La historia de «Por qué hacer terapia me cambió la vida»

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Recuerdo el día en el que decidí comenzar una terapia personal. Ya había hecho algún intento, pero si soy cien por cien honesta, nunca me lo había planteado de forma tan real, casi como si fuera una necesidad.

Esta vez estaba rota por dentro, ésa es la única palabra que se me ocurre para explicar cómo me sentía. Rota. Como si fuera un jarrón que alguien hubiera dejado caer desde un décimo. Me sentía incapaz de recomponer las piezas.

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No era mi primera ruptura de pareja, seguramente no sería la última, apenas habíamos estado juntos unos meses, pero nunca me habían flaqueado las fuerzas de esta manera. Me levantaba con ansiedad por las mañanas (yo por aquel entonces todavía no sabía que se llamaba así), y me acostaba llorando cada noche. Sentía que las paredes de mi casa se caían encima de mí, pero nadie lo sabía. Disimulaba continuamente cuando veía a mis amigos o familiares.

Aquel día no pude ir al trabajo, era incapaz de dejar de llorar. Cuando llamé para decir que estaba enferma apenas podía ni pronunciar palabra, se atragantaban las lágrimas en mi garganta. No podía seguir disimulando…

Estaba física, mental y emocionalmente agotada, había llegado al límite.

Por suerte o por desgracia, tenía conciencia de dónde podían venir algunos de los problemas que tenía, pero nunca había querido verlo. No me atrevía a mirar en mi pasado. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Era el momento de cambiar las cosas. No podía, o mejor dicho, no quería seguir cometiendo los mismos errores. Cada ruptura dolía más.

Así es como decidí dar el paso de pedir ayuda profesional, tenía la esperanza de cambiar mi vida pero no sabía por dónde empezar. Sin embargo, sentía miedo. Miedo y vergüenza. ¿Cómo iba a decirle a la gente de mi alrededor que necesitaba un psicólogo? No querían que pensaran que estaba loca, y aunque ahora lo veo desde otro punto de vista, reconozco que me costó hasta contárselo a mi familia.

Recuerdo que no fue fácil, sobre todo al inicio. Lo que más me costó fue abrir la puerta de mis sentimientos a Pablo, mi terapeuta. ¿Cómo iba a contarle a alguien todas aquellas cosas que había hecho y de las que me arrepentía? ¿Cómo iba a dejarle ver todas esas cosas que había permitido que hicieran conmigo? Yo, que parecía «tan fuerte» a ojos de los demás… Menos mal que lo hice, no sé que hubiera pasado si no hubiera explotado aquel día…

Eran muchos los momentos en los que pensaba en tirar la toalla, no todas las semanas apetecía rebuscar entre la basura. A veces me ponía muy triste o me cabreaba, y otros días me daba por pensar que la terapia no servía para nada porque Pablo no me daba respuestas o no veía cambios, al menos no al ritmo que yo quería. Luego, cuando me calmaba, me daba cuenta de todos los pasitos que estaba dando en mi vida y decidía seguir adelante.

Hace falta valor para mirarse al espejo y aceptar todos los diferentes ‘yo’ que tenemos en nuestro interior. Fue entonces cuando comprendí por qué algunas personas abandonan la terapia, porque no es fácil y remueve mucho, sobre todo cuando te das cuenta de que algunos comportamientos que has tenido desde siempre son tóxicos, como era mi caso.

Supongo que la terapia me ayudó precisamente a eso: a aceptar y respetar quien era yo, incluyendo «mis partes más oscuras»… Y eso hacía que todo pareciera un poco más claro a mi alrededor. Es como si durante toda tu vida hubieras visto la vida con unas gafas de color oscuro, y de repente, te pusieras otras.

Empezaba a ser consciente de lo que quería y merecía, y lo que no. Mis criterios cambiaban y mi forma de relacionarme también, y claro, eso afectaba a las relaciones que había tenido hasta el momento con las personas de mi alrededor. No era fácil, pero me hacía bien, y yo misma lo sentía.

Ya no estaba dispuesta a soportar las mismas cosas de siempre y no a todo el mundo le gustaba, pero yo me sentía mejor.

Empezaba a importar más lo que pensara yo sobre mí, que lo que pensaran los demás, y desde luego, sufría mucho menos.

Ahora, y sobre todo con mi nueva pareja, ya no me tomo las cosas tan a la tremenda por ejemplo. Siento que por primera vez estoy con alguien con el que puedo sentarme a hablar. He aprendido a perdonar a mi madre por cosas del pasado, y a hablar las cosas de forma diferente cuando algo me enfada. Estoy más tranquila, me encuentro mejor conmigo misma y eso me permite sentirme más relajada con los demás.

Por todo eso y más, hacer terapia me cambió la vida, y por eso me he decidido a contar estoy hoy. Por si alguien me está leyendo y se siente identificado. Para poder ayudar a cambiar la vida de alguien más y darle el empujón que yo hubiera necesitado en su momento: no hace falta llegar al límite para hablar con un psicólogo

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