No me quieras tanto, y quiéreme mejor

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Amor. Hoy es San Valentín y por ello es un día ideal para plantearse qué significa querer. Me gustaría proponerte que pensaras en tu vida o en las personas de tu alrededor, para ver si has escuchado estas frases alguna vez:

– Me hace sufrir lo que hace, pero le quiero tanto…

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– Me hace daño, pero luego se arrepiente y claro, veo como me mira y soy incapaz de resistirme

– Sé que no está bien lo que hace, pero no lo hace con mala intención, lo hace sin querer y sé que en el fondo me quiere muchísimo

– Discutimos mucho y cuando estamos mal, soy incapaz de pensar en otra cosa. Pero cuando estamos bien, estamos tan bien… Que se me olvida todo lo malo

– Me ha prometido que va a cambiar, que ésta es la última vez

– En el amor hay que perdonarlo todo

– Tengo que cambiar para que me quiera

– Lo malo es muy malo, pero es que lo bueno… Es increíble

– Es la única persona que me entiende así de bien

– Lo paso muy mal, pero nadie me hace sentir tan especial

Nos han criado con la idea del ‘amor romántico’ incrustada en la piel: películas, series, comentarios de familiares y amigos, libros…  El amor lo puede todo, no importa el sufrimiento. Sin ti no soy nada y los celos son muestra de cariño. No importa el dolor o el daño, porque el amor es sacrificio. ¿Seguro?

Nos enseñan a querer mucho, pero no siempre a querer bien. Por eso hoy me gustaría contaros una historia diferente, un cuento en el que el amor no tiene por qué hacer daño. Se llama…

 ‘No me quieras tanto y quiéreme mejor’

En esta historia el amor es como un baile. Los protagonistas saben que el amor de pareja consiste en aprender a bailar juntos, pero no a cualquier precio.

Ambos han elegido un baile en el que se sienten cómodos. A veces se tropiezan o se equivocan, pero con cariño y con cuidado, hablan y aprenden a coordinar sus pasos. Ninguno de ellos abandona su ritmo para acoplarse al del otro, ninguno tiene que llevar todo el peso del baile. Respetan la forma de bailar de su compañero/a y no la juzgan. Por eso su baile (y su amor) es tan especial.

En esta historia el amor no duele, no se trata de aguantar, ni bailar en medio de la tempestad.

Imagina que una pareja de baile no consigue acoplar sus pasos. A uno le gusta la salsa y al otro el vals: al principio les resulta gracioso, pero con el tiempo tener que coordinarse les deja de gustar. Requiere mucha energía, mucho esfuerzo, y aún así no consiguen apreciar el baile del otro. Lo intentan una y otra vez, pero cada vez pelean más, incluso tratan de buscar ayuda. Se quieren y tratan de comprenderse, pero no terminan de sentirse bien.

Ponte en su lugar. Un día, en medio de este danzar, tu compañero/a de baile te empieza a pisar. No sabes si está cansado/a, o enfadado/a, no comprendes qué le pasa y te preguntas si eres tú quien no sabe bailar. Mientras tanto te sigue pisando, un día y otro. Te pisa tanto y tan fuerte que apenas puedes caminar. ¿Te plantearías parar?

Cuando el amor hace daño, es menos amor. Porque el amor no es querer mucho, sino querer(se) bien.

El amor romántico nos invita a pensar que no somos nada sin el otro, que somos una media naranja que necesita ser completada, y que por eso hay que luchar contra viento y marea para encontrar a esa persona -esa media naranja que acabamos idealizando-, para que le dé sentido a nuestra existencia. Sin embargo, ¿sabes lo que ocurre si unes dos medias naranjas y las pones a rodar? Que no pueden rodar durante mucho tiempo, se separan y se caen.

El amor se siente, pero sobre todo se construye, no desde la necesidad, sino desde el acuerdo y el disfrute conjunto. No siempre hay mariposas en la relación, se producen conflictos y los sentimientos van cambiando a lo largo del tiempo.

Por ello el amor sano se forma con dos naranjas enteras, tiene cimientos con nombre y apellidos que lo hacen mucho más especial. Se construye con comunicación, confianza, apoyo, reconocimiento… Pero sobre todo, con respeto (hacia el otro y hacia uno mismo).

Tú ya eres una naranja entera, y por eso el mejor regalo que puedes hacer(te), es aprender a querer(te) bien.

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