Los riesgos de una información tóxica

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No dispongo de la certeza empírica pero creo que es una obviedad que, en términos muy generales, el uso aumentado de dispositivos electrónicos como ordenadores, tablets y móviles no es tanto una tendencia hipotética sino una realidad, en algunos casos obligada (por ejemplo, debido al teletrabajo).

Por otro lado, en un aspecto tanto social como laboral, es indudable que una de las grandes estrellas de esta emergencia sanitaria están siendo las videollamadas por whatsapp. Ya existían antes, naturalmente, pero estoy convencido de que su uso durante estas semanas no solo ha aumentado sino que se ha disparado, debido sobre todo a todas esas interacciones que en tiempos de normalidad no hubiéramos realizado o hubiéramos llevado a cabo en persona y que ahora han tenido que servirse del soporte electrónico.

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Demasiada pantalla

Disponer de los múltiples avances de la telecomunicación en una emergencia como la que ha generado la COVID-19 es algo que todos debemos agradecer y que, en muchos sentidos, estamos disfrutando. Sin embargo, en una situación como la actual, en la que el uso de estos dispositivos aumenta de manera tan notable -y ya era muy elevado- cabe hacerse una serie de preguntas que también antes debíamos tener bastante presentes: ¿puede ser perjudicial el uso excesivo de las pantalla? ¿Qué consecuencias puede tener en situaciones como la que estamos viviendo el abusar de esta metodología de la información? ¿Es la sobreinformación lo único que debe preocuparnos?

El problema no es sobreinformarse, sino intoxicarse con información mala, es decir, malinformarse

Para empezar a hablar de consecuencias, habría que destacar el factor puramente fisiológico. Sin entrar en detalles, porque no es mi campo, creo que no somos del todo conscientes del nivel en que forzamos un órgano tan valioso como los ojos, que cumplen una función tan crucial, la visión, por tanto uso de pantallas pequeñas, endiabladamente cambiantes, rotantes y brillantes. Sin olvidar, por supuesto, la sobreestimulación inoportuna de nuestro cerebro que estamos provocándonos con el gran uso que -aumentado enormemente durante estas semanas- hacemos de los aparatos con pantalla (televisión incluida, por supuesto).

Por otro lado, efectivamente está el riesgo de «intoxicarnos» con los contenidos a los que tenemos acceso, bien porque son inadecuados en su fondo (que, por supuesto, incluye la forma) o bien porque lo son por su cantidad.

En estos días se habla mucho del término «sobreinformación» para hacer referencia a esa saturación de contenidos presuntamente informativos que engullimos, demasiadas veces sin darnos cuenta. Sin embargo, hay que incidir en que a menudo -y esto es lamentable- el problema no es que nos sobreinformemos (es decir, que nos informemos «mucho» o «más de lo que necesitamos») sino que nos intoxicamos porque nos informamos con falsa información, o con información de falsa utilidad. Es decir, nos desinformamos a través de un torrente de comentarios destructivos, bulos, análisis falaces o claramente sesgados y demás radiactividad comunicativa. Eso, sobre todo cuando sucede en abundancia, no es sobreinformarse, sino mal informarse o intoxicarse por una exposición inadecuada a la información, exposición de la que cada uno haría bien en responsabilizarse.

Es decir, como ciudadanos adultos deberíamos tener un poco más de control, un control más saludable y consciente, sobre la exposición a telediarios, chats, coloquios, programas, redes, etc. a la que nos sometemos. Porque todos esos estímulos, sean rigurosos o, a menudo, tóxicos, entran muy rápido y en gran cantidad en nuestro sistema, saturándolo. Luego nuestro sistema los tiene que procesar y a continuación, naturalmente, el producto resultante (es decir, la conclusión) y también el sobrante (es decir, el puro excremento) tienen que ser expulsados al exterior. Me temo que, como le ocurre a la energía, en cierto sentido tampoco los estímulos informativos ni se crean o destruyen sino que, simplemente, se transforman. Esa expulsión no sucede hacia el vacío, no es impune ni gratuita, sino que impacta en otros (en quienes nos escuchan y rebaten, aquellos que leen lo que escribimos y reproducen ad infinitum aquello que nosotros producimos o compartimos), convirtiéndose en un nuevo input tóxico para ellos y reactivando indefinidamente esta dinámica.

En resumen, debemos tener cuidado con lo que consumimos porque tiene consecuencias en nuestro estado de ánimo y en las creencias que forjamos, y también porque influye en lo que trasladamos en red a los demás. Hemos de ser responsables de ello por nosotros mismos pero también corresponsables, por quienes nos rodean. Debemos considerar que cuidar esto es una forma de autocuidado pero también de cuidado social.

Cortar de golpe: ¿peor el remedio?

Depende de la necesidad que tengamos de «estar informados». Como hemos comentado antes, no es necesario aislarse «informativamente» al cien por cien, incluso puede ser perjudicial, porque todos necesitamos estar al corriente de ciertas cosas importantes: si tal o cual práctica pasa de permitida a prohibida, o viceversa; si se prevé tal o cual fecha para tal o cual medida; si se pone en marcha tal o cual medida que puede beneficiarnos o perjudicarnos, etc.

Es decir, hay que vivir en sociedad y estar mínimamente al tanto de lo que ocurre porque luego no podemos decir que no estábamos advertidos de según qué cosas. No podemos ir cien por cien por libre, hay que convivir y convivir incluye estar mínimamente informados sobre lo importante y sobre lo que atañe a las normas de convivencia.

Ahora bien, para esto no hay que engancharse al hilo de noticias -por llamarlo de alguna manera- las 24 horas de día. Basta con tomar unos mínimos, siendo todo lo demás es perfectamente prescindible y pudiendo dedicar el tiempo y la energía mucho mejor en otras cosas.

¿Cómo reducir el uso de pantallas?

Lo primero, siendo coherentes. Si me doy cuenta de que mi manera de exponerme a los contenidos, por el motivo que sea, no me sienta bien, tengo que tomar responsabilidad en ello, cartas en el asunto: cambiar mis conductas.

Eso puede costar un tiempo, porque todos tenemos unos hábitos e inercias a menudo ya muy establecidos, también en nuestro uso y consumo de la información a través de las diferentes tecnologías que lo permiten. No debemos olvidar tampoco el hechizo hipnótico que la información en general y la tóxica en particular ejercen sobre el público. Al fin y al cabo, la presentación de la información está diseñada tanto oralmente como por escrito para suscitar el clic y el comentario o, cuando menos, el permanecer frente a la pantalla consumiendo más y más. No quiere esto decir que tengamos que aislarnos en una cápsula ajena a todo ítem sobre la situación que estamos viviendo, simplemente quiere decir que debemos dosificar, ser más selectivos, más críticos, menos impulsivos o reactivos. Actuar como espectadores más maduros y, por tanto, ciudadanos más maduros.

Siguiendo este propósito de enmienda, o acaso de higiene informativa, cada cual que establezca su método. Para los menos creativos lanzo aquí algunas ideas. ¿Puedo bucear, incluso chapotear, en mis redes sociales? Claro, un ratito al día, no durante horas. ¿Puedo ver telediarios? Claro, un telediario, no tres más sus subproductos. ¿Puedo hablar del tema en mis grupos de whatsapp, dar mi opinión, debatir con aquellos con los que estoy en desacuerdo? Sí, solo faltaría, pero de manera asertiva, educada, constructiva y, desde luego, limitada en el tiempo. ¿Debo marcarme un horario límite de uso de dispositivos móviles u ordenadores? Sería muy recomendable, desde luego, sobre todo un buen rato antes de acostarte.

Muchas personas no saben entretenerse fuera de las redes o ciertos programas de televisión. No soportan ese vacío

No creo haber sugerido ideas rocambolescas o demasiado gravosas para el público medio, más bien un puñado de recomendaciones muy primarias para poner orden en algunos hábitos a través de conductas relativamente sencillas de cumplir. Sencillas siempre que uno se lo proponga en serio y en virtud de ser coherente con el descubrimiento de su malestar o incomodidad y su consiguiente deseo de encontrarse mejor, de no intoxicarse indiscriminadamente.

Asunto bien distinto es que aquellas personas acostumbradas a ocupar su existencia tecleando y mirando pantallas -a menudo consumiendo auténtica basura y alimentando su vida con ella- de repente, al cambiar sus hábitos, descubran que no saben entretenerse, que no saben manejarse fuera de las redes y los programas de televisión, que no soportan el vacío o el aburrimiento, que quedan desorientadas, etc. Pero incluso así, no es grave, se puede corregir. Si uno no puede hacerlo por sí mismo, entonces es una buena oportunidad para recurrir a la ayuda especializada, por ejemplo, la de un buen psicólogo.

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