Meditar en la vida diaria: un reto a tu alcance

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 03 de abril de 2017

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Mindfulness, o la práctica de la atención plena, no es una terapia en sí misma sino una técnica que puede sernos muy útil en nuestro día a día. Aunque el ser humano la ha practicado desde hace miles de años de diferentes maneras, cualquier persona puede realizar sencillos ejercicios para situarse en el aquí y ahora de una manera amable y sin tensiones. En eso consiste meditar.

A menudo tiende a confundirse meditar con relajarse o con dejar la mente “en blanco”. En realidad, entrenar la atención no tiene nada que ver con eso. Cuando meditamos hay veces que nos relajamos y otras veces que no pero, en cualquier caso, no debemos esperar que ese efecto ocurra ni lamentar que no ocurra. En segundo lugar, con la meditación pretendemos estar más presentes en el presente, con lo que sea que la vida nos trae, no vaciar la mente para evadirnos.

Meditar puede ser muy sencillo, pero recuerda que es una habilidad que se entrena con cierto esfuerzo y perseverancia. No te preocupes si eres alguien muy disperso o si lo pasas mal solo con pararte cinco minutos en silencio. Meditar es una oportunidad para aprender a estar con esa incomodidad, darte cuenta de tu dispersión y volver a centrarte en lo que toca hacer.

Hay básicamente dos maneras de meditar: la formal y la informal. Para la primera es necesario a aprender algunas nociones básicas y, al menos al principio, estar acompañado de un maestro que te vaya guiando para realizar la práctica correctamente. Sin embargo, puedes empezar a meditar de manera informal hoy mismo aprovechando las actividades de la vida cotidiana.

¿Alguna vez te habías planteado que puedes meditar mientras comes, caminas o escuchas una canción? Pues es posible. Lo único que tienes que hacer es prestar atención a esas actividades y, cuando estés en ellas, dedicarte solo a ellas, dejando que tus pensamientos y emociones sigan apareciendo y marchándose con toda naturalidad, de manera que puedas volver tu atención a donde la tenías puesta.

Coge una mandarina. Date cuenta de su tacto, su temperatura, su color. Ve pelándola poco a poco y pon tu atención en esa actividad. No importa si mientras lo haces te van distrayendo tus pensamientos, simplemente recuerda volver a colocar tu atención con suavidad sobre la mandarina. Ve comiéndola gajo por gajo, atiende a todas las sensaciones que te despierta. Es todo lo que tienes que hacer en este momento.

Camina por la calle, por el campo, por el pasillo de tu casa. Pon tu atención en cada paso que vas dando. Aunque te asalten pensamientos o sensaciones de extrañeza no los rechaces. Basta con que los dejes pasar y vuelvas a poner tu atención sobre tus pasos, sin tensarte. Date cuenta de cómo el pie se va posando sobre el suelo y levantándose a continuación. Nota todas esas sensaciones y cómo se van extendiendo por todo tu cuerpo.

Pon una canción. Puede ser una que ya conozcas o una nueva. Fíjate en su letra. No se trata de oírla de fondo, sino de ir siguiendo lo que va diciendo, enterándote con exactitud de sus palabras, de la historia que te está contando. No pierdas de vista la música mientras tanto, los acordes, las subidas y bajadas de la melodía. Dedícate solo a escuchar la canción con toda tu atención, sin hacer nada más a la vez. Son solo tres o cuatro minutos, no te matará. Esto es lo que toca hacer ahora. Si pierdes el hilo no pasa nada, simplemente date cuenta y regresa a la canción.

La práctica de mindfulness nos permite estar más presentes en lo que estamos sintiendo en un momento dado. A medida que vamos entrenando esta habilidad no tendemos tanto a irnos por las ramas, divagando sobre nuestra realidad o deformándola hasta alejarnos totalmente de ella. Y cuando lo hacemos -que también es humano- somos más ágiles dándonos cuenta de ello y regresando tranquilamente a lo que teníamos entre manos.

¿Te animas a probar?


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