Estrés y ansiedad: más allá de tu equilibrio

Por Elena Morcuende Camino (psicóloga)
Publicado 20 de julio de 2018

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Estrés y ansiedad no significan lo mismo, el estrés incluso puede ser positivo. En cambio, la ansiedad no lo es. Todo el mundo siente o ha sentido estrés en algún momento de su vida pero no todo el mundo ha experimentado ansiedad.

El estrés nos ayuda día a día para llevar a cabo las tareas cotidianas. Se trata de un impulso que hace que nuestro corazón se acelere, que nuestros músculos se preparen para la acción o para el movimiento, nos hace rendir en el trabajo, en casa, con los niños, etc. Hace que no nos relajemos cuando tenemos que estar activos y realizar tareas. Por eso, un cierto grado de estrés es bueno siempre y cuando tengamos el control sobre la situación.

El término estrés se utilizó a partir del siglo XV para referirse a experiencias negativas tales como adversidad, dificultad, sufrimiento o aflicción entre otros. En los años 50 y 60 del siglo XX se diferenciaron tres tipos de estrés: focalizado en la respuesta, en el estímulo y en la interacción.

Respecto al primer tipo, el estrés focalizado en la respuesta, Hans Selye fue quien popularizó el término “estrés”. Según este autor, el estrés es una respuesta no específica del organismo en la cual el agente estresor -que desencadena el estrés- atenta contra la homeostasis del cuerpo. Se produce entonces una activación del sistema nervioso autónomo que conlleva una serie de cambios a nivel hormonal o de neurotransmisores como, por ejemplo, dilatación de pupilas, sudoración, aumento de la frecuencia cardiaca, etc. imgEn el segundo tipo, el estrés focalizado en el estímulo, el estrés está fuera del individuo. Por último, según la teoría del estrés focalizado en la interacción, el estrés proviene de las relaciones entre la persona y su entorno. En la actualidad prima este modelo.

¿Qué es el estrés?

En los años 80 Lazarus y Folkman, dos psicólogos estadounidenses, definieron el estrés como “un conjunto de relaciones particulares entre la persona y la situación, siendo esta valorada por la persona como algo que excede sus propios recursos y que pone en peligro su bienestar personal”.

La idea central se halla en el concepto de evaluación, que es el mediador cognitivo de las relaciones de estrés. Por tanto, las personas valoran continuamente el significado de lo que está ocurriendo, del día a día o de los acontecimientos vitales (boda, despido laboral, muerte de un ser querido…). Dependiendo de cómo evaluemos la situación y de las estrategias de afrontamiento que tengamos, será un estrés positivo que nos permitirá salir de forma airosa de la situación o, por el contrario, será un estrés negativo que, si se acumula, puede llegar a convertirse en un trastorno de ansiedad. Por eso, más que el control real de la situación, lo que verdaderamente importa es el control que percibimos que tenemos.

A la hora de evaluar la situación realizamos tres tipos de evaluación cognitiva: la primaria, que es la primera evaluación que hacemos de la situación, la secundaria que es la valoración de nuestros recursos y la reevaluación, que se refiere a procesos de feedback a medida que se desarrolla la interacción entre el individuo y las demandas internas o externas.

El afrontamiento que hacemos de una situación se puede definir como los esfuerzos cognitivos y conductuales que ponemos en marcha para hacer frente al estrés y depende en gran medida de nuestra historia pasada.

Todos esos componentes (evaluación cognitiva, estrategias de afrontamiento) producirán unas determinadas respuestas de estrés. Son respuestas fisiológicas pero también son respuestas psicológicas que suele ser de tipo emocional. El estrés se produce cuando el organismo lleva a cabo un sobreesfuerzo para contrarrestar el desequilibrio producido por alguna amenaza.

Aunque altera el organismo, el estrés por sí solo no genera ansiedad, debido a que necesita de otros elementos para ello, pero si se mantiene en el tiempo y no tenemos habilidades suficientes para superarlo es bastante probable que desencadene una respuesta de ansiedad.

De esta forma una situación estresante puede convertirse en ansiedad.

La ansiedad fue definida por Spielberg, Pollans y Worden en los años 80 como una reacción emocional que incluye tensión, aprensión, nerviosismo y preocupación, así como activación o descarga del sistema nervioso autónomo. Es anticipatoria, ya que, en principio, anticipa o señala un peligro o amenaza para el propio individuo. Desde este punto de vista, es positiva pero se convierte en desadaptativa cuando se anticipa un peligro que no real.

En este sentido, el problema surge cuando se generan niveles excesivos de ansiedad durante periodos prolongados de tiempo sin que exista un peligro objetivo. Es decir, la persona entiende que hay un peligro que le genera miedo y no lo puede controlar aunque no sea real. En estos casos se produce un fuerte malestar físico o fisiológico y psíquico. A veces, incluso, la ansiedad puede resultar realmente incapacitante. Por tanto, la ansiedad es una respuesta normal y necesaria pero también puede llegar a ser una respuesta desadaptativa.

La ansiedad patológica o clínica es más frecuente, más intensa y más persistente que la ansiedad normal. Además la persona que lo padece tiene una manera de interpretar la situación de forma muy diferente a una persona con una ansiedad normal, mostrando una reacción exagerada ante el hecho en sí.

La ansiedad tiene un triple sistema de respuesta: cognitivo, fisiológico y motor. El nivel cognitivo está relacionado con pensamientos o creencias, con la percepción y evaluación de los estímulos y estados relacionados con ansiedad.

El nivel fisiológico está asociado a las sensaciones físicas en nuestro cuerpo (sudoración, dilatación pupilar, aumento de la tensión muscular y aceleración cardiaca, aumento de saliva, aumento de la respiración…

El nivel motor se refiere a comportamientos o conductas observables: expresiones en nuestra cara, posturas corporales, respuestas para escapar de la situación o evitarla, etc.

Trastornos de ansiedad

Los trastornos de ansiedad son los trastornos psicológicos más frecuentes en la población y, además, los más frecuentes en los contextos clínicos, es decir, la mayor parte de los problemas en salud mental son trastornos de ansiedad. Aún así muchas personas muestran síntomas de ansiedad pero no acuden a médicos ni hospitales por lo que no están diagnosticados de manera que es probable que exista una prevalencia mayor de ansiedad de lo que realmente se cree.

Dentro de la población, los trastornos más frecuentes son las fobias específicas, seguidas del trastorno de ansiedad generalizada, aunque el ataque de pánico es algo muy común que se da en muchos de los trastornos.

En cuanto a la edad de comienzo, depende del tipo de trastorno. Por ejemplo, el trastorno de pánico suele comenzar entre los 20 a los 35 años, mientras que una fobia específica o social aparece en la infancia o adolescencia.

En general, los trastornos de ansiedad son más frecuentes en mujeres que en hombres, aunque depende del tipo de trastorno.

Un trastorno de ansiedad se define por la presencia de forma predominante de síntomas de ansiedad irracionales y muy intensos, que son persistentes y perturbadores. Pueden manifestarse de diferentes formas, siendo el trastorno de pánico uno de los más habituales.

Se trata de un trastorno en el que se producen ataques de pánico de forma recurrente. Un ataque de pánico es la aparición de forma súbita de intenso miedo acompañado de síntomas fisiológicos como pueden ser palpitaciones, sudoración, temblor, sensación de ahogo o asfixia, náuseas, mareos o miedo a perder el control o a volverse loco, incluso miedo a morir, entre otros síntomas. Es muy limitante y las personas que lo han padecido consideran que es muy desagradable. Cuando se produce acompañado de agorafobia, se da una evitación a situaciones en las que resulta difícil escapar en caso de un ataque de pánico. Este tipo de situaciones son salir fuera de casa, estar en lugares con mucha gente, viajar en transporte público, etc. Este es el trastorno que puede producir mayor incapacitación, ya que la persona puede no llegar a salir de casa o a depender de otras personas para hacerlo.

En cualquier caso, sea el trastorno que sea otro factor relevante a tener en cuenta es el apoyo social. Si cuenta con él, una persona con ansiedad será más probable que se recupere que una persona aislada. El apoyo social actúa como un amortiguador durante los momentos de estrés o ansiedad.

Tratar la ansiedad

En cuanto a los tratamientos de la ansiedad destacan técnicas de relajación como el método de Jacobson, que consiste en tensionar una serie de músculos para después relajarlos. También están los métodos de respiración diafragmática, que activa la rama parasimpática del sistema nervioso autónomo, preparándonos para relajarnos. Por otro lado, la reestructuración cognitiva suele ser muy útil para cambiar pensamientos o creencias desadaptativas y sustituirlas por otras que se ajusten mejor a la realidad del individuo. En cualquier caso, hoy en día existen diferentes maneras para tratar la ansiedad, lo importante es encontrar la mejor para cada persona.

En definitiva, el estrés no tiene por qué ser negativo, ya que en muchas ocasiones resulta útil para la supervivencia, hasta que sobrepasa unos límites y nos sentimos incapaces de enfrentarnos al problema: esos casos son una alerta que nos indica que debemos buscar ayuda.

En un número muy alto de casos, las personas buscan ayuda médica para tratar sus síntomas físicos pues es lo que verdaderamente les preocupa, creyendo incluso que lo que padecen es una enfermedad física, cuando realmente se trata de un problema psicológico. Esto tiene como consecuencia que los centros de atención primaria acaban saturándose de pacientes con problemas de ansiedad.

En la actualidad se está introduciendo la figura del psicólogo/a para tratar estos problemas, reducir la medicación y dar una salida a estos pacientes. Aun así, queda pendiente concienciar a la gente de que lo que le ocurre a menudo tiene que ver con sus emociones, con su modo de vivir la vida o con su manera de pensar. Si no se trata en terapia, es probable que la ansiedad vuelva a surgir con los años ya que siempre van a darse situaciones estresantes que pueden desestabilizar al individuo.

En definitiva, es importante que te rodees de un ambiente positivo en el que tengas apoyo social, en el que hayas desarrollado o aprendido habilidades de afrontamiento de cara a los inconvenientes que puedan surgir. Todas estas características se pueden entrenar a lo largo de la vida, lo primero es darnos cuenta de qué es lo que estamos haciendo mal para poner remedio.

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