Eurovisión: festival para psicólogos

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 27 de mayo de 2019

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Hace algo más de una semana se celebró una nueva edición del Festival de Eurovisión y no podemos resistirnos a comentar este evento planetario desde nuestro particular punto de vista. Al fin y al cabo, los psicólogos también bajamos de vez en cuando la persiana, vemos la televisión y luego volvemos a ponernos en marcha.

Suponemos que los cantantes y sus respectivos equipos deben sufrir un gran desgaste antes de regresar a sus casas. Por eso, no cabe duda de que Eurovisión les hace vivir numerosas experiencias con las que podemos trabajar a nivel terapéutico.

Las responsabilidad de haber sido seleccionado, las dudas respecto a la canción, las decisiones sobre cómo ponerla en escena, la ilusión, la presión, la prensa, las expectativas, los ensayos agotadores con tus rivales pisándote los talones, vivir el show y las votaciones… Todo eso merece ser atendido para que no acabe antes de tiempo con la salud del cantante.

Por eso es muy importante que todo participante en Eurovisión esté preparado antes, durante y después de su actuación, independientemente del resultado final. Debe prepararse para perder, porque su ilusión y su esfuerzo no garantizan por sí mismos que vaya a quedar en primera posición. De hecho, puede hacerlo genial y quedar el último.

Los cantantes también deben prepararse para ganar. En el vencedor se reactivará una nueva ola de estrés -con más sonrisas y flashes, pero estrés- que puede volverse en su contra si no se contiene adecuadamente.

Así pues, un “europsicólogo” tiene ante sí todo un campo para motivar, escuchar, apoyar y reubicar a su paciente.

Al final de este artículo daremos más recomendaciones que esperemos que en algún momento lleguen a nuestro buen Miki Núñez. Pero antes, ¿por qué no un poco de repaso a lo que Eurovisión, en general, suele dar de sí?

No controles mi forma de cantar

Te dediques o no la psicología hay cosas que saltan a la vista en este tipo de programas. Una de ellas es que lo que vemos sobre el escenario de Eurovisión desafía los límites de la estética hasta confundirlos con los de la ética.

Por un lado, están las canciones de (des)amor más bien blanditas, de esas que nos han gustado desde siempre pero solo lo confesamos tras un buen taller de empoderamiento o sobre cómo abrazar nuestro sufrimiento mientras abrazamos el tronco de un árbol. Estas canciones se intercalan con “cosas” que se parecen a una canción-protesta camuflada bajo una coreografía imposible o un batiburrillo de arneses, pelucas o efectos de pantalla destinados a abrasar retinas y derretir cerebros.

Está claro que, si Eurovisión no existiera, un puñado de presidentes de gobierno, banqueros misteriosos y electricistas amantes del petardeo tendrían que inventarlo.

Un festival de las emociones

Eurovisión tiene algo de Juego de Tronos con guion de la Asociación Americana de Psicología y dirección de Raffaella Carrà. Intrigas, rumores, venganzas, rencor, decepciones, patinaje sobre cualquier superficie, mucho fuego, su poquito de chisporroteo, un buen golpe de melena y orgía de confetti para el fin de fiesta. ¿En qué congreso de psicopatología has visto un festín así?

Tanto si estás a pie de escenario como en el salón de tu amiga poniéndote ciega a quicos mientras murmuras maldades, hay algo que no puedes negar: sabes que alguien, quizá tú, va a sentir cosas realmente mágicas esa noche.

Solo hay que ver a los presentes cada vez que la cámara los enfoca para comprobar lo entregados que están a cualquier canción que se ponga por delante. Ya se sabe que no hay nada como llegar entregado a una gala y seguir entregándose durante la misma con todas las dosis extra (de entrega, se entiende) que hagan falta.

A algunas personas puede dejarlas perplejas tal nivel de implicación pero es que hay cosas que no te las pueden explicar, no las tienes que entender, solo puedes vivirlas. Una de ellas es el arte abstracto. Otra es el Rocío. Y la otra es Eurovisión.

El nuevo Orgullo Gay

El colectivo LGTBI se ha apropiado del festival y lo ha incorporado como santo y seña comunitario. Era solo cuestión de tiempo que ocurriera, ya que esta comunidad ha hecho de la apropiación y la resignificación una marca de clase. Y el despiporre de la canción ligera con aire de campamento intercultural era una presa más que fácil para ello.

Eurovisión tiene un doble efecto sobre el colectivo. Por un lado aglutina a sus integrantes en torno a una nueva causa, fortaleciendo de este modo su identidad. Por otro, sobre todo para aquellos gais que se sienten más ajenos al Eurovision Song Contest, este evento es un horror más, una especie de engendro que alimenta tópicos con los que no desean ser identificados.

Con alegría o refunfuñando, la gran familia gay se reúne en torno a la mesa como si de una Nochebuena musical se tratara. Ya existen otros acontecimientos así en el calendario pero es que el concurso (?) de la canción europea tiene sus peculiaridades. Por ejemplo, cada cuatro años hay una final del mundial de fútbol pero Eurovisión es cada año, así que disfrutamos cuatro veces por el precio de una.

Por otro lado, se dice que el fútbol es bonito porque todo es posible encima de una hectárea de césped, entendiendo ese todo es posible como “Puede haber un favorito pero nadie sabe cuál de los dos ganará”. En cambio, Eurovisión es bonito porque, como la mayoría de la gente ya sabe o sospecha cuál de los 26 participantes vencerá, puede disfrutar del espectáculo sin los nervios de ese penalty traicionero o esa prórroga que pueden cambiar para siempre el curso de la historia.

Al fin y al cabo, si algo nos ha enseñado Hollywood es que quienes ganan el óscar al Mejor Actor Secundario (que suele ser el primero de la noche en entregarse) saben en primera persona que la gala se disfruta mucho más si tu misterio se resuelve al principio que si tienes que esperar hasta el final para saber si ganarás.

Una promesa de igualdad

También se dice que una de las características del “sueño americano” es que hasta el más pintado puede llegar a presidente. Como la eficacia de dicho modelo está más que demostrada, la evolución de Eurovisión ha hecho suyo el mismo principio. No hay normas escritas: seas como seas, hagas lo que hagas, valgas lo que valgas (siempre y cuando no representes a España)… puedes ganar.

No nos engañemos, Eurovisión lleva décadas trayendo a nuestras vidas un mensaje de esperanza, la promesa de que la igualdad de oportunidades es real. O al menos lo parece, que es mucho mejor. De este modo, si estás leyendo esto y quieres presentarte, no lo dudes ni por un instante y confía en tu talento, lo tengas o no.

Porque Eurovisión no va de tener talento, va de que te quieran. Eurovisión es una especie de País de Oz donde no importa el tamaño o la forma de tu cuerpo. No importa tu belleza física, no importa si vienes de un país muy progre, de una pseudodemocracia o de una dictadura declarada. Qué diablos, ¡ni siquiera importa si tu país está en Europa! Tampoco importa si tu canción es maravillosa o una auténtica basura. No importa si bailas o cacareas, si te retuerces para aparentar sensibilidad, si vuelas colgada de una lámpara, si te mojas o te marcas un triathlon en medio del escenario. Eurovisión es una fábrica de sueños de los que no dejaremos de despertarnos en las discotecas durante los próximos meses. Aunque pierdas. Aunque nunca vayas.

Ideología de sábado noche

Aunque nos suene muy cognitivo, el concepto de ideología está muy ligado al de emoción. Al fin y al cabo, ¿quién ha visto alguna vez a un pensamiento caminando por ahí solito, o a una emoción sin su poquito de creencia que la acompañe?

Y es que existen pocas cosas tan emocionales y alocadamente ideologizadas como el festival de Eurovisión. Artistas, organizadores, público y demás satélites del evento hacen de este concurso es un gran tablón de anuncios en el que los países se van dejando recaditos unos a otros, o bien a sí mismos, a través del cantante que los representa.

De hecho,  Eurovisión es el escenario donde algunos cantantes aprovechan para dirigir a los gobernantes de sus países o de otros países mensajes “muy comprometidos”. La paradoja (o no) es que esos mensajes nunca llegarán a dichos gobernantes porque ellos no son el tipo de gente que ve Eurovisión aunque, según las malas lenguas, sí son el tipo de gente que decide los tejemanejes del festival.

No es necesario preocuparse por la coherencia. Todo sucede con mucho brillo, acrobacia y pantalla, y en píldoras de unos tres minutos de duración. Al fin y al cabo es un festival, no una reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con hilo musical de fondo.

Entre fogonazo y fogonazo el artefacto eurovisivo acaba centrándose en una revisión medio petarda, medio seria, de diversos nacionalismos mientras se hace añicos el patriotismo de cada cual: ¿en serio esta persona representa a mi país? ¿No hubiera sido mejor enviar al otro? Nunca se celebra Eurovisión a gusto de todos.

En definitiva, Eurovisión es un gran expositor de mensajes reivindicativos normalmente muy simples y bastante manidos, diseñados para generar el acuerdo de la totalidad del público. El año pasado tocó feminismo para principiantes. Este año el triunfo ha recaído en un elegante joven holandés del que se destaca que sufrió acoso escolar en su infancia y adolescencia. Lo dicho, Eurovisión va de que te quieran.

Sea como sea, para los más hooligans se trata de una nueva religión en la que solo hay dos opciones: o conmigo o contra mí. O confías en que el festival se basa en unos criterios que se cumplen rigurosamente mediante las votaciones de, bueno, de nadie tiene muy claro quién, o eres uno de esos herejes que afirman que el festival europeo de la canción es una enorme tapadera de importantes intereses políticos que nada tienen que ver con lo musical. En realidad, ¿qué importa? No podemos evitar que las fábricas de los sueños también fabriquen pesadillas

Hay quien sabe que nunca ganará

Pero si hay un mensaje ideológico cargado de emociones es el ya tradicional escarnio público a la europarticipación de Rusia, país donde la homofobia es la ley.

Contaba la escritora Ana María Matute que una de las primeras cosas que explicó a sus alumnos cuando fue invitada a dar clases en una universidad estadounidense fue algo así como “Vuestros profesores os habrán estado hablando hasta ahora de la literatura pero es que yo soy la literatura”.

La Matute entendió la importancia de las pequeñas diferencias y los eurofans más entregados también. Cuando Rusia aparece se borran el resto de fronteras, se aprietan las filas y se afilan los silbidos. Porque en ese momento el único nacionalismo que vale es el de la Nación Gay.

Así pues, da la impresión de que cada vez que sucede algo ruso en escena todo el público se pone de acuerdo en una premisa: vosotros podéis participar en un festival repleto de gais -mientras perseguís a los gais en vuestro país-, pero nosotros somos los gais. Traducción: no tenéis nada que hacer, ¡que siga el pitido!

En cualquier caso, y como si de un sistema bipartidista se tratara, este año ha vuelto a vencer el modelo sobrio tanto en la canción como en su puesta en escena, caracterizadas por la simplicidad y la autenticidad. Parece que la tendencia apretaba fuerte, ya que el segundo en la clasificación seguía una línea más o menos similar, por contraste con el espectáculo estridente de la ganadora del año pasado.

¿Qué quiere decirnos Eurovisión con esto? ¿Es Eurovisión el nuevo termómetro de los valores de la juventud -homosexual- que habita en algo que solía llamarse Europa y cuyas líneas desdibujadas se extienden ya hasta Australia?

Cuando se apagan los focos

Todos los participantes afirman haber trabajado muy duro hasta llegar a la final, expresan su deseo de disfrutarlo y tratan de no perecer aplastados bajo el afecto -o la crueldad- de sus compatriotas. Salen a ganar y a superarse. Sin embargo, al cabo de las horas muchos de ellos estarán chapoteando en el lodazal de la derrota.

Todo parece muy evidente una vez apagados los focos. Qué escenografía no funcionaba, qué tipo de música no era tendencia este año, qué otro producto nacional habría triunfado donde ahora solo hay un puesto veintitantos… Pero a menudo la realidad es mucho más aleatoria y conviene contar con ello desde el primer momento.

Al principio de este artículo indicamos la importancia de que quienes viven una experiencia así reciban un acompañamiento psicológico adecuado para que la factura para su salud sea lo más baja posible.

Ahora ya sabemos en qué puesto ha quedado España. Por eso, si yo fuera el terapeuta de Miki Núñez le invitaría a que hablara sin tapujos de cómo ha sido su proceso eurovisivo desde el mismo momento en que fue seleccionado. Qué ha significado para él, qué se ha dejado en el camino y qué se lleva de todo este artefacto que volverá a brillar el año que viene para otro concursante.

Le invitaría -ahora que nos nos oye nadie- a que se quejara de lo que él quisiera y que pusiera palabras a sus emociones: ¿decepción, enfado, envidia? ¿Alivio…? Le manifestaría, hasta donde fuera capaz, el sentido que tienen para mí sus palabras y qué es lo que detecto en ellas tanto como en sus expresiones o en la postura de su cuerpo mientras me lo cuenta. Le autorizaría a tomarse el tiempo que necesitara para metabolizar el regreso a casa. Si él quisiera, le ayudaría a imaginar qué es lo siguiente que tiene en mente mientras la resaca se va disolviendo.

La edición de Eurovisión pasa, pero la vida de sus concursantes continúa y merece hacerlo con autenticidad y salud mental. Así que si eres un eurofan en duelo, un artista que necesita entrenarse por dentro o simplemente alguien a quien todo lo que decimos le ha llamado la atención recuerda: los psicólogos estamos aquí para ir contigo al fondo de todo ello y en ifeel nos encantará poder ayudarte.


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