El paciente impaciente

Por Rafael San Román Rodríguez
Publicado 03 de mayo de 2017

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Los motivos que puede tener alguien para ponerse en manos de un psicólogo son muy diversos. Podemos ir a terapia cuando nos encontramos razonablemente bien (o, incluso, muy bien) con el objetivo de pulir ciertos aspectos de nuestra vida, encontrarnos todavía mejor o, sencillamente, seguir estando bien. Si los mejores cantantes de ópera -con años de técnica a sus espaldas- siguen acudiendo a clases de canto para mantener su instrumento bien afinado, ¿por qué no vamos a hacer lo mismo con nuestro bienestar subjetivo?

Sin embargo, la mayoría de la gente decide acudir a la consulta de un psicólogo (o iniciar una terapia online) cuando se encuentra atravesando una mala racha o cuando la racha es tan mala y tan larga que se ha convertido en un laberinto del que parece imposible salir.

Muchos pacientes, sobre todo aquellos que se encuentran peor, o que ya se han puesto en manos de diferentes profesionales sin apreciar progresos, retoman su proceso de desarrollo personal con una gran carga impaciencia, que depositan frente a su terapeuta como si le dijeran: “Ahora o nunca, necesito encontrarme bien ya y quiero resultados rápidos, depende de ti”. Algunos incluso lo verbalizan exactamente de esta manera.

Esta exigencia por parte del paciente se produce en dos direcciones: una, hacia ellos mismos (necesito encontrarme completamente bien ya) y otra hacia su terapeuta (eres el encargado de que yo me encuentre bien de una vez por todas y cuanto antes, si no lo consigues en dos o tres sesiones no esperaré a la siguiente).

Es razonable. Quizá es una exigencia excesiva, una visión un poco distorsionada de lo que es un proceso terapéutico, pero razonable. Todos los pacientes de un psicólogo actúan como les parece que deben hacerlo (aunque eso a veces bloquee su camino hacia el bienestar). En ese sentido, es importante que recordemos que el paciente siempre lo hace lo mejor que puede. Al fin y al cabo, ¿por qué no va a querer encontrarse bien cuanto antes alguien que lleva encontrándose mal mucho tiempo y que, encima, paga a otra persona que se supone que está ahí para proporcionarle ese resultado?

Sin embargo, el camino del desarrollo personal se parece más a subir paso a paso hasta lo alto de una montaña (incluso disfrutando del paisaje) que a encender un interruptor. La terapia con un psicólogo puede aportarte una agradable compañía durante ese ascenso, y es algo en lo que tú tienes todo el poder de decisión.

Si te estás planteando iniciar una terapia tendrás tus propios objetivos y expectativas de cara al proceso, puede que incluso tengas malas experiencias anteriores con psicólogos. En cualquier caso, es importante que tengas en cuenta algunos consejos para aumentar la probabilidad de que la travesía por la montaña se complete felizmente.

Lánzate. Aunque no estés totalmente convencido de empezar, si hace tiempo que la idea de ir a terapia te ronda la cabeza, ¡prueba! Es mucho mejor que quedarte como estás, rumiando tus problemas o cargándolos sobre los demás. En serio, no vas a perder ni tanto tiempo ni tanto dinero (y ahí va un secreto: la mayoría de las personas que prueban no pierden nada sino que ganan mucho, porque descubren lo beneficiosa que es la terapia en sus vidas).

Piensa de manera realista  en cómo te encuentras y cómo quieres encontrarte, plantéaselo a tu psicólogo lo más claramente que puedas (él/ella te ayudará a hacerlo, para eso está) pero recuerda que los milagros en psicología no son inmediatos: cambiar aspectos complejos de nuestra vida requiere su tiempo, y está muy bien que sea así para que los pasos que des estén bien afianzados. Tu terapeuta te puede sugerir una buena marca de linternas y lupas para observar tus problemas, incluso puede avisarte de que tu linterna está fundida (si tú no te has dado cuenta) pero la linterna es tuya y la traes tú, tú la manejas.

Dale tiempo a la terapia para que arranque, dale tiempo a la relación con tu terapeuta para que se establezca. Así construiréis un buen campamento base desde el que trabajar juntos para lograr tu bienestar y conseguir que tú te conozcas más y mejor. Eso significa que te estás dando a ti una oportunidad.

Implícate en tu proceso. Tu terapeuta está ahí para acompañarte pero no puede andar tu camino por ti. Confía en él, sigue sus orientaciones, comunícale qué es lo que te funciona mejor o peor.  Y si ves que aún así no te convence o que ya has tocado techo en esta terapia, ¡sigue tu camino! Pero hazlo con la satisfacción de haber dado el paso de responsabilizarte de tu bienestar.

 


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