¿Es necesario cambiar para progresar?

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¿Sabías que las langostas a lo largo de su vida tienen que cambiar varias veces su caparazón porque éste se les queda pequeño y les molesta? Es un proceso incómodo y que requiere que, durante un breve período de tiempo queden, en cierta manera, desprotegidas.

De hecho, suelen esconderse debajo de las piedras hasta que desarrollan su nuevo esqueleto protector, que al principio es más frágil y más blando de lo habitual. No debe ser fácil sentirse así de desprotegido y vulnerable en el fondo del mar. ¿Te imaginas?

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Cuando los pescadores las capturan en este estado, con frecuencia las devuelven al mar porque las consideran menos valiosas, sin embargo, cuando pasa un tiempo, esta estructura se endurece y la langosta se hace más grande, más deseada.

Algo parecido les ocurre a las personas en algún punto de su proceso vital. Experimentamos situaciones y emociones que nos invitan a dar un giro a nuestra vida, a generar cambios en la forma de pensar o actuar, pero que también nos hacen sentir vulnerables, inquietos, inseguros o ansiosos.

Construir este camino no siempre es fácil y, al igual que las langostas, también necesitamos cambiar ciertas formas de pensar o actuar, ciertas dinámicas, para que así nuestro caparazón deje de hacernos daño y podamos seguir creciendo y evolucionando.

Podemos tomar una pastilla que adormezca nuestro cuerpo y frene el dolor, que apacigüe la incertidumbre… Sin embargo, si las langostas bien saben que necesitan pasar por este proceso para crecer y evolucionar, ¿por qué nosotros no?

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