Los famosos también lloran

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Vivimos en un mundo donde “los famosos” -las personas conocidas, importantes, populares o cualquiera que sea el calificativo que las señala como tremendamente familiares para el gran público- están muy presentes incluso en facetas a veces inverosímiles de su vida privada.

Muchas veces desvirtuamos nuestra percepción, haciendo más intenso lo que siempre hemos hecho con esos famosos: tendemos a confundir a la persona con el personaje hasta un punto en el que la persona es el personaje. De este modo, solo hay personaje, ese ser es solo y exclusivamente lo que nosotros vemos de él o ella por la función pública que desempeña. Todo lo que se salga del foco es para nosotros, simplemente, inimaginable.

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Cuando se les hacen entrevistas o reportajes más en profundidad, no es infrecuente que muchos de ellos hagan afirmaciones que intentan revertir esta percepción desvirtuada que el “gran público” tiene de ellos.

Con mayor o menor concreción, muchos famosos se esfuerzan por afirmar que ellos también son personas normales como todo el mundo, que tienen vidas normales, con los problemas, las miserias y las servidumbres de la gente normal. Nos recuerdan que, mucho más allá de los coches oficiales, las alfombras rojas, las sesiones de fotos y las imágenes de perfección (físico perfecto, ocio perfecto, ropa perfecta, trabajos perfectos… o, al menos, importantes) ellos son seres humanos que sudan, tienen fiebre, lloran, se rompen por dentro y por fuera y, por supuesto, también se recomponen.

A pesar del auge cíclico de los formatos de reality o de que a veces se produzcan documentales y entrevistas que permiten indagar un poco más allá de lo estrictamente profesional, siempre hay algo sorprendente en el acto de redescubrir la humanidad de los famosos.

Esto se debe a que, si nos fijamos bien, no estamos acostumbrados a ver a nuestras potentes y perfectas celebridades más allá de las ruedas de prensa, las entregas de premios, los photocalls o las tomas de posesión. Incluso cuando pensamos que los tenemos hasta en la sopa, que los hemos visto nacer, crecer, pasar por todos los sacramentos e incluso morir, en realidad olvidamos que solo tenemos acceso a una parte ínfima de su cotidianidad y de su biografía, a menudo una parte cuidadosamente seleccionada de lo que les ocurre, sea bueno o malo.

Es así como nos convencemos de que sus vidas son perfectas y de que ellos son invulnerables. Si tienen un cargo de responsabilidad es porque son fuertes como el roble. Si salen en las revistas es porque su dinero los mantiene a salvo de todo malestar. Si son así de bellos es inevitable que a su alrededor todo lo que florezca sea amor y satisfacción.

Lo cierto es que esto no es así ni muchísimo menos, lo que se pone de manifiesto cada vez que sale a la luz algo relacionado con la salud mental de nuestros famosos, conocidos o importantes personajes públicos. Aunque a veces no lo parezca, aunque creamos que vienen de otro planeta y están hechos de otra pasta, ellos y ellas tienen el corazón en el mismo sitio donde lo tienes tú y, cuando reciben un golpe, se rompen por el mismo sitio por el que tú te rompes.

¿Recuerdas el tan cacareado en su momento -y rescatado después- “momento chándal” de Chenoa? Evidentemente eso no es un ejemplo de problema de salud mental sacado a la luz, sino una muestra de tristeza pura, dura y comprensible… solo que con cámaras delante, que aumentan el impacto de descubrir a una persona famosa en una expresión de máxima vulnerabilidad.

Sin embargo, el chándal tiene diferentes grados y algunos de ellos pueden ser realmente graves o tener que ver con situaciones mucho más críticas en los personajes que han pasado por ellas. A todos les pasa, con la salvedad de que solo nos enteramos de las crisis de algunos de ellos.

Desengañémonos, nuestros famosos lo pasan mal, al menos tan mal como cualquiera de nosotros. Ya sabes: son humanos y tal. Algunos de ellos, de una manera controlada y normalmente en condiciones de seguridad, se prestan a un destape sincero sobre sus problemas, sufrimientos y ansiedades. Hace algunas semanas Leiva, quien formara parte del grupo Pereza y que actualmente es célebre por encargarse de la banda sonora de La llamada, habló abiertamente sobre la hipocondria que le acompaña en su día a día: un problema de salud mental que, controlándolo mejor o peor, puede llegar a llenarle de una angustia y miedo realmente incapacitantes.

Este trastorno, asociado a unas altísimas dosis de ansiedad, no es el único problema que aqueja a nuestros personajes públicos. Recientemente la prestigiosa escaladora Edurne Pasabán habló del grave episodio de depresión que atravesó hace algunos años, a raíz del cual intentó suicidarse en dos ocasiones y por el que tuvo que ser ingresada e iniciar un tratamiento.

La depresión, aunque tiene grados que van desde leve a severa, es un problema de salud mental grave que, como acabamos de mencionar, puede llegar a poner en serio riesgo la vida de quien la padece.

A menudo silenciada, es muy valioso que aquellas personas que sufren o han sufrido depresión en el pasado compartan su experiencia, la normalicen y la pongan en palabras, incluso en sus aspectos más extremos. Para ello no es necesario caer en el morbo ni rastrear entre las tripas de nadie: Pasabán compartió su sufrimiento con gran dignidad y prestó su cara a todas aquellas personas que padecen el mismo problema que ella padeció y que, quizá, lo ven acrecentado por el silencio o el aislamiento.

En la lenta tarea de acabar con la ocultación de problemas de salud como la depresión fue también importante el gesto del futbolista Andrés Iniesta, quien afirmó en un libro biográfico haber atravesado un proceso depresivo que afectó gravemente a su rendimiento en el terreno de juego y para cuya superación fueron imprescindibles varias cosas: darse cuenta de ello, admitirlo, pedir ayuda, recibir tratamiento y, por supuesto, contar con el apoyo de su entorno.

Según van destapándose, los ejemplos se acumulan. Es de todos sabido que, como sucede en otras profesiones más anónimas, los deportistas de élite están sometidos a una gran presión. Ya sea en la cumbre de sus carreras -nunca mejor dicho en el caso de la alpinista guipuzcoana- o una vez finalizadas estas, el estrés acumulado, la sensación de vacío vital tras retirarse, las expectativas generadas o las facetas de la vida que han quedado descuidadas por volcarse de lleno en una carrera profesional cruelmente exigente pueden poner a la persona frente al abismo.

Algo parecido sucede con los cantantes. Antes mencionamos la lucha cotidiana de Leiva con su percepción de la enfermedad, pero en el caso de otros artistas la quiebra de la salud no se debe a algo tan continuado, antiguo o “cotidiano” en su biografía, sino más bien a una crisis muy localizada en el tiempo y que luego, deseablemente, puede revertir.

Aunque no siempre es fácil, para llevar de manera saludable el alto nivel de exposición pública y la exigencia frente a los resultados que esperan sus fans y que ellos se demandan a sí mismos es importante saber calibrar las fuerzas y tomarse los descansos necesarios.

En la oficina, en la fábrica, en el colegio o en el hospital no siempre somos conscientes de cuándo estamos quemándonos o cuándo ya estamos prácticamente calcinados. Tampoco es fácil encima del escenario y a veces el cuerpo (que es la única parte de nosotros que nunca engaña) es quien mete el freno de emergencia cuando la mente, la emoción y la conducta han excedido con creces su capacidad para maquillar una realidad de agotamiento.

Eso es lo que le pasó hace unos  años a la cantante Pastora Soler, quien literalmente “se rompió” por dentro en mitad de una actuación. Presa de una angustia que acabó por saturarla, Soler tuvo que iniciar un serio periodo de descanso para reformular su manera de trabajar y, sobre todo, para recuperar su salud física y mental.

Aunque no de manera tan grave como en el caso de la intérprete de Quédate conmigo, otro ejemplo de saturación que reclama descanso fue el experimentado por Pablo AlboránNo lo tenía previsto, pero el cantante malagueño se dio cuenta durante una actuación de que el ritmo de trabajo que llevaba no era el adecuado para su bienestar. No se “rompió” ni sufrió una intensa crisis, pero sí fue capaz de identificar las señales de alarma con que se anticipan los grandes vendavales mentales y emocionales. Gracias a eso, Alborán pudo hacer un parón de manera controlada, progresiva y firme: “Me dije que iba a terminar lo que ya tenía programado, pero que iba a cambiar el chip, que necesitaba desconectar, necesitaba realmente volver a la calma. Y tenía la cabeza en el próximo disco, en poder componerlo con tiempo, sin prisa, sin fecha… Necesitaba vivir un poquito y vaciarme”, fueron sus declaraciones durante un programa de televisión.

Volviendo al terreno del deporte, a veces no tiene lugar ninguna crisis fuerte pero sí una vivencia intensa de ciertas emociones que conviene manejar para que sirvan de acuerdo a su función y no bloqueen a la persona.

En una entrevista concedida hace ahora dos años el campeón del mundo de carrera de montaña Kilian Jornet hizo algunas reflexiones interesantes sobre la soledad. “Es muy importante -afirmó Jornet- y, personalmente, creo que hay que vivirla. Es imprescindible. Cuando estás solo [la soledad] es como un espejo en el que te puedes ver. Analizas qué cosas te preocupan, puedes discernir entre lo que es importante y lo que no. En sociedad es difícil hacerlo porque siempre estás comunicando y te estás proyectando en otras personas. Yo puedo estar un mes solo, sin ver a nadie, y estoy bien. Estoy con mi flow (mi rollo) y reflexiono sobre lo que quiero ser, sobre mis miedos…”.

Precisamente, este especialista en deportes extremos o, más exactamente, en la práctica extrema de algunos deportes, se manifestó muy consciente de la función protectora que cumple el miedo, lo cual es imprescindible para que alguien con su profesión salga adelante: “La mitad de las veces que voy a la montaña me doy la vuelta por miedo. Sé que o técnicamente no estoy preparado, o que las condiciones no están bien, o hay equis riesgo. Hay muchas cosas que en las montañas no podemos controlar. Ese miedo es el que nos mantiene vivos”. 

Las crisis personales, los bajones bruscos o progresivos en nuestra salud mental, son algo que forma parte de la normalidad de nuestra vida y esto, nos sorprenda o no, también incluye a las personas que salen por la televisión, en las revistas o nada más hacer click en nuestro navegador de internet. A veces el tratamiento periodístico de estos temas es muy elegante  y otras, simplemente, se soslaya la realidad del problema para poner el foco en el salpicón de sangre o el pastillero descolocado.

Sea como sea, nuestro consejo es que te fijes de manera crítica en la realidad de las cosas. Ya que tienes acceso a esas facetas menos agradables pero inequívocamente humanas de los famosos, su experiencia compartida puede ayudarte a normalizar tu propia situación y tener una visión más compasiva de las personas en general, en este caso respecto a los temas de salud mental.

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