Mis hijos no me hacen caso: ¿qué hago?

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La crianza de los hijos e hijas implica diferentes retos para sus padres en función de la etapa evolutiva en la que nos encontremos. La adolescencia es una de los momentos más críticos para ambas partes. Examinemos este fenómeno con un poco más de profundidad.

Laura tiene 16 años y se encuentra tranquilamente en su cuarto mirando su instagram.  Su madre abre la puerta y le dice que la cena está lista y que el resto de la familia la está esperando. Laura le contesta que no le apetece, que ya cuando tenga hambre cenará y que no la moleste más. La madre de Laura no entiende por qué no le hace caso y le dice que como “no vaya a cenar ahora mismo con ellos, se queda sin cena”. Las dos acaban discutiendo y la madre de Laura decide dar un portazo y salir de la habitación. “¿En qué momento mi hija se ha vuelto tan insoportable?”, se pregunta.

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¿Te suena esta situación? La crianza de un hijo y de una hija, a pesar de ser un aprendizaje muy enriquecedor, es un camino lleno de dificultades en el que a veces padres y madres sienten que pierden el control.

Dificultades en el cuidado de los hijos e hijas

La convivencia puede llegar a ser insoportable cuando nuestros hijos e hijas no cumplen las normas de casa. A medida que van creciendo, los pequeños se encuentran en pleno desarrollo de su personalidad. Al llegar a la adolescencia este cambio es más brusco porque buscan una mayor autonomía y sus figuras de referencia ya no son sus padres. Los adolescentes se están formando como personas y, como tal, tendrán opiniones distintas a la de los padres: las discusiones comienzan a aparecer.

Un error muy común en la educación de nuestros hijos e hijas es intentar que no cometan errores o no se enfrenten a ninguna dificultad. De esta forma, conseguimos que los pequeños no aprendan de sus errores y acaben viviendo en una especie de burbuja protectora de todo mal.

Un segundo error es pretender que ellos hagan exactamente lo que queremos nosotros. Por ejemplo, queriendo que nuestros hijos sean ingenieros o que estudien medicina o que sean abogados, como su madre. De esta forma, estamos impidiendo que decidan por sí mismos lo que quieren ser ellos. Se pierde ese matiz de individualidad que caracteriza a cada hijo e hija.

No olvidemos que, al fin y al cabo, son y serán personas con sus propios criterios, gustos, opiniones e intereses y es fundamental respetarlos.

 

Mejorar la relación

La relación de padres, madres e hijos va cambiando a lo largo de la vida. Cuando los niños son pequeños requieren la ayuda de sus padres y madres, que se convierten en una figura principal en su vida. Sin embargo, al llegar la adolescencia, este papel pasa a ser más indirecto y es entonces cuando los padres y madres sienten que ya no forman parte de la vida de sus hijos de la misma forma. Esto los lleva a pensar que están perdiendo el control y es que la relación con sus hijos ya no será igual.

Cuando nuestros hijos son pequeños, queremos que nos obedezcan, si les decimos que no corran por el pasillo, queremos que no lo hagan. Si les decimos que es hora de ducharse, que obedezcan y que se duchen. Al final, si estamos todo el día diciéndoles lo que tienen que hacer estamos desarrollando personas sin sentido crítico, que no aprenderán a pensar por sí mismos.

Al llegar la adolescencia, la relación entre padres e hijos cambia y las figuras de referencia de nuestros hijos e hijas pasan a ser sus iguales, sus amigos. Parece que ya no quieren obedecernos, pero en realidad se encuentran en una búsqueda de su propia identidad y no siempre querrán contar con sus padres.

En esta etapa, es necesario que la ayuda que les queramos proporcionar a los adolescentes sea aquella que ellos necesiten o pidan explícitamente y no, la que consideremos nosotros que necesitan. La comunicación será un punto importante porque se basará en el respeto del espacio y ritmo de estos adolescentes. Les dejaremos claro que estamos ahí cuando lo necesiten, que no vamos a imponerles hablar con nosotros si no lo necesitan en ese momento, pero que cuando sí lo requieran podrán dialogar con nosotros. La excepción se da cuando los adolescentes se encuentren en peligro. En este caso, los padres deberán tomar esa iniciativa para comunicarse con ellos.

Para poder mejorar esta relación entre padres-madres e hijos-hijas, un punto muy importante es trabajar la autonomía desde edades muy tempranas.

Esto requiere mucha paciencia porque tendremos que respetar sus ritmos, lo que depende de cada niño y niña. También es importante desarrollar una buena confianza porque los pequeños irán enfrentándose a dificultades y es necesario no evitar que fallen en su proceso de aprendizaje. La idea es que los padres estén ahí, pero no delante allanando el camino, sino a su lado. Se trata de reconocer que estaremos ahí si lo necesitan, pero que queremos que sean ellos quienes se enfrenten a esas situaciones.

La crianza de un hijo o hija no es nada fácil. No existen fórmulas mágicas porque cada niño y adolescente es un mundo. Sin embargo, es necesario tener en cuenta estos aspectos para mejorar en la medida de lo posible la relación con ellos y poder forjar un ambiente de confianza y seguridad.

 

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