El gran árbol de la psicología: las diferentes ramas de la salud

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Seguramente te suene este nombre: Sigmund Freud, padre del psicoanálisis y figura icónica de la psicología, esta ciencia todavía joven que ha sufrido una vertiginosa evolución desde que diera su pistoletazo oficial de salida en los laboratorios alemanes de Wundt en 1879. Partiendo del tronco inicial que diseñara Freud en su momento, la ramificación y florecimiento de la psicoterapia han sido muy diversos.

Efectivamente, con el paso del tiempo asistir a terapia está dejando de ser un estigma para convertirse en una realidad aceptada por muchas personas: actualmente empieza a considerarse como un espacio en el que poder sentirse acompañado y guiado por alguien experto y cuidar de la propia salud. Por eso, hoy en día es mucho más habitual que hace años escuchar a conocidos hablando sobre su «psicólogo» o sobre cómo le va la terapia. Además, lo más seguro es que cada uno de ellos estará enfocando su desarrollo personal de maneras muy diferentes.

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Muchas personas, cuando se plantean la idea de iniciar alguna clase de proceso terapéutico, preguntan al profesional que tienen delante: ¿Qué tipo de terapia es la más adecuada para mí? ¿Qué es lo que vamos a hacer tú y yo juntos y cómo vamos a hacerlo? En definitiva… ¿cuál es el plan?

Son cuestiones importantes y es totalmente normal que el paciente sienta curiosidad o inquietud acerca de cuál de las ramas del árbol será por la que trepe junto a su terapeuta, ya que el árbol es muy frondoso: desde que la psicología empezara su andadura se han ido creando diferentes escuelas o modelos teóricos para entender y ayudar a las personas en su crecimiento personal. Cada una de ellas ha ido entendiendo de formas diferentes la enfermedad y la salud mental. Por eso, cada una ha enfocado el tratamiento, la terapia, el plan de acción, a su manera.

En la actualidad existen decenas de tipos de terapias dentro de la psicología, pero todas ellas derivan de tres ramas que podríamos resumir mucho del siguiente modo:

  • El psicoanálisis, cuyo nacimiento tuvo lugar hacia finales del siglo XIX. Prioriza el estudio en profundidad de los mecanismos inconscientes que rigen nuestra conducta y cómo estos están conectados con nuestro pasado.
  • La corriente cognitivo-conductual, que ha ido evolucionando desde la primera mitad del siglo xx. Estos modelos ponen el foco más en el presente y atienden a qué pensamientos y conductas llevamos a cabo y qué conexiones mantienen entre sí dichos comportamientos.
  • Las corrientes humanistas y sistémicas, nacidas en los años 70. Estas creen en la autorregulación del propio organismo y de las fuerzas relacionales que se dan entre las personas y ponen el acento en el aspecto emocional-relacional.

Sin embargo, ¿cuál es la buena?

Como hemos apuntado, en poco tiempo la psicología dio lugar a un gran número de escuelas, lo que motivó que en 1970 se realizaran numerosas investigaciones encaminadas a averiguar qué orientación psicológica era la mejor para el mayor número de personas.

Se estudiaron y compararon grupos de individuos que asistían a terapias diferentes con grupos cuyos integrantes no acudían a terapia. Se descubrió que en torno al 40% de los cambios se debían a factores extraterapéuticos, es decir: el 40% de la población podría mejorar debido a factores que no tendrían nada que ver con ir al psicólogo, como -por ejemplo- encontrar un nuevo trabajo, solucionar un problema de salud, resolver un conflicto marital etc.

El otro 60% de los cambios en su salud sí se debía al trabajo terapéutico. La sorpresa fue aún mayor cuando constataron que la mitad de estas transformaciones en el comportamiento de las personas no tenía que ver con la orientación de cada terapeuta sino con cosas que todos tenían en común. Fue Carl Rogers quien puso el acento en que era la relación o alianza terapéutica la principal variable en el cambio de las personas que asisten a terapia.

Si lo piensas, seguramente esto te resulte muy familiar: cuántas veces a nuestro alrededor escuchamos eso de “desde que se echó novia, es otro”. Parece imposible negar que las relaciones cambian por sí mismas a las personas. Se descubrió que todos los terapeutas tenían características personales similares que ayudaban a la persona a evolucionar: empatía, capacidad de escucha, cierta calidez, capacidad de confrontación, etc.

No obstante, aún quedaba un 30% por explicar. Fue un placer para muchos -y un disgusto para otros tantos- descubrir que tan solo el 15% de los cambios que una persona experimentaba en terapia tenían que ver con las técnicas y herramientas concretas de cada escuela. Por tanto, eso significa que son más importantes las cualidades personales del terapeuta, de las que dependía un 30% del cambio terapéutico, que su forma de hacer psicología, responsable solo del 15% del cambio.

Si has conseguido no despistarte con tanto porcentaje te habrás dado cuenta de que aún queda un último 15%, un pequeño espacio para algo muy importante pero que es vital para el cambio de las personas: la esperanza. El efecto placebo, la creencia de que se puede mejorar, de que algo en tu vida puede cambiar, explica el 15% del desarrollo de la persona. ¡Para que luego digan que la esperanza no cuenta!

Han pasado ya varios años desde aquellos estudios y hoy en día disponemos de más métodos de valoración de las diferentes orientaciones terapéuticas. El resultado es que la corriente cognitivo-conductual es la única que ha recibido apoyo científico. Otras corrientes, como la sistémica o las humanistas, no tienen aún investigación suficiente que avale la eficacia de sus tratamientos. Sin embargo, en este mundo ansioso de ciencia y verdades absolutas, todavía hoy sería plausible preguntarse cuán científica es la propia existencia del ser humano y, por ende, todo lo que nos atañe.

¿Qué debes tener en cuenta entonces para escoger una corriente terapéutica y un psicólogo?

Al margen de obviedades que son fundamentales, como la formación y la experiencia, es importante que te sientas a gusto con la persona con la que vayas a compartir lo que te preocupa, posiblemente grandes parcelas de tu intimidad. La comodidad y la seguridad son dos indicadores que no vienen explicados en ningún manual y sobre los que tan solo podrás decidir tú.

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