Estrés: una respuesta natural del organismo

Por Rafael Ortuño (psicólogo)
Publicado 27 de noviembre de 2018

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Podríamos considerar el estrés como la respuesta natural del ser humano a las demandas del medio externo o interno. Desde esta perspectiva, el estrés es simplemente la forma que tiene nuestro organismo de cuidarnos y preocuparse por nosotros cuando entiende que estamos ante situaciones que nos amenazan. Es decir, situaciones que sobrepasan los recursos que poseemos.

 

Los investigadores definen el estrés como un proceso complejo y multidimensional. Dicho proceso está relacionado con la supervivencia de un organismo ante un estímulo, externo o interno, considerado amenazante y que moviliza en el organismo sus recursos fisiológicos, psicológicos y conductuales. Muchos de esos recursos están relacionados, directa o indirectamente, con la salud.

 

Positivo y negativo

 

No todas las personas reaccionamos de la misma manera ante una situación de amenaza, ni el impacto que produce esa amenaza es el mismo. De este modo, el estrés puede ser una palanca de vida o un problema de salud, en función de su impacto. Por ello se habla de dos tipos de estrés:

 

  • Estrés positivo o eustrés. Este tipo representa un estado en el que la persona interactúa con el estresor y es capaz de adaptarse adecuadamente a él por ser relativamente breve, leve y permanecer bajo control. Este estrés es frecuente en nuestra vida y necesario para el correcto desarrollo del organismo y nuestra adaptación al medio en que vivimos.

 

  • Estrés negativo o distrés. Se produce cuando las demandas del medio son excesivas, intensas y/o prologadas y, por tanto, superan la capacidad de resistencia y adaptación de nuestro organismo, lo que genera consecuencias adversas a nivel físico y psicológico.

Cuando nos enfrentamos a cualquier estímulo que llega a nuestro entorno lo primero que hacemos las personas es categorizarlo. Así, lo incluimos en uno de los siguientes tipos: irrelevante, benigno-positivo y estresante.

 

Esta última categorización se dividiría, a su vez, en otros tres tipos. El primero sería daño/pérdida porque el sujeto ya ha recibido un perjuicio. El segundo, amenaza, en la que se prevén daños y se busca una solución anticipada. Por último estaría el desafío, que son situaciones en las que se prevén daños y se busca una solución, al igual que en la amenaza. Sin embargo, en el desafío se tiene la certeza de contar con recursos adecuados para su correcto afrontamiento.

 

La pregunta es clara: ¿qué hace que un mismo estímulo, con la misma intensidad, sea positivo para algunas personas y negativo para otras? ¿Qué hace que unas personas crean que tienen los recursos adecuados para enfrentarse a dicho estímulo y otras no?

 

Diferentes respuestas de estrés

 

Numerosos estudios han arrojado luz sobre la influencia de las variables psicológicas en la respuesta de estrés. Un resumen de todos ellos sería lo que sigue:

 

En primer lugar, según Lazarus, estaría la valoración que hace el individuo de la situación concreta como estresante o no, siendo esta valoración, básicamente, psicológica.  Por lo tanto, como indicó Richard Lazarus, si por parte del individuo no hay valoración de una situación como estresante, la respuesta de estrés es limitada.

 

¿Cómo valora un individuo que una situación sea estresante o no? Según José María Buceta y Ana María Bueno esto implica, en un primer lugar, la percepción y valoración de los propios recursos para hacer frente a los estresores.

 

Del resultado de dicha valoración dependerá la aparición, duración e intensidad de la respuesta de estrés. En esta valoración, las expectativas, la experiencia, el aprendizaje, las creencias, etc. y su complejísima interacción deben ser tenidos en cuenta como factores determinantes y básicos en la experiencia estresante. Así pues, en esta primera fase tiene lugar la valoración de las demandas, de los recursos disponibles y la posibilidad de control.

 

En definitiva, en la fase inicial del proceso de estrés, es decir, en la categorización de una situación como estresante, convergen tres cosas. Una, la caracterización cognitiva de esta como una percepción de peligro incierto; dos, la conciencia de vulnerabilidad y tres, la falta de control.

 

Posteriormente, se desarrolla una segunda fase que tiene un carácter reactivo, representada por el estado de ansiedad. De los dos componentes de este, uno es eminentemente cognitivo: los pensamientos de preocupación sobre el peligro anticipado, que es una prolongación de la valoración realizada en la fase previa. El otro componente es el incremento en la actividad fisiológica.

 

Hay una tercera fase, cuyo factor definitorio es el afrontamiento proactivo. En ella, se intenta ganar en posibilidad de control sobre el entorno, reduciendo o eliminando el peligro, por lo que las personas dirigimos nuestros esfuerzos hacia estrategias implicadas en la solución del problema.

 

Otra cuestión es si, en general, las personas reaccionamos igual ante las mismas situaciones y si estas a su vez podríamos agruparlas en categorías. Varios son los intentos de categorizar y definir las situaciones de estrés y muchas las situaciones que han sido catalogadas como “estresantes”.

 

Situaciones estresantes

 

Hay situaciones que amenazan la seguridad, el cumplimiento de alguna tarea, la autoconfianza, la autoestima y la autorrealización. Algunas situaciones amenazan la imagen que damos ante los demás, la posibilidad de conseguir algo muy deseado, la relación de pareja y vida familiar, las relaciones interpersonales y el desarrollo personal. También hay situaciones que atentan contra principios y valores fundamentales, aquellas en las que la persona debe someterse a la evaluación social, arriesgarse, enfrentarse… Y un sinfín de situaciones de nuestra vida diaria.

 

Para reorganizar todas estas situaciones, expuestas más arriba, podríamos agruparlas en tres categorías básicas a partir de sus características objetivas:

 

  • Agentes estresantes físicos y agudos. Suelen ser extremadamente intensos y exigen adaptaciones fisiológicas inmediatas para seguir con vida. Por ejemplo, la conducta agresiva de una persona que nos ataca con un puñal.

 

  • Agentes físicos crónicos como la hambruna, el dolor crónico, el hacinamiento, etc.

 

  • Agentes estresantes psicológicos y sociales. Por ejemplo, un conflicto laboral, quedarse en paro, etc.

En la misma línea, las situaciones de amenaza implicadas en el estrés pueden variar según la importancia de la situación, su frecuencia de aparición o su duración. En esta línea, siguiendo a José María Buceta, algunas situaciones son lo suficientemente importantes como para disparar una respuesta de estrés, por ejemplo, un examen final. Otras veces, las situaciones se deben ir acumulando para disparar la respuesta. Es el caso de cuando nos interrumpen constantemente un trabajo que intentamos hacer con dedicación. Por último hay situaciones que se mantienen por un periodo de tiempo determinado, como la presencia constante de un sonido desagradable.

 

Parece claro, pues, que las características situacionales y las características personales (nuestra forma de entender y enfrentarnos al mundo, nuestras creencias, valores, nuestro locus de control…) interactúan en la percepción de una situación amenazante. Así, ni las situaciones son estresantes en sí mismas, ni la respuesta de las personas es independiente del contexto que las suscita.

 

Respecto a los recursos de afrontamiento, tendríamos que entenderlos como los esfuerzos cognitivos o conductuales que emplea el sujeto para hacer frente a las demandas estresantes y/o al malestar emocional asociado a la respuesta del estrés. Con independencia de cuál sea la naturaleza de la situación conflictiva, el afrontamiento sirve para cambiar la situación de la que emergen los estresores. Esto sucede mediante el cambio en el significado de la situación y también mediante la reducción de los síntomas del estrés.

 

En este sentido, se han señalado diferentes formas de recursos individuales de afrontamiento, tales como el locus de control, la autoeficacia, la autoestima o el sentido del optimismo.

 

De esta manera, los resultados experimentados por la persona en su forma habitual de responder a las situaciones de estrés, modulan la respuesta futura a dichos eventos. Por eso, la tendencia a valorar como amenazantes las situaciones ambiguas puede determinar que se perciban más situaciones de amenaza de las que en realidad hay. Esto aumenta la reactividad a los estímulos de estrés, ya que se intensifica la atención a las posibles señales de amenaza. De la misma manera, la tendencia a negar, evitar o escapar de la situación estresante disminuye la experiencia de afrontamiento. Esto deterioraría la autoconfianza en los recursos propios para manejar la situación.

 

Afrontar el estrés

 

En general, podríamos clasificar las respuestas de afrontamiento en cinco tipos no excluyentes, según Richard Lazarus y sus colaboradores:

-Respuesta de acción directa, en la que se intenta cambiar directamente la relación con la situación estresante.

-Búsqueda de información que facilite la comprensión y la predicción de eventos relacionados.

-Inhibición de la acción.

-Cambio del “contexto interno” mediante afrontamientos paliativos (tomar alcohol, drogas) o intrapsíquicos (reinterpretando la situación o utilizando mecanismos psicológicos defensivos).

-Búsqueda de apoyo social.

En definitiva, podría decirse que el afrontamiento constituye el elemento esencial que emplea el individuo para gestionar las situaciones de estrés. Sin embargo, es necesario diferenciar las estrategias de afrontamiento de los estilos de afrontamiento.

 

  • Las estrategias de afrontamiento son acciones específicas, como tratar de controlar la tensión muscular o buscar apoyo social. Serían los procesos concretos que se utilizan en cada contexto y pueden ser altamente cambiantes dependiendo de las situaciones desencadenantes.

 

  • Los estilos de afrontamiento constituirían dimensiones más generales. Son tendencias personales para llevar a cabo unas u otras estrategias de afrontamiento y las incluyen. Se refieren a predisposiciones personales para hacer frente a las situaciones y son responsables de las preferencias individuales en el uso de unos u otros tipos de estrategias de afrontamiento, así como de su estabilidad temporal y situacional.

 

Las personas modificamos nuestras estrategias en función de la situación, pero no los estilos de afrontamiento. Como acabamos de decir, estos son tendencias personales, formas de ver e interpretar que tienen que ver con nuestra personalidad.

 

La química del estrés

 

En general, podemos decir que los estilos caracterizados por la negación, la huida, la evitación, la autoinculpación y la confrontación irracional aumentan la vulnerabilidad al estrés. Los estilos que conllevan afrontamiento activo, búsqueda racional de soluciones, autocontrol, reevaluación ajustada de la situación y apoyo social incrementan la inmunidad.

 

En el plano fisiológico, el control de la situación se relaciona con la respuesta endocrina dirigida a la reacción de estrés. Así, la percepción de incontrolabilidad de una situación estresante produce aumento de adrenalina, noradrenalina y cortisol.

 

En cambio, la percepción de controlabilidad sobre la situación de estrés induce incrementos en la producción de cortisol únicamente. De esta manera, los niveles elevados de adrenalina están asociados a experiencias de ansiedad y percepción de amenaza. Y los de cortisol, a esfuerzo de afrontamiento. Esto implicaría que cuando se percibe control, el organismo se prepara para afrontar la situación sin generar ansiedad ni amenaza. Sin embargo, si el sujeto no tiene control sobre la situación, no solo se prepara para la respuesta motora típica, sino que también provoca ansiedad anticipatoria.

 

Una vez el cerebro percibe un estímulo estresante, prepara la respuesta motora. Esta comienza con la movilización de la reserva energética. La glucosa y las formas más simples de proteínas y grasas salen de las células, el hígado o algunos músculos para concentrarse en los músculos implicados en la respuesta de lucha o huida. Si el cuerpo moviliza la glucosa, debe llevarla a las zonas críticas con la mayor rapidez posible. Así, el organismo incrementa el ritmo cardíaco, la presión sanguínea y el ritmo respiratorio para poder transportar los nutrientes y el oxígeno a mayor velocidad.

 

También se paralizan los proyectos a largo plazo, ya que, en principio, la respuesta de estrés es aguda y se espera la pronta resolución frente al estresor correspondiente. Se detiene la digestión, se inhibe el crecimiento, disminuye la actividad reproductora en ambos sexos -en mayor medida en las hembras- y la del el sistema inmune, por lo que aumenta la probabilidad de contraer enfermedades e infecciones y disminuye la posibilidad de combatirlas.

 

Estos cambios conducen a la preparación de nuestro cuerpo para enfrentarse de manera ocasional a situaciones de emergencia. En esas situaciones el medio nos demanda que pongamos en marcha gran cantidad de recursos para afrontar la situación de la mejor manera. Desde esta perspectiva el estrés es, en definitiva, una respuesta adaptativa de nuestro cuerpo a un entorno demandante, el cual nos permite sobrevivir. La respuesta de estrés pueda ser en determinados momentos altamente adaptativa. Sin embargo, sabemos que, si esta se mantiene durante largos periodos de tiempo, el organismo se verá dañado por este modo de comportarse.

 


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