Perdón y rencor: ¿dónde pones tu fortaleza?

Por Rafael Ortuño (psicólogo)
Publicado 17 de abril de 2018

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El perdón es la vía que utiliza nuestro corazón para curar las inevitables heridas y decepciones de la vida.

A lo largo de nuestra vida vamos cargando en nuestra mochila interna las inevitables heridas y decepciones que nos van causando nuestras experiencias. Todos llevamos en esa mochila heridas sin cerrar causadas por nosotros mismos u otras personas: fracasos, desilusiones, injusticias, traiciones, humillaciones y negligencias.  Igualmente es probable que hayamos sido responsables, conscientemente o no, del sufrimiento de otras personas. En algunas personas, estas heridas pueden ser relativamente pequeñas pero, para otras, estas heridas tienen el peso de grandes rocas con las que cargan y que, sin embargo, les cuesta soltar.

Uno de los desafíos más importantes en el camino hacia el equilibrio emocional está relacionado con las heridas emocionales, con ese peso con el que cargamos y que arrastramos del pasado. Muchas personas son capaces de seguir adelante con esa carga, otras son capaces de superarla sin mayores problemas y otras muchas no saben cómo curar esas heridas.

Como decíamos en el inicio de este artículo, el perdón es la forma natural que tiene nuestro corazón para curar esas inevitables heridas y decepciones de la vida. Seguramente podamos pensar que no es tan fácil o que es muy difícil perdonar cuando nos sentimos heridos, fracasados, traicionados, etc. Sin embargo, es el primer escalón hacia nuestro equilibrio emocional.

Es verdad que el perdón no puede ser apresurado ni impuesto y que nuestro corazón tiene sus propios ritmos orgánicos a la hora de abrirse y cerrarse, ritmos que hay que respetar. No obstante, también es verdad que, como otros estados profundamente curativos -como pueden ser el amor, la compasión y la alegría- se puede cultivar conscientemente.

Ser capaces de suavizar nuestro corazón y soltar el resentimiento y la ira hacia quienes nos han herido, traicionado o abandonado (incluidos nosotros mismos) es la base para el restablecimiento de nuestro equilibrio emocional.

Muchos estudios sobre el tema, llevados a cabo por John Kabat-Zinn, Gonzalo Brito, Vicente Simón -por nombrar algunos de los psicólogos más conocidos en este área- coinciden en que con el perdón es uno mismo quien recibe el mayor beneficio. Sin embargo, en nuestra cultura el perdón siempre ha estado orientado hacia los otros, como si el perdón fuera un regalo que le hiciéramos a los demás cuando, en realidad, es uno mismo, cuando perdona, el que recibe el mayor beneficio.

Si realmente comprendiéramos que el perdón es, ante todo, un acto de autocompasión, nos sentiríamos menos inclinados a aferrarnos al resentimiento. Se ha escrito que el resentimiento es como tomar veneno esperando que se muera el enemigo; puede parecer exagerado, pero es así exactamente. El rencor afecta principalmente a quien lo siente -no a su destinatario- y sus efectos dañan considerablemente nuestro equilibrio emocional y nuestra visión del mundo. Su efecto a largo plazo es un emponzoñamiento de nuestra mente y de nuestro corazón, que dañará sin remedio nuestras relaciones, nuestras emociones y nuestro bienestar general.

En el libro Mindfulness y Equilibrio Emocional, Margaret Cullen y Gonzalo Brito, cuentan una historia de dos monjes tibetanos que se encuentran al cabo de varios años de ser liberados de una prisión china, donde fueron torturados por los carceleros:

 

  • ¿Los has perdonado?, preguntó un monje.
  • El otro replicó: ¡Desde luego que no! ¡Nunca los perdonaré!
  • Bueno, dijo el primer monje, supongo entonces que todavía te tienen encarcelado, ¿no?

 

La moraleja de esta historia es clara: la ira y el rencor son los barrotes de una prisión interior que, como decíamos anteriormente, nos debilitan como personas.

En realidad, cuando sentimos rencor hacia una persona lo que estamos haciendo es ceder el devenir de nuestra vida, nuestra toma de decisiones y nuestro equilibrio emocional a la persona con la que estamos resentidos. Se cuenta que, ante la pregunta de un periodista de si odiaba a los chinos, el Dalái Lama respondió: “Los chinos nos lo han quitado todo. ¿Por qué iba a darles también mi mente?”. Podríamos pensar que esta es una actitud pasiva ante el abuso, pero no es así: implica, simplemente, responder desde un espacio de sabiduría en lugar de reaccionar desde el resentimiento.

En nuestra cultura muchas personas piensan que el perdón es un signo de debilidad  o de pasividad pero, como acabamos de ver, esto no es así. El perdón, aunque muchas veces sea difícil, suele generarnos una sensación positiva de bienestar en nuestro corazón y un refuerzo de nuestra autoestima. Además, es uno de los pilares de una mente sana.

La idea de que los iracundos y vengativos son heroicos y valientes solo funciona en las películas, la realidad, nuestro día a día, es diferente. De hecho, en nuestra vida real necesitamos perdonar para estar en paz con nosotros mismos; la ira, el odio, la rabia, nunca pueden ser la gasolina que alimente nuestro impulso vital.

Es verdad, que a veces, cuando las heridas son muy profundas, hace falta mucha fuerza de carácter, mucha voluntad, para ser capaz de perdonar en vez de reaccionar instintivamente, por eso acabaremos esta reflexión sobre el perdón con una famosa  frase pronunciada por Gandhi: “Los débiles nunca pueden perdonar. El perdón es atributo de los fuertes”.


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