no nos referimos a aquellas personas que, de una manera responsable, asertiva y acordada (es decir, muy poco sumisa en el sentido que hemos definido al comienzo) asumen roles de sumisión en su vida sexual como una forma de obtener placer. 

Cómo nos convertimos en personas sumisas

La sumisión es un patrón de conductual -y también un estilo comunicativo o relacional– que tiene su fuente en una autoestima deficiente y, por tanto, en una asertividad deficiente

Ninguna persona tiene una autoestima sana al cien por cien, por lo que nadie es perfectamente asertivo en todas y cada una de las facetas y situaciones de su vida. Por tanto, todos en algún momento nos mostramos sumisos ante alguien porque, por distintas razones, somos incapaces de aguantar la presión y defender óptimamente nuestras necesidades o puntos de vista. El problema aparece cuando alguien es sumiso en muchas facetas de su vida, o siempre lo es en alguna faceta en concreto (por ejemplo en sus relaciones de pareja/amistad, o con su familia, o en el trabajo, etc.). 

personas sumisas

Una persona con una autoestima sana es alguien que -en general- se encuentra bien consigo misma sin necesidad de denigrar a otros y confía en su capacidad para ser aceptada por los demás. Por eso tiende a relacionarse de una manera asertiva: defiende y expresa sus gustos, opiniones y necesidades con firmeza pero respetuosamente, sin avasallar al otro, de modo que fomenta relaciones sanas y equilibradas

Cuando una persona no tiene una autoestima sana es más difícil que se relacione de este modo. A veces es porque considera que los demás son una amenaza ante la que hay que defenderse incluso preventivamente (“O comes o te comen”). Otras veces es porque no se valora positivamente y piensa que sus necesidades, sus puntos de vista o sus derechos no son importantes y no tienen que ser tenidos en cuenta y, para no ser excluidos, es mejor dar prioridad a lo de los demás. 

Las que ven amenazas por todas partes y se defienden atacando son personas autoritarias: imponen su postura a los demás. Las que claudican, callan y ponen por delante sistemáticamente los demás porque creen que ellas no son importantes son personas sumisas. 

Tanto un estilo como otro tienen consecuencias en el bienestar de las personas. Cuando alguien no da importancia a sus necesidades y puntos de vista es difícil que los desarrolle y satisfaga, y eso puede acabar desembocando en relaciones tóxicas y en conductas de riesgo ocasionadas por no valorar como se merece el propio bienestar o integridad. 

Además, cuanto más sumisamente nos comportamos más reforzamos un estado vital de indefensión y desesperanza, así como de poca valía propia: cada vez que claudicamos innecesariamente reforzamos en nuestro interior la idea de que no somos importantes, de que no se nos debe respetar, o bien que los demás son personas desconsideradas y egoístas que se comen todo nuestro espacio. Por tanto, el estado de ánimo de la persona puede llegar a quedar bastante afectado. 

Cómo corregir la sumisión que nos daña

Más allá de las sumisiones puntuales o inevitables, es importante que no nos instalemos en esa manera de funcionar de manera generalizada, sobre todo si la sumisión que mostramos es muy extrema. 

Partiendo de la base de que nadie tiene una autoestima perfecta, debemos tener en cuenta que podemos ser personas que se valoren negativamente en algunas áreas de su vida y, aun así, tener vidas normales e incluso satisfactorias. Esto es posible mientras nos valoremos positivamente en otras facetas que compensen. 

Sin embargo, cuando de manera sistemática y generalizada nuestra autoestima hace que seamos incapaces de relacionarnos adecuadamente como adultos entonces hay que intentar corregir esto, a ser posible con la ayuda de un psicólogo que pueda acompañarnos a través de una terapia. De esta manera podemos detectar qué áreas de nuestra autoestima están más dañadas y por qué, entrenar habilidades sociales básicas que permitan que se tengan en cuenta nuestras necesidades y derechos y aprender modelos adecuados de relaciones para saber qué cesiones son razonables e inevitables para que las relaciones fluyan y no las confundamos con un patrón permanente de sumisión a los demás. 

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Pistas para fortalecer la autoestima de una persona sumisa

1. Fomentar su nivel de conciencia y su criterio

Ayudarla a detectar qué piensa, siente, necesita y le gusta, si es que no lo tiene muy claro. A menudo es más fácil imitar lo que hace el otro para no pensar o no tener que decidir qué quiero yo o no enfrentarme a la responsabilidad de hacerlo. Si esto se hace muy intenso, la persona sumisa literalmente no sabe qué opina o qué quiere, así que debe entrenarlo.

2. Darle espacio para expresarse

No avasallar. Interesarnos por ella. Preguntarle qué piensa de las cosas y qué le apetece hacer, escucharla, apoyarla, reforzar aquellas posturas en las que coincidimos con ella para que sepa que lo que le ocurre o quiere tiene un valor y que a veces es una experiencia compartida con nosotros. 

3. Ayudarla a diferenciar desacuerdo de hostilidad

Manifestarle que puede estar en desacuerdo con nosotros pero que eso no influye en nuestro afecto hacia ella. En la raíz de la sumisión está el miedo a no ser aceptado si me manifiesto tal cual soy o si me muestro en desacuerdo con lo que alguien quiere. La persona sumisa necesita reforzar una suficiente experiencia de incondicionalidad en los afectos. 

4. Darle ejemplos de funcionamiento no sumiso

Ofrecerle modelos de asertividad que amplíen sus habilidades sociales y comunicativas. Esto se hace cuando educamos a los niños y adolescentes y les enseñamos cómo ir a comprar, cómo pedir las cosas, cómo disculparse, cómo realizar una gestión, etc. Podemos adaptar esto también a un adulto, sin infantilizarle pero sí a un nivel tan básico como sea necesario. Se trata de darles herramientas que complementen el imprescindible trabajo de fondo que hay que hacer a nivel psicológico. 

5. Buscarle un buen terapeuta

Sugerirle, si tenemos la confianza suficiente con esa persona y si detectamos que su patrón de conducta afecta negativamente a su bienestar de una manera significativa, que podría ser interesante hablar de ello con un psicólogo que le ayude a ver qué está ocurriendo, por qué y cómo empezar a modificarlo paso a paso. Una posibilidad cómoda, económica y completamente profesional es realizar una terapia online a través de la plataforma de ifeel, donde podrá tener una sesión informativa de manera completamente gratuita antes de ser asignado al psicólogo del equipo más adecuado para su caso. 

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