Entrenar la paciencia, un ejercicio de generosidad

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Siempre estamos hablando de la paciencia. Intentamos cultivarla, se la pedimos a los demás, la buscamos por los rincones de nuestras relaciones, intentamos barnizar con ella nuestras interacciones cotidianas

Pero, ¿nos hemos parado a pensar en qué significa la paciencia, cuál es su significado profundo?

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No es mero autocontrol, aunque cuando tenemos prisa, cuando lo queremos todo ya, cuando queremos que algo malo acabe, es necesario saber controlar nuestro impulso de acelerarlo todo según nuestras necesidades.

Se trata de eso pero también de algo más. En realidad, la paciencia es la capacidad para estar a bien con el ritmo de la vida. Tan sencillo y tan complejo como eso. No estar peleados con el hecho de que las cosas requieren su tiempo, que las personas tienen sus velocidades internas y externas, que nosotros tenemos la nuestra y que, además, todo eso va cambiando…

 

Para lograrlo, para conseguir estar a bien con el ritmo de la vida, es importante hacer un trabajo previo. Se trata de un trabajo de generosidad con la vida y con nosotros mismos, consistente en aceptar que su ritmo (el de las cosas, los acontecimientos, los procesos, los otros seres humanos con los que convivimos) puede ser diferente al nuestro, incluso opuesto.

Recuerda: el ritmo de los demás, el ritmo de lo que queremos que suceda, no siempre coincidirá con el nuestro y nada va a cambiar eso. Puedes luchar incansablemente contra esa realidad como quien lucha contra el viento o quien se esfuerza en detener una ola… pero va a ser inútil. ¿Por qué no ponerse manos a la obra y ver qué nos está pasando por dentro para que estemos tan regañados con los tiempos ajenos? ¿Por qué no entrenar esa capacidad para ser generosos con la vida y respetar un poco más su velocidad?

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