Las 4 funciones psicológicas que cumplen las redes sociales

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A veces parecen un patio de vecinos (no tan) bien avenidos donde lo único que hay es un caótico intercambio de opiniones sobre diferentes temas, sobre todo asuntos de actualidad. Sin embargo, las redes sociales tienen un efecto más profundo en nosotros. La razón está en que satisfacen una serie de funciones psicológicas que van más allá del a veces tan necesario “matar el tiempo”, nombre nada técnico que a veces utilizamos para describir nuestro combate contra el aburrimiento. 

Obviamente no todo el mundo utiliza las mismas redes de la misma manera y tampoco con los mismos objetivos. Por eso, no todo el mundo ve satisfechas las mismas necesidades psicológicas a través de su uso de las redes sociales. No obstante, con carácter general, podemos afirmar que las redes sociales cumplen al menos cuatro funciones psicológicas para sus usuarios, sobre todo cuando son usadas con frecuencia e intensidad. A continuación puedes ver con más detalle cuáles son.

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1. Las redes son un espacio de descarga emocional

Las redes sociales son escenarios de extremos. Quizá una de las razones que lo explican es que, entre tanto ruido y basura como abarcan, la tibieza no funciona igual que el arrebato. Gracias a la impunidad relativa que ofrecen estos medios -más de las que sus gestores aparentan combatir- muchas veces las redes sociales parecen un vertedero enloquecido donde todo el mundo se siente autorizado a liberar su furia en lugar de un espacio para compartir información de manera constructiva. 

En este punto es importante dejar claros un par de matices. En primer lugar, muchas personas olvidan que el desacuerdo con algo no es lo mismo que insultar ni ser violentos, de modo que expresan su odio a lo que sea con un estilo que difícilmente emplearían cara a cara (¡por suerte!). 

Por otro lado, en un ámbito más psicológico, está una de las conductas más habituales en ciertas redes sociales: la descarga. Este mecanismo, aunque se reduzca a un burdo despotrique de andar por casa -o andar por Facebook- es imprescindible. Utilizarlo nos ayuda a que la tensión emocional no nos salga por las orejas y tengamos la sensación de que hay un lugar donde podemos expresarnos con gran honestidad. Es lo que comúnmente se conoce, más que como opinar, como desahogarse. 

Sin embargo, quedarse en ese nivel descarga nunca es lo mismo que integrar de manera auténtica una emoción. Descargar es gritar, soltar hacia el mundo nuestra energía… o nuestra porquería. Integrar es permitirse sentir la furia sin que nos descompense, con una conciencia suficiente de su contenido y sin que, por supuesto, su expresión genere más daño que quedárselo dentro en forma de rumiación íntima y no compartida. 

Las redes ayudan a descargar la furia, pero expresar el desacuerdo no implica necesariamente ser violentos

Sería interesante que te preguntaras en qué medida utilizas tus redes sociales sobre todo como un espacio de descarga emocional. En caso afirmativo, ve un paso más allá y plantéate: ¿funciona?, ¿a qué precio?

2. Con las redes sociales también construimos nuestra identidad

Existen básicamente dos usos de las redes sociales, ambos igualmente legítimos. Por un lado está el propio de los observadores pasivos, que básicamente se limita a enviar likes y retuits (y derivados) de manera unidireccional. Por otro lado, existe un uso más intenso y proactivo, en el que la persona “genera” su propio contenido además de expresar su opinión sobre el contenido ajeno o compartirlo. 

A través de la información que ofrecemos en nuestros perfiles, de las personas, empresas o plataformas a las que seguimos, de nuestros seguidores, los contenidos que compartimos y aquellos sobre los que indicamos una opinión (favorable o desfavorable) conformamos parte de nuestra identidad online, que es parte de nuestra identidad a secas. No obstante, lo que más aporta a esa identidad es el contenido que nosotros mismos creamos: esa foto que publicas, ese artículo que compartes, ese comentario que haces sobre algo y tus contestaciones a los comentarios de los demás. 

Aunque no siempre seamos conscientes de ello, a través de este uso vamos conformando una imagen de nosotros mismos: qué queremos que los demás vean de nosotros y qué queremos que piensen al respecto. Es aquí donde tiene cabida lo que los expertos denominan reputación online. Sí, eso que aparentemente la casi totalidad de usuarios de las redes sociales parece empeñado en masacrar. 

Las redes sociales son un elemento constructor de nuestro propio personaje, por eso es tan importante cuidar este aspecto para que ese personaje no sea un Frankenstein que se vuelva contra nosotros. 

3. Las redes nos aportan un sentido de pertenencia

No nos engañemos: las redes sociales se llaman redes y se califican como sociales por una razón. No son un diario privado sino una compleja plataforma de contacto con otras personas. Puedes tener diferentes objetivos a la hora de utilizarlas, pero nunca el de estar solo o hablar al vacío. 

De hecho, usar una red social es lo contrario, conceptualmente hablando, a la soledad de nuestro diálogo interior. Luego ya están los diferentes tipos de público que cada usuario busca: cuantos más mejor, solo de un determinado sector, solo individuos a los que conozco personalmente, mejor cuanto más diverso, homogéneo ante todo… Eso da igual. En las redes sociales nos expresamos siempre con la expectativa de generar un impacto en otras personas. 

En realidad, normalmente las empleamos para contactar con gente afín a nosotros. De manera instintiva vamos buscando el asentimiento de sujetos con quienes nos sentimos identificados o, simplemente, que nos interesan por diferentes razones y a quienes quisiéramos gustar. ¿Para qué? Para paliar el silencio de lo que sería ese diario privado que mencionábamos antes. Para sentir que formamos parte de un grupo que está burbujeando en el salseo de la información compartida. Usamos las redes sociales con la expectativa de ser escuchados y, a ser posible, aplaudidos. Las redes sociales están ahí y, lo admitamos o no, gran parte del uso que hacemos de ellas se basa en el mutuo intercambio de aprobaciones.  

4. Validación

Y es que ya te habrás dado cuenta de una cosa: Instagram es el ¡Hola! de los pobres igual que Twitter puede llegar a ser el The New York Times de los opinadores aficionados y Facebook… Bueno, vamos a dejar a Facebook en el grupo de artefactos inclasificables con más usos que la Thermomix.

Sea como sea, lo que tienen en común todas esas redes es su enorme capacidad para hacernos sentir importantes. ¿Cómo lo consiguen? Dándonos la posibilidad de expresarnos y recibir respuestas de todo tipo, sobre todo aduladoras, siempre que nuestra publicación sea lo suficientemente neutra, inocente o esté certeramente dirigida al público adecuado. 

Las redes sociales, cada una desde su concepto, facilitan la satisfacción de eso que todo el mundo persigue aunque lo niegue: un poco de cariñito. O mucho, a ser posible. Todos queremos hacer una declaración contestada por cien y retuiteada por mil, colocar un titular de impacto, proclamar públicamente nuestro amor (si lo hacen las estrellas, ¿por qué nosotros no?) o redactar una columna de opinión como se hace en los medios oficiales. Pero sobre todo, una vez más, gustar. Gustar rabiosamente. Gustar a cuanta más gente mejor, aunque sea a base de lanzar el siempre socorrido aunque displicente: “Al que no le guste que no mire”. Da igual si ese mensaje llega a cien o a mil personas. En nuestra fantasía funciona igual que si llegara a un millón. Gracias a las redes sociales todos podemos ser Reina por un día… todos los días y a todas horas. 

Las redes sociales facilitan conseguir algo que todo el mundo necesita: cariño

Nuestro narcisismo -o, si lo prefieres, nuestra autoestima- no vive del aire: necesita ser alimentado. Aunque solo sea durante un rato, todos queremos sentir de alguna manera que tenemos cierta resonancia social, que nuestras opiniones, nuestras ocupaciones, nuestra vida, pueden llegar a ocupar el mismo espacio y tener el mismo estilo que las de aquellas personas que sí son famosas o relevantes y aparecen en los medios de comunicación. Y, sobre todo, necesitamos percibir que gustamos. Que decimos cosas inteligentes. Que somos guapos. Que vestimos a la última. Que somos ese alguien que es alguien porque está en ese sitio donde está quien es alguien. Aunque la cosa trate del último grito en hortalizas para gin tonic o sobre las mejores croquetas veganas de la ciudad.

Siempre es interesante reflexionar en profundidad sobre cómo nacieron las diferentes redes sociales que todos conocemos y acerca de cuál es el uso adecuado que debe hacerse de ellas. Lo que no podemos perder de vista es que su utilización -sobre todo cuando es recurrente- tiene un impacto psicológico complejo en nosotros que no se reduce al puro entretenimiento o intercambio de información. Tener claros el porqué y el para qué de nuestro uso de redes sociales nos ayudará a ponerlas a nuestro favor en lugar de emplearlas para hundirnos unos a otros.

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