La máscara que te oculta de los demás

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A veces nuestro mecanismo de defensa para evitar ser heridos es ocultar a toda costa nuestras zonas más vulnerables, aquellos huecos de la muralla por los que mejor se nos podría dañar, nuestros puntos flacos.

Se trata de aquellos aspectos de nuestra personalidad o bien de nuestra biografía que consideramos fallos, carencias, defectos o vergüenzas. Para lograr que esta información no llegue a quien podría utilizarla para no aceptarnos o invalidarnos de alguna manera, podemos llegar a volvernos extremadamente reservados. Es decir, colocamos en torno a la imagen que ofrecemos a los demás (o que creemos que les ofrecemos) una gruesa pantalla, filtro o muralla que matiza la imagen y que, en definitiva, oculta para de su contenido. Otras veces ese filtro o pantalla provoca una enorme distorsión en la imagen que intentamos dar (que, insistimos, no siempre se corresponde con la que damos de hecho), para no dar a conocer al “enemigo” aquellas zonas por las que el mito cae y nace el humano y, de paso, ofrecerle un material idealizado, mucho más aceptable.

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Normal hasta cierto punto

Todas las personas hacemos esto en alguna medida, es un típico mecanismo de defensa que nos ayuda a proteger nuestra identidad, a promover que los demás nos acepten (es más probable que lo hagan si ven lo bueno que si ven lo malo, o aquello que nosotros consideramos como malo) y que nos permite preservar parcelas privadas e íntimas en las que podemos ser cómodamente la verdadera persona que somos, también con nuestros defectos, sin estar expuestos al juicio ajeno.

El problema es cuando generalizamos tanto este mecanismo que lo hacemos excesivo y rígido: cuando consideramos que todo el mundo es ese “enemigo” o cuando confundimos aspectos perfectamente respetables -o, al menos, asumibles por los demás si se lo proponen- con defectos, vergüenzas o aspectos tan terribles que deben permanecer ocultos al exterior a menos que queramos permanecer aislados o repudiados. Es decir, el problema aparece cuando se nos va de las manos la desconfianza en la capacidad de los demás para aceptarnos con nuestras zonas oscuras.

Es necesario que todos utilicemos mecanismos de defensa para proteger nuestra identidad e intimidad

Cuando esto ocurre, la consecuencia es que nuestras relaciones interpersonales se vuelven superficiales, ya que no nos ofrecemos a los demás con la suficiente autenticidad o profundidad de contenidos, es decir, tanto con lo bueno que tenemos como con lo que no es tan bueno, o lo que no nos gusta de nosotros mismos. Además de desconectarnos de los demás también nos desconectamos de nosotros: compartimentamos tanto nuestras facetas que acabamos negando aquellas que ofrecen más sombras, en lugar de darles un espacio más integrado y coherente dentro de la totalidad del ser humano que somos.

Autoestima y narcisismo

La causa de esta necesidad distorsionada de protección, aun siendo muy humana, es como una moneda de dos caras. Por un lado estaría una autoestima endeble, que nos lleva a ver zonas oscuras y vergonzantes por todas partes cuando nos observamos, a desconfiar de nuestra capacidad para ser aceptados a pesar de ellas, a poner el foco excesivamente lo que no nos gusta de nosotros en lugar de colocarlo más armónicamente también en nuestras otras facetas.

En la otra cara de la moneda encontramos un narcisismo mal configurado. Llevados por él, no somos capaces de asumir que, como todo ser humano, tenemos “zonas oscuras”, nos peleamos con ellas en el intento de negarlas o, al menos, ocultarlas, pretendiendo que los demás solo obtengan una imagen idealizada de nosotros que no es ni natural, ni espontánea ni suficientemente completa. Este narcisismo también nos lleva a hacer trampas en el juego de gustar, es decir, en el juego de ser aceptado: no acato las normas que dicen que no soy perfecto y que no le puedo gustar a todo el mundo y juego con las cartas marcadas, para así intentar gustar a todos o, si esto no es posible, no disgustar a nadie. Me mueve el deseo descontrolado de contentar a todos, encajar socialmente a toda cosa y ser aceptado por cualquiera.

De qué está hecha la sombra

Sea o no arriesgado afectiva y socialmente este mecanismo, lo cierto es que está muy extendido. Por otro lado, puede generar pequeños y grandes éxitos sociales pero no es muy eficiente en el nivel del bienestar psicológico continuado. Es importante asumir que todos tenemos zonas oscuras, hechas de múltiples materiales. Algunos de esos materiales son defectos de nuestra personalidad que, si nos ponemos a ello, podemos mejorar y pulir hasta cierto punto. Está muy bien que lo hagamos o que lo intentemos, eso nos ayudará a ser mejores, a estar más a gusto con nosotros mismos y facilitará que los demás también lo estén con nosotros.

Tanto la autoestima como el narcisismo están presentes en el uso de ciertos mecanismos de defensa

También hay materiales que son errores que hemos cometido o sucesos negativos que nos han ocurrido a lo largo de nuestra vida. No existe ninguna biografía impoluta, todos hacemos cosas lamentables en algún momento y a todos nos ocurren cosas que, sin ser nuestra culpa, nos da miedo que sean conocidas por los demás. Otros materiales no son ni defectos, ni errores ni golpes recibidos por el camino, sino simplemente la oscuridad de nuestra existencia, una oscuridad natural e inevitable, imprecisa o muy perfilada, como lo son las sombras.

No somos estatuas, ni dioses ni santos. Todos somos personas con zonas claras y oscuras y no todas nuestras sombras pueden iluminarse, igual que muchas sombras que hemos creído tales en realidad no son tan oscuras como pensábamos. Está bien esforzarse por mejorar lo que puede mejorar y dejar estar lo que, simplemente, no puede cambiar, aunque nos duela y desearíamos que no existiera. También está bien protegerse de los posibles daños externos y preservar nuestra parcela de intimidad, como bien está querer gustar y aparecer máximamente presentables a ojos de los demás. La cuestión es el grado de armonía con que conseguimos que todo esto suceda a la vez. Calibrar bien qué mostramos, a quién y cuándo, y qué no. Ofrecer en cada momento nuestra mejor versión real, la que es posible en ese momento, no una versión tan distorsionada u ortopédica que resulte mentirosa y que, si es así, no va a durar demasiado ni sirve para mejorar nuestras relaciones.

En definitiva, sentir el poder ser nosotros a pesar de nuestros pesares. Sentir, de manera auténtica y hasta donde se pueda, la extraña alegría de ser nosotros y asumir que otras veces tendremos que conformarnos con el peso desagradable de nuestras sombras. Qué le vamos a hacer sino intentar manejar bien esa dinámica o bien pedir ayuda a un psicólogo para que, hasta donde sea posible, nos ayude a conservar esa armonía.

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