La ansiedad: cuando tu miedo va por libre

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 06 de julio de 2017

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Quizá tú no lo sabes, pero la ansiedad tiene que ver con el miedo, y el miedo tiene que ver con la percepción de una amenaza. No importa si esa amenaza para nuestra integridad es real, probable o imaginaria: nuestro organismo está diseñado para activarse y desactivarse en función de cómo valora el riesgo de recibir un ataque.

Habrás notado que algunos animales se quedan paralizados cuando se enfrentan a un peligro. Otros huyen despavoridos. Los humanos no somos muy diferentes a ellos. De hecho, en nuestro repertorio de respuestas para los peligros tenemos tanto la parálisis como la huida, y las utilizamos en función de la situación, de nuestras experiencias previas, nuestras habilidades…

Es evidente que quedarse quieto no tiene nada que ver con salir corriendo y que son respuestas muy diferentes, al menos a la vista. Sin embargo, tienen algo en común: ambas se deben al miedo, están ahí para protegernos, se han puesto en marcha incluso antes de que nos hayamos dado cuenta de que un peligro nos acecha y, sobre todo, generan en nuestro cuerpo una gran activación.

A esta activación que sentimos en el cuerpo normalmente la llamamos “nerviosismo”: nos cuesta respirar, el corazón nos va más rápido, se nos eriza la piel, nuestras pupilas se dilatan, incluso nuestros párpados se levantan un poquito más de lo normal y nuestros músculos se tensan. Todas estas respuestas se deben a una única causa: nuestro cuerpo se está preparando para la acción y está dejando para después todo lo que no sea importante de cara a gestionar esta amenaza.

Una vez que todo pasa, soltamos cuerda: nos relajamos y volvemos a funcionar con normalidad. Pero recuerda, este mecanismo se pone en marcha tanto si el peligro es real como si es imaginario, es decir, tanto si el peligro está presente como si ya ha pasado. Por eso, incluso cuando aparentemente todo funciona según lo previsto, hay personas que notan en su interior una activación, un nerviosismo que las incomoda, una aceleración innecesaria para lo que tienen que hacer en ese momento. Es ansiedad y, como hemos dicho antes, la ansiedad tiene que ver con el miedo y el miedo… ya sabemos que a veces es muy libre y confunde las señales de peligro, o sigue viéndolas incluso cuando hace ya un rato (o un buen rato) que se han apagado.

Hay personas más tranquilas y personas más ansiosas. Eso se debe a las vidas que llevan, su educación, cuestiones genéticas, diversos aprendizajes y experiencias que han tenido a lo largo de los años… No pasa nada, cada uno es como es. Sin embargo, si eres de esas personas que se aceleran en exceso y se activan a la mínima… conviene que tomes cartas en el asunto porque (y esto va en serio) pocas cosas desgastan tanto el cuerpo y el ánimo como la ansiedad.

Piensa que este patrón de activación que pones en marcha de manera sistemática, sobre todo en la medida en que se te activa cuando no hace falta hacerlo, te impide descansar y disfrutar de la vida. Piensa en tu cuerpo, en toda esa actividad frenética que tiene lugar dentro de ti, ¡no es gratis!

Es importante que tomes conciencia de ello y que aprendas algunas estrategias para reconducir esa manera de funcionar. En este blog te hemos explicado ya algunas, por lo que te invitamos a que las repases e incorpores a tu caja de herramientas algunas habilidades de relajación. También te será útil ajustar tus pensamientos amenazadores y regreses al presente (donde los dramas del pasado ya sucedieron y los dramas del futuro todavía no han llegado).

Si no eres capaz de hacerlo sin ayuda, recuerda que los psicólogos trabajamos con esto cada día y podemos acompañarte en este aprendizaje. Se trata de tu bienestar y no es tan difícil aprenderlo. ¿Te animas a intentarlo?


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